Héroes sin copa 


Hay historias en los mundiales que valen más que los goles


Me gusta el fútbol. Pero más que el fútbol, me gustan los mundiales. Crecí en los años ochenta con tres hermanos hombres y un solo televisor, así que cuando había mundiales, me tenía que olvidar de La familia Ingalls y El Chavo del 8 porque durante un mes en casa se veía, se respiraba y se vivía solo fútbol. Desde entonces, cada cuatro años espero con ansias la Copa del Mundo y, si bien siempre me hacen regañar con alguna novedad innecesaria (el gol de oro, el VAR, la pausa de hidratación, la amarilla por quitarse la camiseta), es un espectáculo que disfruto, que genera debates divertidos en casa y que nos saca a todos de la rutina agobiante.

Hay algo absolutamente emocionante, además, en ver a jugadores de todo el planeta dispuestos a dejar en claro que vienen de una nación grande, de gente valiente, y que lo van a demostrar con goles y con jugadas magistrales, no con  balas ni bombardeos.  En todos los mundiales de fútbol, sin excepción, hay una historia profundamente épica que se va tejiendo partido a partido, que está hecha de triunfos insólitos, de fracasos rotundos y de milagros. Que se narra con hazañas individuales y esfuerzos colectivos que no necesariamente son premiados con una copa, pero que siempre tiene como protagonistas a jugadores esforzados, a hombres comunes que, en el momento menos esperado, hacen algo extraordinario y se convierten en héroes que nos dejan enormes lecciones de humanidad y de entereza.

Son esas historias más caletas, esas que no están en el guion, las que me resultan especialmente atractivas, y  por las que me veo todo el torneo esperando que aparezcan.

Este Mundial 2026 ya tiene la suya a poco de empezar y su protagonista se llama Vozinha. Su nombre real es Josimar José Évora Dias y es el arquero de la selección de Cabo Verde. Hasta antes de su debut contra España, nadie había oído hablar de él, y a sus cuarenta años se puede decir que su carrera ya estaba francamente en declive. No solo por la edad, sino porque en este momento no está fichado por ningún club. Justo antes de viajar al Mundial se le acabó su contrato y no quisieron renovárselo. Con esos magros pergaminos, Vozinha se plantó en su arco el 15 de junio para enfrentar a uno de los equipos más poderosos del mundial. Los españoles, que han llegado un poco con aires de ganadores, creyeron que el encuentro sería pan comido y empezaron pateando fuerte al arco. No contaron, sin embargo, con que ese hombre ya ajado, que se cachuelea como electricista, lo taparía todo. Con las manos, con los pies, con el cuerpo, con lo que fuera, Vozinha logró salvar hasta siete veces el arco y dejó a los españoles sin la posibilidad de anotar un solo gol.

Cuando terminó el encuentro, el arquero veterano no podía dejar de llorar, y el mundo entero lloró con él. La vida le había dado una oportunidad para demostrar lo que valía y él la había aprovechado. Había dejado su pellejo y su alma en ese pasto mundialero. Vozinha lloraba de emoción, pero también de pena: su madre no estaba en el estadio para alentarlo porque para sacar la visa tenía que realizar un depósito, tipo fianza, de 15.000 dólares y no había podido costearlos. Su llanto, como no podía ser de otra manera, se hizo viral, dio la vuelta al mundo y la mamá ha sido exonerada del pago: este domingo 21, cuando se enfrente a Uruguay, ella estará alentándolo en el estadio.

Pero Vozinha no está solo en este panteón informal que voy alimentando particularmente en cada mundial.  En España 1982, todos nos rendimos a los pies de Paolo Rossi, jugador italiano, al que curiosamente el Perú tuvo que enfrentar en la fase de grupos. Rossi había sido convocado a último minuto, pues estuvo dos años suspendido por haber estado involucrado en un lío de apuestas. Cuando empezó el campeonato, se le veía fuera de forma y desconcentrado, e hizo un papel bastante mediocre en los primeros partidos. Sin embargo, cuando le tocó jugar contra Brasil, marcó tres goles inolvidables, y logró llevar a su equipo hasta la final. Italia ganó el Mundial de España 82, Paolo Rossi fue el máximo goleador del campeonato, ganó la Bota de Oro, fue elegido el mejor jugador y ese mismo año recibió el Balón de Oro.

Cuatro años después, en México 86, Argentina ganó su segundo Mundial dejando recuerdos tan memorables como el mítico enfrentamiento que tuvo contra Inglaterra, en donde el protagonista fue el genio de Maradona, y con razón. Pero hay otra historia, mucho menos recordada: la de José Luis «el Tata» Brown, que llegó a la Copa del Mundo como el único jugador de su selección sin club. Entró de titular a último minuto  porque Passarella se enfermó, si no se hubiera quedado en la banca. En la final contra Alemania, el Tata anotó el primer gol de cabeza y luego se dislocó el hombro. Cuando el entrenador pidió su cambio, él gritó que ni loco salía del campo, se mordió la camiseta, le hizo un par de huecos para meter sus dedos e inmovilizar el brazo como en cabestrillo,  y siguió jugando. Así terminó el partido. Argentina fue campeón del mundo y las fotos aún muestran al Tata, con cara de dolor, peleando un partido hasta el último minuto.

¿Y los peruanos, hemos dejado alguna huella épica en algún mundial? Pues sí, una duele y enorgullece. El 31 de mayo de 1970, la selección estaba en León, mirando el partido inaugural del Mundial entre México y la Unión Soviética, cuando llegó la noticia de que había habido un terremoto de 7.9 grados en Perú. El sismo había hecho que una parte del nevado Huascarán se desprendiera y formara un huayco que sepultó a toda la ciudad de Yungay. Murieron 75 mil  personas.

Los jugadores salieron al campo con un listón negro en la manga. Hubo un minuto de silencio en el estadio. Bulgaria empezó ganándonos  2 a 0. Parecía que los peruanos estaban  atarantados por el duelo, por el dolor.  En el segundo tiempo, ese equipo que muchos creían derrotado, recordó que el país necesitaba una alegría, una victoria: Perú anotó 3 goles y volteó el partido. La gente explotó de júbilo, las calles se llenaron de hinchas, la bandera ondeó en todas las casas. Un país que estaba enterrando a sus muertos se permitió celebrar y las lágrimas de pena se mezclaron con las de alegría. Lo habíamos logrado, habíamos conseguido escribir una hazaña en el lado B de la historia de los mundiales.

Así es el fútbol cuando deja de ser solo fútbol. Y aunque nos pasen mil videos con las hazañas de los campeones y los golazos de los grandes genios de este deporte,  yo me quedo con el Tata Brown con el brazo colgando dentro de su propia camiseta agujereada; con Rossi, el condenado convertido en redentor; con  Vozinha llorando en la cancha mientras su madre, al fin, está en camino. Yo me quedo con los peruanos de luto, anotando los goles necesarios para consolar a toda una nación.


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