Entre votantes y un cebiche


Una jornada electoral en el extranjero nos recuerda lo que más le falta al Perú 


María Paz Neyra es abogada por la Universidad de Lima y candidata a la maestría en Administración Pública en la Universidad de Nueva York (NYU-Wagner). Ha trabajado en derechos de los pueblos indígenas y gobernanza ambiental en la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA), en educación rural en Amazonas con Enseña Perú, y en iniciativas de participación ciudadana y política dirigidas a jóvenes.


En mi intento de participar a la distancia los más posible de las últimas elecciones peruanas, me encontré con un anuncio de la Defensoría del Pueblo que invitaba a compatriotas en el exterior a ejercer como observadores. El lema era «Lejos, pero no ausentes». Justo lo que estaba buscando, pensé. Los peruanos en el extranjero son a veces tomados como una categoría menor, pero somos aproximadamente 1,2 millones de personas habilitadas para votar: si fuéramos una región del Perú, seríamos la quinta con más votantes, solo superada por Lima, La Libertad, Piura y Arequipa. Así que la responsabilidad de los consulados no es tarea menor, y la participación de voluntarios, personeros y observadores, tampoco.

Fue así que este domingo de la segunda vuelta fui observadora voluntaria en las elecciones en Nueva York, donde aproximadamente 50 mil peruanos estaban habilitados para acudir a las urnas. El evento tuvo lugar en un solo local: Queens College, una universidad a hora y media de Manhattan. Era emocionante ir acercándose al campus y ver cómo, de pronto, la diversidad típica de Nueva York empezaba a transformarse con rostros que se sienten familiares; escuchas un huaynito, te invade el olor a anticuchos y cebiche de carretilla, una señora linda se acerca a venderte alfajores, y por unas cuadras te transportas a casa. De pronto, sentí una alegría que no esperaba tener en esta jornada electoral cargada de resignación. Sentí ese «al Perú yo lo llevo en las entrañas», de Vargas Llosa.

Entré al local y me recibieron los trabajadores del consulado y los muchos jóvenes voluntarios que donan su domingo para ayudar con la organización. Conozco a algunos; son otros estudiantes peruanos en el extranjero, como yo. Algunos están acá gracias a la Beca Bicentenario y siempre los veo haciendo patria desde donde se necesite.

Vi a personeros de ambos partidos organizándose y a personas conversando en el jardín, discutiendo aún sobre su voto. Personas muy mayores y madres con hijos pequeños, todos siendo parte de esta «fiesta» electoral. Sin embargo, también pude percibir rápidamente que éramos menos que en la primera vuelta, donde la participación ya había sido baja: solo el 17 % de los votantes habilitados en Nueva York había acudido a las urnas en abril de 2026.

A la hora del almuerzo salí a comer uno de esos cebiches que estaban preparando en las carretillas y me encontré con un gran grupo, todos bromeando como si fueran amigos de toda la vida. Pensé que eran familia, pero me acerqué y me sumaron también a las bromas, y ahí me di cuenta de que no: eran solo peruanos comiendo cebiche. «Los peruanos somos la cagada», me dijo uno mientras se reía.

Recordando la instalación de las mesas, confirmo que todas abrieron relativamente temprano. Al acercarme a hablar con los miembros de mesa, me di cuenta de que esta elección solo se logró sacar adelante gracias a los muchos votantes voluntarios que decidieron quedarse ante la alta ausencia de los miembros de mesa. Les agradecí por su decisión y todos me respondían diciendo a su manera lo mismo: «Todo por el Perú, siempre». Me di cuenta, entonces, de que todos ahí éramos como parientes preocupados que intentaban decidir qué era lo mejor para nuestro hermano enfermo, para nuestro país. Todos tenemos distintas ideas sobre lo que este pariente necesita; muchos pensamos que el remedio ya no está sobre la mesa, pero buscamos el mejor paliativo. 

Durante esa conversación con amables desencuentros, me invadió un lindo sentimiento al ver cuánto amamos al Perú, y cuántos genuinamente esperamos lo mejor para el país.  Es en ese deseo y en las bromas en la carretilla de cebiche donde tenemos la  oportunidad de construir, si dejamos de escuchar las voces que nos dividen y nos convencen de que la estabilidad económica se defiende a punta de deshumanizar al otro y perder la memoria. Me di cuenta de que nuestro problema más grande no es que un compatriota defienda algo diferente; el problema más grande ocurre cuando ya nadie defiende nada: cuando se pierde la fe en que podemos ser algo mejor, cuando uno ya no tiene interés en la conversación, y mucho menos en la participación necesaria para mantener la democracia.

Tengo la ilusión de que un día llegará el momento en que quienes pensamos distinto —pero tenemos claro en el corazón que “todo por el Perú, siempre”—, dejaremos de hacerle caso a quienes gritan más fuerte y los algoritmos no nos dibujarán realidades diferentes donde habitar y nos encontraremos compartiendo un cebiche y discutiendo sin odios sobre la mejor forma de amar mejor al país. Tal vez la fórmula empiece precisamente por encontrarnos más cara a cara, y comprobar que nadie es el monstruo que las redes pintan.

Los resultados de estas elecciones me preocupan, sí, pero el ausentismo electoral me impacta más. La apatía parece ser la fuerza política —mejor dicho, apolítica— más fuerte del país: en la primera vuelta, los votos sumados de Keiko Fujimori y Roberto Sánchez no llegaban a 5 millones, mientras que los votantes habilitados que no acudieron pasaron de 6 millones. Esos miembros de mesa que no vimos llegar en esta ocasión me preocupan. Me preocupa, sobre todo, que perdamos la comunidad: que tantas rejas en los parques y cercos en playas privadas hayan logrado volvernos individualistas que no ven la importancia de lo público en su proyecto de vida.

Amar al Perú puede doler muchas veces y de forma profunda, pero ya nos advirtió el historiador Basadre sobre el problema de caer en el pesimismo y sobre la traición que implica ignorar la posibilidad. Ahora, cuando más difícil se hace y más duele, es cuando más se necesita que la esperanza de construir juntos algo mejor no se pierda. Involucrémonos más y más, hablemos de lo público con el otro; en la combi, en la calle, en la fiesta.

La apatía y el abandono de un proyecto común, sería el más triste de los escenarios.


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