Un consejo en Facebook demuestra la ceguera de un capitalismo de compadres
Hace unos días, en un grupo de Facebook de esos donde se intercambian datos de especialistas en mantenimiento del hogar, una señora contaba que había descubierto que su empleada planeaba votar por la izquierda de Roberto Sánchez. Horrorizada, compartió que se había sentado a hablar con ella durante hora y media —probablemente la conversación más larga que hayan tenido en su vida— para rescatarla de su imperdonable error. Al final, cantando victoria, la señora cerraba su post con un consejo de oro: que hicieran lo mismo, porque “si a esta gente les hablas bonito, entienden». Tremenda joya de la antropología de burbuja en la que viven muchos limeños.
¿Cómo puede la señora creer que el tema se resuelve “hablando bonito”, en lugar de preguntarse por qué la persona a la que le da trabajo y a la que le paga de acuerdo con el sacrosanto modelo que ella tanto defiende, está dispuesta a “dinamitarlo” todo con su voto? ¿Acaso nunca se le ha ocurrido pensar que ese voto la está cuestionando a ella, y a la manera cómo se ampara en el mercado para perpetuar la precariedad en la que vive su empleada?
Que quede contancia que, para quien escribe, el problema aquí no es el libre mercado en sí; la libre competencia y la iniciativa privada han demostrado ser motores eficientes para generar riqueza en todo el mundo. El verdadero chiste es cómo lo estamos planteando y ejecutando aquí en el Perú, donde el modelo se ha deformado tanto que, en lugar de ser una cancha nivelada para que todos progresen, se ha convertido en una máquina aceitada para perpetuar la desigualdad.
La señora en cuestión, antes de evaluar qué pudiera estar haciendo mal el sistema que defiende, prefiere aferrarse a la premisa —tan burda como racista— de que su empleada no ha entendido nada y hay que explicarle dónde está su verdadera felicidad. El ejemplo es bastante doméstico, pero revela una dinámica perversa que se reproduce en cientos y miles de relaciones laborales en el Perú. Al final, el sistema que muchos defienden con garras en X (Twitter) se traduce en el mundo real en una cancha completamente inclinada para las mayorías, quienes, para sorpresa de nadie, terminan buscando cualquier otra opción en las urnas.
El asunto, además, se hace absolutamente evidente cuando en ese mismo grupo de Facebook aparece un post en el que alguien pregunta cuánto se le debería pagar a una empleada doméstica. Las respuestas son variadas, pero la mayoría ofrece los rangos en los que están los sueldos actualmente. Sin embargo, cuando alguien sugiere una cifra por encima del promedio, nunca faltan las que pegan un grito en el cielo exigiéndole que deje de pagar sueldos tan altos porque «está malogrando el mercado». Según esta lógica perversa, se normaliza pagar lo mínimo bajo el cómodo argumento de que «eso es lo que se paga en el sector», independientemente de si el empleador tiene la capacidad económica de ofrecer una remuneración más digna.
Mañana nos jugamos en Perú la segunda vuelta electoral y, más allá del drama y los ataques de pánico colectivos, resulta increíble que quienes disfrutan los beneficios del modelo sigan pensando que el resto del país es tonto. Culpar a la ignorancia o a la manipulación por el hecho de que Lima vote en un sentido y el resto del Perú en otro, es la salida más fácil para no asumir la culpa de haber construido un capitalismo de compadres.
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