Lo monstruoso queer


La gran novela que cumple 10 años y sigue incomodando las ficciones machistas 


Luciana Goytisolo (Lima, 1994). Bachiller en Música por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Investigadora y entrenadora de la voz con estudios en vocología, rehabilitación vocal, pedagogía vocal, ETVSO, entrenamiento de la voz identitaria, entre otros. Actualmente, cursa el Máster en Estudios LGTBIQ+ de la Universidad Complutense de Madrid.


Cuando en 2017 la escritora mexicana Fernanda Melchor publicó la novela Temporada de huracanes, articuló en ella un universo de marginalidad, violencia y deseo que estaba atravesado por cuerpos que desbordaban la norma. Su personaje de la Bruja —travesti precarizada y situada en los márgenes de lo socialmente legible— era una figura que condensaba las tensiones del régimen heterosexual contemporáneo para luego devolverlas en forma de monstruosidad. Hoy, casi diez años después de la publicación de la novela, me atrevo a proponer una lectura que comprenda a la Bruja como un monstruo político producido por la heteronorma del pueblo rural, como contratecnología de género y como cuerpo que expone la trama de exclusiones y fragilidades sobre la que se sostiene la identidad cisheteropatriarcal.

Mientras que las categorías trans —surgidas en Europa y Estados Unidos— tienden a inscribirse en un lenguaje biomédico y legal, lo travesti en Latinoamérica supone un cuerpo intrínsecamente atravesado por la violencia estatal y policial, y ligado a la marginalidad social: una identidad política que ha sido resignificada como campo de resistencia y de creación artística y afectiva. Autorxs como Pedro Lemebel y Claudia Rodríguez —que hoy nos ayudan a pensar a la Bruja de Melchor—han contribuido con sus voces a hacer visibles estos cuerpos (sus cuerpos). Desde territorio chileno, sus miradas han hecho eco en el mundo entero.

En la obra de Lemebel, encontramos una estética travesti centrada en la figura de la loca, un personaje que existe entre la feminidad subversiva, la pobreza, la erotización del peligro y una vocación política profundamente enraizada. Para Lemebel, la loca es aquel cuerpo que interrumpe la norma viril en las culturas de masculinidad hegemónica. No es ella, no es él; es un ser ilegible que la sociedad heteronormativa no puede codificar. Es el cuerpo que desbarata la homogeneidad del pueblo, la voz que acusa la hipocresía del machismo, la figura que encarna la historia subterránea de la ciudad. Tal como la Bruja de Melchor, la loca de Lemebel pone en jaque la masculinidad ficticia de aquellos que las rodean.

Para Claudia Rodriguez, escritora, performer y activista, la travesti se lee desde la afectividad, la sexualidad y la comunidad, y sus lazos de amistad funcionan como estructura de protección. Para nuestra Bruja, esta comunidad se forja a través de los rituales que realiza para las mujeres del pueblo, quienes la visitan a menudo y pretenden mantenerla a salvo de la violencia machista que ellas mismas reproducen. Van a su casa a llorar, a chismear, a contar acerca de esos hombres que las traicionan y de quienes se quieren vengar. Sí, la Bruja es instrumentalizada por estas mujeres, pero Temporada de huracanes también nos muestra momentos de ternura y complicidad entre ellas.

En la novela de Melchor, los cuerpos —especialmente, los cuerpos feminizados, pobres, disidentes o ambiguos— son moldeados por el Estado, el narcotráfico, la economía local y la heteronorma patriarcal. Si atendemos a los postulados del escritor y filósofo Paul B. Preciado, los cuerpos en la novela serían territorios políticos, ensamblados y controlados por regímenes de género y regímenes farmacopornográficos. Por su parte, en palabras de la filósofa mexicana Sayak Valencia, lo serían por un sistema de capitalismo gore en el que los cuerpos y la muerte son utilizados como mercancía.

La Bruja en la novela de Melchor es el personaje del que todos en el pueblo hablan: ella, que encarna un cuerpo no normativo que los otros desean, temen, explotan o destruyen. Su cuerpo travesti opera como un dispositivo que revela la fragilidad del régimen heteronormativo, como símbolo de la monstruosidad construida, aquello que la comunidad necesita expulsar para reafirmar su propio orden.

Al igual que Lemebel y Rodríguez, Preciado sostiene que el monstruo no es una entidad ontológica, sino un producto político: la sociedad fabrica monstruos para delimitar los bordes de lo aceptable. Lo monstruoso señala aquello que debe ser expulsado para reafirmar la ficción de una identidad normal. En Temporada de huracanes, la Bruja no es monstruosa por su identidad, su expresión de género o su sexualidad, ni tampoco por sus prácticas rituales; es monstruizada por el pueblo en el que vive. Ella funciona como categoría disciplinaria: un cuerpo que organiza el miedo, la repulsión moral y el deseo reprimido. Un cuerpo que es todo lo que no debemos ser. Al no existir en el imaginario colectivo ni como hombre, ni como mujer, el pueblo construye a su alrededor una ficción que les permite entender su existencia. Se crean rumores alrededor de su nacimiento, de su vida sexual protagonizada por criaturas no humanas y de los vínculos que tenían ella y su madre con el Diablo.

Su final, además, es violento y sanguinario, lo que confirma el diagnóstico de Preciado: cuando un cuerpo desestabiliza demasiado la norma, el régimen responde con violencia ejemplarizante. La ambigüedad del deseo, el género y la identidad se vuelve una forma de resistencia; incluso, cuando termina siendo castigada.

El monstruo, para Preciado, es también un espejo invertido del poder: refleja sus miedos y deseos prohibidos. En Temporada de huracanes, la Bruja es objeto de deseo clandestino; especialmente, entre los hombres jóvenes del pueblo. Este deseo, intolerable para la norma heterosexual, se materializa en odio, repudio, celos y violencia extrema, al punto de que quien la asesina es aquel que la deseaba más. Su asesinato es una operación simbólica: el intento de borrar el espejo que le devuelve la verdad reprimida de su cuerpo.

«Dicen que en realidad nunca murió, porque las brujas nunca mueren tan fácil. Dicen que en el último momento, antes de que los muchachos aquellos la apuñalaran, ella alcanzó a lanzar un conjuro para convertirse en otra cosa: en un lagarto o un conejo que corrió a refugiarse a lo más profundo del monte. O en el milano gigante que apareció en el cielo días después del asesinato: un animal enorme que volaba en círculos sobre los sembradíos y que luego se posaba sobre las ramas de los árboles a mirar con ojos colorados a la gente que pasaba debajo, como con ganas de abrir el pico y hablarles».

Y es que la resistencia queer nunca muere; solo se transforma para seguir reclamando espacio y visibilidad. Y también para recordarnos que, a pesar de vivir en un mundo violento, siempre habrá fugas, grietas, fisuras por las cuales ver luz. Y la Bruja, al igual que las travestis, brilla incluso cuando el cuerpo ya no resiste, cuando la ciudad insiste en borrarla.


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