Otro virus contagioso y lo absurdo de viajar en malls flotantes
Los cruceros siempre me han parecido una de las ideas más extrañas que ha producido la sociedad de consumo. Sé que hay unos superexclusivos, con pocos señorones leyendo en cubierta y meseros sirviendo martinis; a esos no me refiero. Hablo de los otros: esos monstruos flotantes, con miles de pasajeros, que parecen centros comerciales lanzados al mar.
En estos últimos, el mar es lo menos importante. Está ahí, por supuesto, rodeando la nave con su inmensidad, pero nadie lo mira ni lo contempla en silencio. Ha sido reducido a telón de fondo, a decoración para fotos instagrameables. La diversión es otra y ocurre dentro del barco, en casinos, cines, discotecas, simuladores de surf, buffets abiertos veinticuatro horas, restaurantes fast food, promociones de cócteles fluorescentes y señores lanzándose a la piscina con una pizza en la mano mientras suena reguetón a un volumen diseñado para impedir cualquier pensamiento complejo.
La idea de descanso consiste en reproducir, encerrado en un barco, todo lo que nos estresa en tierra firme: el ruido, las colas, el consumo compulsivo y esa obsesión por estar siempre entretenidos. Como si sentarse a mirar una puesta de sol sin hacerse un selfie fuera un crimen imperdonable.
Confieso que luego de la terrible experiencia que vivieron los pasajeros de estos malls flotantes durante los primeros meses de la pandemia de Covid, pensé que la industria había quedado herida de muerte, que a nadie se le iba a ocurrir bailar Títi me preguntó rodeado de miles de personas que no sabes qué plaga te pueden pasar, y sin capacidad de huir. Es como si hubiéramos olvidado las historias tremendas de esos barcos fantasma, que quedaron anclados frente a los puertos, sin que los dejaran desembarcar por culpa del virus.
Las cifras son escalofriantes: para junio de 2020, más de cuarenta cruceros habían reportado casos positivos de Covid y más de 40 mil tripulantes seguían atrapados en barcos, sin poder volver a sus países porque las empresas se negaban a asumir los costos de repatriación. Hubo reportes de muertes por Covid, por otras enfermedades crónicas que no se podían tratar, muchos casos de depresión severa —ansiedad e incluso suicidios— entre trabajadores varados en altamar.
Nada ha servido para asustar a los viajeros que se suben encantados a estos templos de la jarana absurda. Los cruceros siguen siendo una industria gigantesca. Solo en 2025 movilizó a más de 37 millones de pasajeros y generó alrededor de 168 mil millones de dólares. Parece que nada puede competir contra la promesa de comer ilimitadamente mientras un animador disfrazado de pirata organiza concursos de baile.
Hace unas semanas, la pesadilla del crucero pandémico regresó. Esta vez fue el hantavirus lo que puso en alerta al mundo entero. Si bien el contagio interpersonal de este virus con alta letalidad se ha cobrado la vida de tres personas, la OMS declaró que la posibilidad de que se extendiera es muy baja. El asunto parece estar bajo control y a los pasajeros y a la tripulación se les permitió bajar a tierra, pero en Estados Unidos todavía hay 41 personas en estricta cuarentena.
Con este nuevo incidente, a lo mucho los viajes en crucero perderán popularidad por un tiempo corto, pero, créanme, volverán, y con más fuerza. Porque así somos: una especie extraña que consume, destruye y contamina; y que en lugar de disfrutar de un océano infinito, decide instalarle un karaoke.
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