¿BYE, BYE, COMBUSTIBLES FÓSILES?


Una conferencia en Colombia empieza a delinear, por fin, una hoja de ruta


Lo sabemos desde hace décadas: la quema de combustibles fósiles es la principal causa del calentamiento global y, con ello, del cambio climático. No es una opinión, es física básica del clima. El aumento de gases de efecto invernadero intensifica el efecto invernadero natural, atrapando más calor en la atmósfera. El resultado ya no es una especulación: olas de calor, sequías, lluvias extremas. Todo más frecuente, más intenso, más caro. En los últimos años hemos empezado a sentir los efectos en carne propia y en nuestros bolsillos, de aquello que los climatólogos ya advertían desde los años setenta.

Nuestra atmósfera ya ha superado las 420 partes por millón (ppm) de CO₂, un nivel no registrado en al menos 800 mil años, según registros de núcleos de hielo. Esto ya nos ha llevado a un calentamiento de aproximadamente 1,2 °C respecto a los niveles preindustriales. Y la ciencia es clara: si superamos los 2 °C, entramos en un terreno de impactos severos e irreversibles.

A pesar de ello, seguimos siendo complacientes, irresponsables y lentos en reaccionar. Ya suman treinta las Conferencias de las Partes (COP), pero los avances han sido tímidos, vacilantes, casi resignados, como si estuviéramos negociando el clima y no nuestra propia supervivencia. Nuestros gobiernos parecen arrastrar los pies, incapaces de anteponer los intereses de la humanidad a los de la industria de los combustibles fósiles. Persistimos en una forma de negación colectiva, como un paciente que ignora su diagnóstico hasta que la enfermedad entra en metástasis. Mientras tanto, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), los subsidios globales a los combustibles fósiles superan los 7 billones de dólares anuales, una cifra obscena (tan obscena como la del gasto en armas). Es decir, seguimos financiando el problema que decimos querer resolver.

Sin embargo, algo está cambiando. En la última década, la transición energética empezó a ser realidad. Las energías renovables ocupan hoy más del 80 % de la nueva capacidad eléctrica instalada a nivel global. La solar es ya la fuente más barata de electricidad en gran parte del mundo y la eólica no se queda atrás.

En este contexto, la conferencia “Abandonando la era de los combustibles fósiles” celebrada la semana pasada en Santa Marta, Colombia, trajo un soplo de aire fresco. Cincuenta y siete países, incluyendo a la Unión Europea, el Reino Unido y exportadores de petróleo como Noruega y Canadá, formaron una especie de “coalición de los dispuestos”. A diferencia de muchas COP, que terminan con compromisos aguados, aquí no hubo hipocresía o juegos diplomáticos de palabras. El mensaje fue directo: hay que abandonar los combustibles fósiles. No reducir, ni compensar, ni optimizar, sino: abandonar.

Esto implica también cuestionar las llamadas “falsas soluciones”. Tecnologías como la captura y almacenamiento de carbono siguen siendo costosas, intensivas en energía y, sobre todo, insuficientes si se utilizan como excusa para prolongar el uso de los fósiles. Lo mismo ocurre con los mercados de compensación de carbono, que muchas veces permiten seguir emitiendo sin reducir realmente las emisiones.

La conclusión de Santa Marta es clara: debemos eliminar la causa del problema. Así, los delegados empezaron a delinear la transición en tres frentes concretos: lo primero, hojas de ruta nacionales para el abandono progresivo (“phase-out”) de los combustibles fósiles; lo segundo, eliminación de subsidios y mayor financiamiento climático; el tercero: la aceleración masiva de energías limpias y eficiencia energética. 

Francia ya puso fechas: carbón fuera para 2030, petróleo para 2045, gas para 2050, además de expandir el transporte público, los vehículos eléctricos, las bombas de calor y las energías renovables. Colombia plantea reducir en 90 % sus emisiones energéticas hacia 2050, con beneficios económicos estimados en 280 mil millones de dólares

Perú, tan ocupado en su agenda electoral, no jugó un rol visible en esta iniciativa, aunque algunas organizaciones de la sociedad civil, como el Movimiento Ciudadano Frente al Cambio Climático (MOCICC), lideraron la representación de la sociedad civil latinoamericana. Llevando la voz de los movimientos sociales, MOCICC plantea una transición con más participación, justicia y visión territorial. Menos tecnocrática y más participativa, para evitar nuevas formas de extractivismo (como las de proyectos de extracción del litio o de tierras raras). Una transición, además, que repare los daños ya causados. 

En medio de la turbulencia inflacionaria causada por la guerra con Irán, y la aparente confusión de nuestros resultados electorales, me pregunto: ¿qué proponen nuestros probables candidatos a la segunda vuelta para encaminar al país hacia la seguridad y soberanía energética, sacándonos del atolladero de los fósiles?

Sus programas mencionan la transición energética, pero ninguno la aterriza. Fuerza Popular plantea modernizar el sistema actual: más infraestructura, más mercado, más de lo mismo. Juntos por el Perú propone un enfoque transformador: descentralización, energía comunitaria, cambio de modelo. Sus programas mencionan la transición energética, pero ninguno la aterriza. Y, en ambos casos, falta una hoja de ruta creíble con metas, presupuesto, instrumentos (como pide la Agencia Internacional de Energía). 

Así, a pesar del pequeño aire de esperanza que causó la reunión de Santa Marta, me pregunto: ¿qué porcentaje de la matriz será renovable en 2030 o 2040? ¿Cuánto se reducirán las emisiones del sector energía? ¿Cuántos hogares, especialmente en la Amazonía y los Andes, tendrán acceso a energía limpia? ¿Cuántos empleos verdes se crearán? ¿Cómo se financiará la transición? 

Y la pregunta más inquietante: ¿aún estamos a tiempo? La respuesta ya no depende de la ciencia, sino de la política.


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