Ocho meses con una sola puerta


La hazaña de intentar ser feliz mientras tramitas.


Llevamos ocho meses viviendo en Madrid y por ratos se siente como si acabáramos de aterrizar. Hay tantos pendientes en el horizonte, tantos trámites que ni sabemos por dónde empezar, tanta maña que no manejamos. Para quienes llevan buen tiempo aquí, la asociación es correcta. Decimos que llevamos ocho meses en Madrid y ellos responden: «¡Ah! ¡Acaban de llegar!». Y sin embargo ha sido todo muy largo. Y difícil, muchas veces.

Para no olvidar los triunfos que han acompañado nuestra aventura, llevo una lista detallada a la que cada cierto tiempo vuelvo para así leer «Renovar pasaportes», «Sacar préstamos de dos bancos peruanos», «Comprar pasaje» y «Conseguir NIE», así como victorias mínimas —«Abrir cuenta de banco español» y «Aprender a usar el metro»— y otras inesperadamente complicadas: «Curar a Milo de su ansiedad por separación» [una situación que alteró por completo los primeros cuatro meses en esta ciudad, impidiéndonos dejar en soledad a nuestro perro, bajo riesgo de, ladrido a ladrido, colmar la última porción de paciencia de los vecinos y desatender el ultimátum del casero].

Miro la lista embobado y con alivio. Me refugio de mis ansiedades pensando que al menos todo aquello ya es parte del pasado.

Y de inmediato paso a pensar en lo que viene.

Cuando llevábamos apenas un par de meses en Madrid, me crucé con un amigo peruano que tenía un año acá. Como cada vez que conversaba con alguien, no pude sino soltarle el infierno de trámites en que me hallaba sumergido. No me interesaba ningún tipo de consejo. Bastaba con que me escuchara. De todas formas, el amigo supo hablar. No solo dijo que lo que estábamos viviendo L y yo era lo mismo que le había tocado a él —y en lo que todavía seguía parcialmente hundido—, sino que a pesar de ello debíamos encontrar la forma de seguir disfrutando de la ciudad, sus parques, todo lo que fuera gratis, los amigos, la vida. Lo dijo como si las burocracias fueran el mal encarnado, concebidas para alejarte de aquello que antes habías soñado, para darte la cantidad suficiente de golpes y así lograr que te rindas, como diciéndote: «Mejor sería que te regresaras a tu país. Estabas más cómodo allá. ¿No eras acaso más feliz? Recuérdalo».

Una voz perversa. Si la dejas ganar terreno, comenzará a parecer que tiene sentido, que es lógica, realista, compasiva.

En palabras de mi amigo, había que colocar a un lado los trámites pendientes, la angustia, la incertidumbre… y vivir. Mantener activo ese ida y vuelta entre la responsabilidad y el placer. De lo contrario, la existencia sería inviable.

A ocho meses de haber aterrizado en Madrid, llevo siempre conmigo sus palabras. Y también la lista de las cosas que ya superamos.

Después de nuestro primer viaje internacional como pareja —una categoría de vacaciones que recién a mis treinta y seis me permití—, hemos regresado a Madrid con la firme voluntad de encontrar un nuevo departamento. Llevamos ocho meses en un monoambiente que apenas conseguimos pagar. Apretados. Incómodos. Al límite. La crisis de vivienda es noticia todos los días en España. El desenfreno acaparador de inversionistas especuladores y los abusos de las agencias inmobiliarias y las aseguradoras hacen prácticamente imposible que un migrante pueda alquilar un departamento. Incluso es muy difícil para los propios españoles. Casi ninguna alternativa baja de los mil euros. Vivir en algún barrio del centro es una fantasía.

Y aun así aparece: el barrio que queremos, el precio que podemos, un depa de dos habitaciones y una agencia y una propietaria que parecen haber elegido el lado correcto de la historia.

Al tiempo que cierro este artículo, cruzo los dedos. A ocho meses de habernos mudado a Madrid, pienso que merecemos tener una puerta que no sea solamente la del baño.


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