¿Puede votar con optimismo alguien que lleva décadas viendo a sus favoritos perder?
Al no haber logrado cambiar mi dirección de sufragio a Perú, me encuentro en Londres para ejercer mi derecho a votar como peruana. No solamente estoy inscrita aquí desde el 2011, sino que desde hace varias elecciones he sido miembro de mesa voluntaria, así de tanto me gusta la “fiesta electoral”. Esta vez, por esas cosas del destino, el local de votación está muy cerca de mi nueva casa y tengo la ilusión de ver a muchos de mis amigos y, de paso, comer un tamalito.
Serán posiblemente mis únicas alegrías. Si usted lee o escucha esto por la mañana de hoy domingo, quizás se esté preparando para ir a votar, posiblemente con angustia o desazón; y si lo hace por la tarde, estará esperando el consabido flash que nos pondrá los pelos de punta, porque la verdad, hasta este momento en que escribo es difícil hacer una predicción.
Quienes vean esto más tarde ya estarán pensando en las próximas semanas en que tendremos que soportar a los dos personajes que se disputen la segunda vuelta. En la noche estaremos todos viendo los análisis online, porque ya casi nadie ve televisión. Quizá tomando algo, para calmar los nervios. Y algunos, como, yo estaremos contentos de que, por lo menos, varios de los que nos han hecho sufrir estos años quedarán fuera de contienda y su carrera política estará (temporalmente) descarrilada.
Mientras pensaba sobre qué podría escribir hoy, dado que es tan poco lo que se puede predecir, recordé que cada una de las elecciones en las que he participado ha traído esta misma sensación de salto al vacío. En estos días Facebook me ha ido mostrando que en 2011, el 2016 y el 2021 ninguno de mis candidatos en primera vuelta pasó a segunda. En el 2006, cuando voté en Estados Unidos, tampoco. De ese año me queda la nostalgia de juntarnos los pocos peruanos allá a escuchar los resultados en RPP online, acordándonos del tiempo de los apagones, cuando la radio era ese hilo que nos unía.
En el 2000 y 2001 voté en Lima y fui voluntaria de Asociación Civil Transparencia. No olvido aquel flash del año 2000 que, por un momento, nos dio la esperanza de que Alberto Fujimori podría irse de manera democrática, para poco después ver cómo se iba perpetrando el fraude. Fueron días aciagos, pero a muchos nos formaron para salir a la calle y manifestarnos, y para soñar que las cosas podían ser mejores. Cuando le di mi voto por segunda vez a Alejandro Toledo en el 2001, lo hice con alegría y convicción. Qué triste resultó, veinticinco años más tarde, ver cómo utilizó ese mandato para hacer lo que había hecho su predecesor y levantarse nuestro dinero en vilo.
A pesar de todo esto, algunas alegrías me han dado los representantes por los que voté para el Congreso, algo que perdimos los peruanos en el exterior en el 2021 cuando, para darnos mayor representación, nos otorgaron una curul y pronto quedó claro que no era ninguna mejora. Esta vez estoy segura de que ninguna de las personas por las que votaría en presidenciales tiene chances de pasar a la segunda vuelta y, aun así, sigo en duda entre un par, porque quiero asegurarme de que por quien vote por lo menos pueda tener representación congresal. Puedo elegir a alguien para el Senado nacional, y les prometo que es lo único que me da cierta tranquilidad. Espero que mis candidatas puedan alcanzar sus escaños, pero aun eso está por verse.
Con todo lo malas que han sido las campañas de las últimas dos décadas, esta es aún peor. Tenemos muchos candidatos, algunos buenos, otros aceptables, pero la gran mayoría más bien impresentables. La apatía es generalizada y, como siempre, los punteros que pensaban que ya tenían la victoria bajo la manga se comenzaron a desinflar cuando la mayoría de los electores se puso a pensar por quién votar.
Quien parece tranquila porque tiene un apoyo de entre el 10 y 15 % es la señora Keiko Fujimori, quien se ha pasado veinte años haciendo lo mismo cada cinco. Eso puede ser más que suficiente para pasar a la segunda vuelta, aunque nada está dicho. Pero, sobre todo, con eso le alcanzaría para llenar el Congreso. En las dos décadas en que ha candidateado ha ido ganando cada vez mayor control sobre el sistema, y aun así no le ha sido posible ganar. ¿Será está vez diferente? Es poco probable.
En el fondo eso tampoco importa tanto: varios de sus contrincantes son sus calcos, además de funcionales a un sistema que concentra el poder. De ir con Carlos Álvarez o con Rafael López Aliaga a la segunda vuelta, se trataría de variaciones sobre un mismo tema. Con Ricardo Belmont la cosa sería un poco diferente, porque él es absolutamente impredecible, un oportunista carismático. Un lobo en piel de cordero.
Aunque hoy aparece aparentemente de la nada, Belmont es un político trajinado del ayer. Fue el outsideroriginal, cuando en 1989 ganó sorpresivamente la elección a la alcaldía de Lima. Fue un pésimo burgomaestre, dejó la ciudad destruida y llena de basura luego de dos periodos; pero ha logrado convencer a muchos de que todo mejoró gracias a algunas obras de infraestructura. Desde entonces ha intentado regresar a la alcaldía, llegar a la presidencia, y sí entró al Congreso, a donde llegó como accesitario tras la muerte de Alberto Andrade, curiosamente el alcalde que recuperó Lima tras su terrible gestión.
Belmont tiene un proceso abierto que podría llevarlo a siete años de cárcel y está demostrado que estafó a sus seguidores para armar un canal de TV que llevó sus siglas. De pasar a segunda vuelta con Keiko Fujimori tendría muchas posibilidades de ganar y, de ser elegido, sería el primer exalcalde de Lima en llegar a Palacio de Gobierno desde Guillermo Billingurst, pero que no cante victoria: él estuvo en el cargo poco menos de dieciocho meses.
Como siempre, en una elección peruana nada está dicho, así que a votar con convicción y a seguir los resultados con paciencia, con los consejos que en esta misma plataforma compartió ayer Patricia del Río.
Guardemos energía para la próxima semana, cuando comienza la agotadora campaña por la segunda vuelta.
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