Entre el pesimismo y la fe en un cambio, un repaso a nuestras elecciones
Como ya es de conocimiento mundial, las elecciones en el Perú se presentan cada vez peores y difíciles de pronosticar. Esta vez, a una semana de los comicios, no hay un solo candidato que supere el 15 % en las encuestas y más de un 30 % todavía no tiene idea de por quién va a votar, y no es por falta de opciones: existen 34 postulantes que creen que pueden llegar a la presidencia.
Hoy domingo, cuando las familias y amigos se reúnen en la Pascua que celebra la resurrección de Cristo, la gran mayoría espera el milagro de que las dos opciones que pasen a la segunda vuelta no sean tan problemáticas como ha ocurrido en los últimos veinte años. Recordemos que, allá por el 2006 escoger entre Alan García y Ollanta Humala se comparó entre tener que optar entre el sida y el cáncer.
Quienes me leen saben que suelo enfrentar las situaciones con optimismo y trato de pensar que existe una posibilidad de que las cosas vayan para mejor, pero debo de confesar que esta vez hasta a mí me cuesta. A pesar de ello, vislumbro un pequeño destello: el electorado está rechazando —salvo el voto duro por un par de ellos— a los miembros del llamado pacto mafioso, quienes no alcanzan en las encuestas más de un 25 % por ciento. Esto muestra que los peruanos tenemos muy claro que no queremos que los mismos que se están cargando al país en peso nos sigan gobernando.
Cuando Keiko Fujimori le dijo en el último debate a Rafael López Aliaga que la mayoría de los peruanos querían que ellos dos pasaran a segunda vuelta, mentía y exageraba. Si bien es cierto que ambos se mantienen en lo que va de la campaña en los primeros puestos en las encuestas, ninguno ha logrado en momento alguno superar el 12 %. Además, el exalcalde de Lima viene en caída y, como van las cosas, me es difícil creer que logre pasar a segunda vuelta.
Con la ciudad que gobernó mal como burgomaestre, colapsada por el tráfico hasta el punto que este fin de semana hubo quienes tardaron más de 5 horas en recorrer los 40 kilómetros que separan a Lima de Punta Hermosa, con los trenes que tiene en concesión a Machu Picchu en un estado tan precario que los rieles no pueden soportar las lluvias, o chocan en mitad de la vía; y con esos trenes del siglo XX supuestamente donados para Lima que siguen chatarreándose sin moverse, la noción de que se trata de un estadista se ha ido desmoronando a gran velocidad. Su incapacidad para comunicar sin insultar y su habilidad para dividir dejan en claro que lo más probable es que no sea presidente. Pero no se preocupen, va como número 1 con su lista al senado, así que dudo mucho que nos libremos de él: con ese 8 % le bastará para llegar a un escaño desde donde nos recordará lo mal político que es.
A estas alturas sí me queda claro que quien pasará a la segunda vuelta, como siempre, es la señora Fujimori, la experta nacional en perder elecciones. El fujimorismo no ha dejado de tener un apoyo de entre el 10 y el 15 % en los momentos más bajos de su popularidad; no ocurrió con los vladivideos en todos lados, con su presidente fugado en Japón, ni con la corrupción de su régimen al descubierto. Con la atomización actual de la oferta electoral, eso podría ser más que suficiente para pasar a la segunda vuelta. Aunque, claro, nada está garantizado, porque en una elección peruana todo es posible. Como vienen las cosas, su bancada tanto al senado como a la cámara de diputados será la más numerosa, pero ¿será suficiente para ser mayoría? De nosotros depende que no sea así.
La campaña “Por estos no” parece haber calado y gracias a esto es posible que agrupaciones como Avanza País y Alianza Para el Progreso no pasen la valla electoral y queden fuera del Congreso. Sería algo realmente saludable para nuestra política, porque no encuentro nada que recomendar ni de sus congresistas, ni de sus candidatos. En las encuestas queda claro que no soy la única que piensa que sería un alivio que no lleguen ni al 5 %: un castigo apropiado por haber colaborado en gobernar el país de una manera desastrosa.
Sin embargo, entre los que quedan y tienen posibilidades la situación no nos lleva a la calma. Es muy posible que el cómico Carlos Álvarez llegue a la segunda vuelta y, de ser así, tendría posibilidades reales. Ha sido, sin duda, el que mejor ha utilizado los debates para subir en las encuestas y le podría ser suficiente para pasar. Pero más allá de que no se trata de un político tradicional, la agrupación con la que va tiene antecedentes bastante preocupantes: la Coordinadora Republicana —sobre la que Dante Trujillo escribió en 2020 para Jugo—, es una mazamorra de ideas trasnochadas. Aun así, si pasara a segunda vuelta ante Keiko Fujimori, tendría las de ganar.
Después del debate, me queda más claro que nunca que la mejor opción es Marisol Pérez Tello: clara, articulada, dura con la mafia que ha gobernado los últimos años; todo lo que no son los demás candidatos. Pero, con gran pena, no veo que tenga oportunidad de llegar a la segunda vuelta. Jorge Nieto y Alfonso López Chau pasarían, sin duda, si no se estuvieran disputando el mismo bolsón de votos de quienes queremos una opción viable. Y así como ha ocurrido en las elecciones anteriores, alguien de quien se ha hablado muy poco puede dar la sorpresa y sigue subiendo. Esta vez se trata de Roberto Sánchez, que va con el sombrero de Pedro Castillo, pero también con el antecedente de haber sido un congresista lamentable, lo cual realmente preocupa mucho.
Reviso este texto antes de terminar, y el pesimismo se mantiene. Pero aprieto dientes y me convenzo de que iré a votar con fe: me aseguraré de marcar con convicción a mis representantes al parlamento.
Les recomiendo hacer lo mismo.
Para presidente, como casi todos los peruanos, decidiré a último minuto.
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