Sirvan las sachavacas para dudar de que solo la infraestructura traerá desarrollo

Patricio Zanabria Vizcarra (51) pasó de pensar en los bosques como zonas de aprovechamiento forestal a ayudar a construir consensos que gestionen los bosques comunales de pueblos indígenas por todo el Perú amazonico: shawi, awajun, urarina, matses, yanesha, yine, matsigenka. Aún no ha encontrado la mejor forma de contribuir a qué estos pueblos determinen mejor sus destinos frente a los nuevos retos económicos y sociales que viven, pero, mientras tanto, toma masato y disfruta sus historias y estilos de vida distantes de las prisas y ansiedades de la vida citadina.
El Perú tiene muchos territorios con gran diversidad de flora, fauna y culturas ancestrales, y uno de estos lugares, indiscutiblemente, es el Manu. Algunos que trabajamos allí hace años argumentamos con cifras sobre especies de aves, mamíferos y orquídeas para demostrar «científicamente» que este territorio es, muy probablemente, el lugar más megadiverso del Perú.
Este chovinismo local nos sirve para convencer a la población de que el Manu debe continuar siendo protegido. El Manu es un distrito y provincia de Madre de Dios, pero es más conocido como el Parque Nacional del Manu, que abarca otros distritos, incluidos los de su parte andina en Cusco. Es decir, ya está en gran medida protegido por el Estado.
Sin embargo, en los últimos años, en los alrededores del parque se incrementan las posibilidades de que sus bosques se deterioren y que sus poblaciones no logren la prosperidad deseada. Hasta aquí mi visión se había centrado en amenazas promovidas por foráneos: políticos que impulsan la extracción de hidrocarburos, narcotraficantes, madereros y agricultores de papaya que arrasan con los bosques y contaminan con pesticidas.
Pero, de repente, también caí en cuenta de que las amenazas al Manu tienen un componente interno: la pasividad de la población indígena y migrante que viene aceptando resignadamente, por décadas, las intervenciones de instituciones públicas y privadas. Algunas parecen actuar con buenas intenciones y otras con intenciones ocultas para justificar gastos y obtener ganancias políticas y económicas. Ambas tienen algo en común: la sobresimplificación de la realidad comercial, cultural y ambiental del Manu.
Esta sobresimplificación se evidencia en cuantiosos gastos en infraestructura abandonada o subutilizada que no debería pasar desapercibida cuando se habla seriamente sobre el pasado, presente y futuro de este aún espectacular paisaje.
Al tratarse del Manu, no podemos pensar en elefantes blancos, sino en el mamífero más grande de la Amazonía: la sachavaca. Para este caso, hablamos de sachavacas blancas.
Un rápido recuento: un enorme albergue y zoológico en la comunidad nativa Santa Rosa de Huacaria que se cae a pedazos desde 2019. Ya en la década de 1990, otros albergues comunales en las comunidades de Shintuya, Diamante y Puerto Azul no sirvieron casi nada, y en los años 2000 el bosque ya los había devorado.
En la década de 2010 se pensó que en Atalaya-Cusco un puerto con espigones, sala de espera y restaurante sería un gran servicio para los turistas que ingresan en botes a la llanura del parque, pero, si bien fue construido, nunca funcionó.
Se le dijo a la población que el valor de la piña podría incrementarse con una fábrica de zumos y derivados, pero fue un ejercicio frustrante de transformación empírica con casi cero colocación de productos en mercados dinámicos.
En los años 2000 se pensó que un mercado en Villa Salvación sería un centro dinámico del comercio local, pero hoy, si no fuera por la agencia del Banco de la Nación en una esquina, su existencia sería un total absurdo.
Las promesas de mejor educación se asociaron a construir enormes colegios primarios y secundarios en tres comunidades, sin considerar que el alumnado era mínimo y que no se incrementaría, siendo evidente que muchos buscan trabajos y residencia fuera del Manu.
La existencia de sachavacas blancas, si bien es triste, esperamos que sirva para que en los debates locales los diferentes actores que vivimos y trabajamos en el Manu podamos corregir una lógica predominante basada en que la infraestructura puede generar dinámicas de producción sostenible, comercio justo, mejor educación y, con ello, protección y conservación de la megadiversidad.
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