Sobre las condiciones que deben darse para que haya crecimiento sostenido
En el mundo actual, cuando la ciencia está recibiendo una paliza y cada uno tiene “su verdad”, es una señal de esperanza que los responsables de otorgar el Premio Nobel de Economía hayan destacado las contribuciones de tres economistas a la comprensión del rol del conocimiento, la ciencia y la tecnología como claves del crecimiento económico: Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt.
Lo primero que quiero destacar es que, a pesar de que nuestra historia económica reciente ha desmerecido —por su escasez de logros sociales— el impresionante crecimiento económico que nuestro país ha experimentado en las recientes tres décadas, no debemos olvidar que sin crecimiento económico es imposible el logro de metas sociales. Así, comprender las claves del crecimiento económico y cómo hacerlo sostenido y no episódico se convierte en un tema crítico para vivir mejor.
Volvamos al Nobel de Economía de este año. El comité hizo equivalentes las contribuciones de Mokyr, por un lado, y de Aghion y Howitt, por otro. El título del documento científico que el comité publica explicando su decisión resume su preocupación: “crecimiento económico sostenido a través del progreso tecnológico”.
Hoy les hablaré sobre Mokyr, quien es reconocido porque estudió cómo el crecimiento económico se hace sostenido, al identificar un conjunto de prerrequisitos para este que se haya mantenido desde la Ilustración. Este vínculo fue el primer hecho sorprendente para mí: uno estudia en sus cursos de Historia Universal la importancia de la Ilustración como cuestionadora de las verdades religiosas del catolicismo en Europa, pero no había escuchado vincularla a los cimientos del progreso tecnológico asociado a la Revolución Industrial, cuyo inicio se coloca en el siglo XVIII en Inglaterra.
Es posible identificar periodos de crecimiento económico en varios países europeos desde el siglo XIV, pero lo que hace única a Inglaterra es que este crecimiento es sostenido en el tiempo. ¿Por qué? Según Mokyr, el motivo es simple: no se trata solo de diseñar nuevas técnicas, sino de comprender por qué y cómo es que las nuevas técnicas funcionan. Así, distingue entre invenciones macro e invenciones micro. Las primeras son aquellas grandes innovaciones que cambian la manera de concebir cómo se hacen las cosas —por ejemplo, la imprenta—, mientras que las segundas son mejoras incrementales en las tecnologías y son el enlace con el día a día de la actividad económica. Sin la interacción y el por qué y el cómo de su funcionamiento, rápidamente las microinvenciones se enfrentan a la ley de rendimientos decrecientes y cesan de funcionar como motor de crecimiento, hasta que la frontera del conocimiento vuelva a ampliarse con una macro invención, señala el comité.
Pero ni unas ni otras ocurren en un vacío, sino que necesitan un conjunto de factores habilitantes o prerrequisitos. El primero es que la ciencia y la tecnología evolucionen en conjunto, con retroalimentación constante, lo que es posible con cambios sociales en la manera de producir y en cómo se genera el conocimiento. Mokyr habla así de la “Ilustración Industrial”. El segundo prerrequisito se refiere al capital humano que ponga el conocimiento en uso en lo que se viene a llamar competencia mecánica o, más sencillamente, productividad. Finalmente, nada de esto es posible sin una sociedad abierta a los cambios. Para esto, destaca el comité, Mokyr estudió varios casos de resistencia al cambio, llamando así la atención sobre el rol que tienen aquellos que van a perder más con este: propietarios del capital que se reemplaza, trabajadores del sector que queda rezagado, etc., incluyendo, por supuesto, a los intelectuales.
El comité del Nobel, al señalar estas contribuciones de Mokyr, nos deja pensando cómo la sociedad actualmente está trabajando frente a la macro invención de la Inteligencia Artificial generativa: un gran desafío para nuestro país en medio de una profunda crisis.
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