Calata ante el espejo


El drama de un escritor nos hace cambiar las quejas por agradecimiento


Hanif Kureishi es un autor que siempre me ha fascinado. Desde que leí El buda de los suburbios, hasta que me quedé hipnotizada con esa joya que es su libro Intimidad, el escritor británico de origen paquistaní siempre me pareció que lograba a través de su prosa una seducción casi sexual. Hablo de una fascinación que lograba no solo que no quisiera que se acabaran sus libros, sino que me despertaba una absurda e infantil necesidad de conocerlo a él. No a sus personajes, no a los héroes o a los villanos de sus textos: a él. Por eso lo seguía como una auténtica groupie, leía cualquier entrevista suya que cayera en mis manos, y al finalizar la lectura me quedaba siempre la misma convicción: era un hombre que se sabía profundamente sexy e interesante, y que era capaz de usar todo su arsenal para seducir a quien se le pusiera enfrente. Por un tiempo le perdí el rastro, hasta que hace unas semanas encontré una entrevista que le hacían en el diario El País. En ella promocionaba su último libro, A Pedazos, y hacía algo peor: contaba cómo había cambiado su vida. En diciembre de 2022, mientras pasaba unas vacaciones en Roma, sufrió un vahído. Despertó en medio de un charco de sangre y el diagnóstico no pudo ser más devastador: la caída lo había dejado parapléjico y desde entonces no se puede mover del cuello para abajo. Vive atado a una silla de ruedas y depende de quienes lo rodean para acciones tan básicas como ir al baño o escribir.

Porque sí, Kureishi sigue escribiendo, y A pedazos es un conjunto sui generis de textos que ha ido dictando, que se las ha arreglado para plasmar gracias a la tecnología, en los que cuenta con dolor, a veces con humor, a veces con horror, cómo se vive desde la rigidez de un cuerpo que tiene atrapado a un espíritu. Les confieso que les estoy contando lo que he investigado sobre el libro, pues aún no me atrevo a comprarlo: me aterra constatar en sus páginas cómo la vida puede ser  tan escalofriantemente frágil. 

Tengo un cuerpo al que trato con un poco de cuidado, pero del que siempre me quejo. Me da rabia que mi piel ya no sea turgente, me rebela la flacidez de mis muslos, me molesto cuando trato de hacer un esfuerzo y mis rodillas se niegan a secundarme. Y en esa especie de reproche constante paso por alto que este conjunto de huesos, músculos y nervios son mis aliados. Son quienes me permiten pisar el suelo todas las mañanas, nadar en el mar helado sin ahogarme, caminar a la bodega a comprar un queque de zanahoria, bailar tango con mis perras. Este cuerpo, que a veces se me enferma y me hace doler, es el que me permite abrazar a mi hijo, rodear por la cintura a mi pareja, tomar las manos de mi madre. Pienso en Hanif Kureishi y un dolor extraño se apodera de mí, me lastima que un hombre tan lleno de vida se haya quedado tan aprisionado en sí mismo. Pero uso ese dolor para atreverme a  mirarme desnuda ante al espejo y agradecerles a esa carne, a esos huesos y a esos tendones y músculos que acá seguimos, avanzando juntos. 

Tal vez más lento, pero juntos.


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