¿Qué heridas invisibles esconden un tajo a propósito en el brazo o en la palma de la mano?
Un brazo cortado o una muñeca atravesada por un tajo no siempre son señales de un intento de suicidio. Muchas veces son autolesiones: heridas físicas hechas con el propósito de soportar un dolor espiritual del que uno no se puede deshacer. No suelen ser cortes profundos. Parecen, más bien, trazos torpes y desesperados sobre la piel, como si alguien hubiera rayado con fuerza una hoja de papel con un lápiz al que apenas le queda tinta. Son rastros de un vacío. Huellas de una herida interna que desespera por salir a la superficie.
A lo largo de mi vida me he topado con adolescentes y también con adultos que intentan esconder las marcas de su dolor. Conozco padres que temen dejar solos a sus hijos y les ocultan los objetos punzocortantes para que no se lastimen. Pero es imposible ocultarlo todo: un clip, un vidrio roto, un plato estrellado, una ventana rajada… Porque el problema no está en lo que corta, sino en el dolor que lacera. Y también, paradójicamente, en el alivio que ofrece. Tapar el dolor con más dolor. Disfrazar el alma herida con un brazo sangrante.
La autolesión no es exclusiva de la adolescencia. En países como Nueva Zelanda, se estima que más del 25 % de los adultos la ha practicado alguna vez, y más del 10 % lo ha hecho en el último año. En Europa y Estados Unidos, entre el 5 % y 6 % de los adultos ha pasado por esto en algún momento de su vida. A nivel global, se calcula que cerca del 18 % de la población ha sufrido autolesión al menos una vez. Y aunque no siempre tiene una intención suicida, sí implica riesgos serios: el 1.6 % de quienes se autolesionan muere por suicidio en el año siguiente, y el 6 % en los años posteriores.
Dicen que el tajo en el brazo oculta abusos sexuales. Que las palmas sangrantes esconden abusos escolares. Que las muñecas tasajeadas ocultan profundas traiciones. Que el dolor físico del corte, tan fuerte, logra camuflar por un momento el dolor del alma.
Pienso que si todos los seres humanos recurriéramos a esa práctica, andaríamos todos rayados como el papel que un chico aburrido garabatea en el colegio. ¿Tenemos tan pocos recursos para lidiar con nuestros dolores? El cuerpo como mapa del horror parece una buena metáfora de estas épocas tan vacías y solitarias que vivimos. Quién sabe si hundiendo profundamente un cuchillo en la palma de la mano la pena desaparezca o no. Pero no me atrevo a juzgar a quienes lo hacen. Solo me provoca abrazarlos y decirles que ese lacerante dolor que camufla el corte también se irá. Y que ese alivio momentáneo es falaz, porque las penas no se borran a tajos. Se borran con el cariño y el amor de quienes están cerca para arrebatarnos el cuchillo de las manos.
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