A los flamantes economistas


Un discurso para 152 jóvenes que se gradúan


Con muchísima humildad, les agradezco de corazón que me hayan elegido para brindarles este discurso en el día que se gradúan. Ya que varios de ustedes llevaron el curso de Economía Pública conmigo, quiero pensar que lo aprendido cuando discutíamos sobre la importancia del voto para la acción colectiva, de su carácter estratégico, de cómo el orden de las alternativas para elegir y votar puede impactar en el resultado final —lo cual le da al voto un carácter estratégico—, de cómo ese voto nos iguala porque enmascara la intensidad de las preferencias o la riqueza, y a veces nos hace elegir resultados ineficientes, ha sido recordado. Y bueno, aquí estamos, encarando el reto con mucho cariño.

Son cuatro las ideas que quiero compartir con ustedes hoy.

Primero. Dar estas palabras es un gran privilegio, así como es un privilegio graduarse de economista en la Pontificia Universidad Católica del Perú —y espero se me perdone el arrebato de mi corazoncito—, la mejor universidad del Perú. Soy de la idea de que los privilegios deben ser agradecidos devolviendo siquiera algo de lo recibido. Así como el primer sueldo se “challa”, es decir, se tiene que compartir con aquellos a quienes queremos agradecer, nuestro grado académico y los conocimientos respaldados por él tienen que ser compartidos y puestos al servicio de la colectividad: nuestra comunidad, nuestra familia, nuestro barrio, nuestra región, nuestro país o el colectivo al que quieran servir.

Segundo. Pensar en el país me recuerda un consejo dado por otra de sus profesoras aquí en este podio en el pasado: viajen. Se ama aquello que se conoce y si no conocen nuestra patria, nuestro territorio, nuestro país y a nuestros compatriotas, correrán el riesgo de creer que solo a través de los agregados macroeconómicos es posible comprenderlos. Entiendo que ahora enfrentan un claro dilema entre el tiempo disponible y el dinero en el bolsillo: mucho del primero y poco del segundo. Pero, ¿qué sería de nosotros, los economistas, sin dilemas de objetivos? Mi consejo es que viajen ahora que tienen el tiempo, ya que la restricción presupuestaria que enfrentan les activará la creatividad, con lo cual conocerán todavía más y aprenderán in situ sobre la solución de problemas. Los fines de semana largos solo requieren una mochila y gran voluntad de aprender—claro, también algo de dinero, pero a su edad también es cierto que se puede con muy poco—.

Tercero. El mundo de los datos en el que nuestra profesión nos obliga a sumergirnos puede hacernos perder de vista el valor de comprender lo que pasa con las personas. Me viene a la memoria la reflexión de un economista recién graduado de su maestría. Sus palabras durante la ceremonia de graduación hicieron un contrapunto entre nuestra gran fijación con la significancia estadística de los coeficientes, según lo cual “más datos es mejor”, de cara al hecho de que un coeficiente que no sea estadísticamente significativo podría cegarnos con respecto al efecto que sí tiene sobre alguna persona de carne y hueso, y posiblemente para mejor. Como economistas, nos forman para desechar intervenciones de política pública que, una vez evaluadas, muestren efectos negligibles en promedio. Pero ese promedio esconde efectos sobre personas, cuyas vidas podrían haber cambiado para bien. Siempre pregúntense cuál sería la narración de una persona de verdad para la cual ese coeficiente tendría, o no, algún sentido.

Cuarto y finalmente: enamórense, o traten de mantenerse enamorados de su trabajo, de su profesión, de su ocupación. Como recordarán quienes llevaron algún curso de tesis conmigo, pensar en su tema de tesis tenía que hacer que sus ojos brillaran de ilusión, al mismo tiempo que deberían tener la disposición para sobrellevar las posibles dificultades. Ese amor por su tema debe ser similar al amor y gusto que tienen que sentir por su trabajo y su ocupación diaria. Si no lo sienten, cambien de ocupación: busquen aquello que haga que sus ojos brillen de entusiasmo y que ese entusiasmo les haga tolerar los problemas y encontrar la energía para resolverlos. 

Sin embargo, nada de esto será posible sin el amor que tienen que sentir por ustedes mismos: necesitan también creer y confiar en sus habilidades y destrezas, esas que les han tomado varios años aprender con mucho esfuerzo aquí en la Cato.


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