La Balsa y El Charrúa 


¿Qué relación tiene un brutal incidente en un restaurante limeño y una obra maestra del romanticismo? 


Daniel Sacro es un narrador, músico y comunicador argentino radicado en Perú. Autor del libro “Cuarenta cuentos de cuarentena” (Premio Luces 2021). Como músico, ha editado 2 discos de estudio, y suele hacer shows donde mezcla canciones con relatos. También lidera su propia agencia, ASÍ Comunicación.


Todos la vimos, boquiabiertos: una enorme camioneta atravesando las paredes del restaurante El Charrúadestrozando todo a su paso, como una ballena que devora un muelle, con familias y pescadores incluidos.

Después, ávidos de amarillismo, buscamos —y encontramos, siempre encontramos, en esos videos reenviados muchas veces— el momento previo, al energúmeno encarando como una fiera al grupo de amigos, para luego ser sopapeado y expulsado, desencadenando el momento cumbre de su noche de furia.

Una escena muy de estos tiempos.

Pero a mí siempre me gustaron los márgenes, los alrededores del conflicto. Prefiero los actores de reparto a los protagonistas. Por eso me detuve en ese grupo de amigos, los que reciben —y devuelven— la embestida del salvaje, antes de su estocada motorizada. Y recordé La Balsa.

En 1819, el pintor francés Théodore Géricault presentó “La balsa de La Medusa”, óleo inspirado en una tragedia ocurrida pocos años atrás: una barca francesa, después de encallar en un banco de arena frente a las costas de África, dejó a sus 147 tripulantes a la deriva, obligados a ocupar una improvisada balsa. Tras un naufragio de 13 días, signados por el calor sofocante, el hambre y la sed, la violencia y el canibalismo se apoderaron de los desgraciados pasajeros: solo sobrevivieron 15 de ellos.

Más allá de su sórdida inspiración, el cuadro, como toda obra maestra, mejora con el tiempo y ofrece nuevas lecturas. Vemos en él una lúcida postal de las reacciones humanas ante las vicisitudes de la vida. 

Analicemos: en la punta de la balsa, dos hombres enfrentan el horizonte con brazos levantados. Los mismos brazos que en el restaurante levantan el señor calvo y el de rulos, para enfrentar al grandote exasperado y neutralizarlo como pueden: son los estoicos que resisten la tormenta. 

(seg 37)

Volvamos a la balsa y hagamos foco en el sujeto de capa naranja, pasivo, inmóvil, resignado. Igualito al señor de polo negro, quien, en un extremo de la mesa, no atina a mover un solo dedo mientras sus amigos se trenzan a golpes con el chiflado. Corrección: sí mueve un dedo, para registrar la pelea con su iPhone. Ustedes dirán que toma la evidencia, yo pregunto: si están fajando a un amigo, ¿se quedan sentados o se levantan a defenderlo? 

(min1:02)

Observemos en la balsa al hombre de camiseta blanca intentando motivar a sus compañeros, quienes no le prestan demasiada atención. Parece querer ser más de lo que es. No puedo evitar compararlo con el señor de suéter azul, quien, cual cowboy de cantina, levanta una silla, dispuesto a partírsela en la cabeza al grandote. Por suerte, una señora lo disuade de tan patético intento (mujeres, siempre con la lucidez que le falta a los hombres). 

(min1:08)

Pero el señor no se rinde: disuelto su intento, asoma su más bajo instinto y patea al grandulón en el piso. Similar actitud veo en el náufrago convaleciente quien, lacerado por el sol y desesperado por el hambre, mordisquea la nalga de su debilitado compañero. 

Y hablando de canibalismo, ¿no hay en el protagonista del altercado cierta propensión a la antropofagia? ¿No vemos en su camionetazo un intento de comerse al enemigo, tragarlo con carrocería de alta gama, devorarlo como instantes atrás embullía entrañas, vísceras y chinchulines? Y claro, last —and least— están los meseros, los olvidados de siempre, los primeros en morir en el naufragio. Los jamás retratados. Qué duro tener que soportar la prepotencia, la soberbia y el clasismo de quienes viajan en primera. Todos lo sabemos: el que paga manda. Y si la caga, casi nunca termina en cana. Ojalá me equivoque.

La violencia no solo está en barrios marginados, en comunidades desahuciadas, en asentamientos que ya no asienten. Está en cualquier esquina, cualquier red social, cualquier salón de primaria, aeropuerto, empresa, bodega o presidente que lanza misiles, expulsa inmigrantes, golpea jubilados o se duplica el sueldo. Y también la encontramos, faltaba más, en cualquier restaurante de cualquier distrito de clase alta.

Y así pensaba terminar este texto, si se me permite la burda analogía (con arrodillada petición de disculpas a los críticos de arte: supongo está repleta de malentendidos, o, lo que es seguro, interpretaciones muy libres). Pero me detengo un poco más en La Balsa. Mis ojos van hacia la punta, al hombre moreno que agita un gran pedazo de tela, enfrentando la tempestad con valentía y entereza. Investigo un poco más, y descubro que se trataba de un esclavo. Y un último, curioso detalle, me llena de emoción: la bandera que agita es roja y blanca. Felices Fiestas Patrias.


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