¿Qué prevención realista queda para que una ciudad autoconstruida no se desplome en el próximo terremoto?

Claudia Callañaupa es arquitecta y creadora de contenido, especializada en temas de representación arquitectónica, urbanismo e historia de la arquitectura en el contexto peruano. A través de plataformas como TikTok e Instagram, explica de forma accesible temas técnicos, sociales y culturales vinculados al entorno construido. Ella combina experiencia profesional con una mirada crítica y creativa para generar conciencia sobre cómo habitar y transformar nuestras ciudades.
Aunque no suelo ponerme nerviosa durante un sismo, mi propia casa se ha convertido en una zona de riesgo cada vez que la tierra empieza a temblar. Sé que es una sensación compartida por más de diez millones de limeños: en la capital peruana, el 70 % de las viviendas han sido construidas sin una supervisión profesional, planos técnicos, y al margen de la normativa sismorresistente. Se edifica como si ignoráramos el prolongado silencio sísmico desde el último terremoto que sacudió Lima en 1974, y sin la urgencia para reflexionar sobre el peligro inminente que representa la autoconstrucción masiva. ¿Estamos realmente preparados para lo que viene?
En nuestro país, la informalidad en la construcción nace de la falta de políticas públicas eficaces que garanticen el acceso a viviendas dignas y seguras. Este problema empeora en una Lima marcada por el crecimiento desordenado, donde miles de familias, forzadas por la precariedad y la necesidad, han optado por autoconstruir sus hogares sin asesoría técnica ni cumplimiento de normas básicas de seguridad. Lo que comenzó como una solución desesperada se ha convertido en una práctica común: buscar atajos para evitar trámites municipales, prescindir de arquitectos o ingenieros y sacrificar estándares mínimos de calidad. Así, millones de limeños están en riesgo constante frente a un terremoto, con el potencial de causar pérdidas humanas y económicas devastadoras. Si no hay una intervención urgente, la autoconstrucción seguirá siendo una bomba de tiempo.
Construir una vivienda segura requiere la participación de profesionales especializados, capaces de garantizar un diseño adaptado a las necesidades del usuario y conforme a normativas sismorresistentes. Pero esta exigencia choca con la dura realidad: la mayoría de las familias en las periferias de Lima no cuenta con recursos para acceder a estos servicios, perpetuando la vulnerabilidad de sus viviendas.
Entonces me pregunto: ¿tenemos claro como sociedad qué significa una vivienda digna? Y más importante aún: ¿hay alguna solución realista para reducir el impacto de un futuro sismo?
Una respuesta clave está en la capacitación técnica de obreros y albañiles en métodos de construcción sismorresistente. Mientras persista la ausencia del Estado, esta puede ser la única herramienta para reducir el riesgo asociado a la autoconstrucción. Enseñar el uso correcto de materiales, respetar normas técnicas y aplicar buenas prácticas implica una mejora significativa en la seguridad. Tras el devastador terremoto de Huaraz en 1970, el cual se cobró la vida de casi 70 mil personas, la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) capacitó a comunidades rurales en técnicas mejoradas de adobe, logrando viviendas más resistentes. Iniciativas como la ONG Hombro a Hombro han preparado comunidades para desastres, incluyendo la formación de constructores populares para identificar riesgos y aplicar soluciones más seguras.
Como arquitecta y divulgadora, hay un caso que siempre me gusta destacar, pues resume la colaboración ideal entre Estado, ciudadanía y profesionales: el conjunto habitacional La Muralla. Ubicado en el Centro de Lima e impulsado en 2003 para recuperar una zona en abandono, integró viviendas, espacios públicos y comercios bajo el liderazgo de la arquitecta Flor de María Valladolid. El proyecto contó con apoyo técnico de la Universidad Ricardo Palma y de las Naciones Unidas, y la población participó activamente recibiendo capacitación en albañilería y carpintería. Así, las familias no solo construyeron sus viviendas, redujeron costos y recibieron conocimiento, sino que fortalecieron el sentido de pertenencia y el cuidado del entorno: exactamente el cambio de mentalidad que debemos impulsar.
Es así, como, en medio de una sociedad que sólo reacciona brevemente con cada temblor, me permito sentir una pizca de esperanza: la educación y la capacitación como motores de transformación colectiva. Necesitamos transformar la mirada del ciudadano hacia su vivienda: dejar de verla como una zona de peligro y empezar a reconocerla como un verdadero refugio. Porque la prevención, hoy, puede salvar miles de vidas mañana.
Mientras tanto, como declaró un ingeniero poco después del reciente sismo de magnitud 6.1 en Lima —medio en broma, medio en serio—, si me preguntan qué podríamos hacer ante un inminente terremoto, la respuesta, por ahora, es simple: rezar. No nos quedemos en eso: reconstruir el país antes de que ocurra una tragedia será lo que realmente pueda salvarnos.
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Que interesante
Lima es una bomba de tiempo pero tienes razón al decir que la educación es un buen medio para tratar de mitigar los daños que genere este gran sismo. Excelente!
Es una seria realidad, concuerdo con la propuesta de capacitar a quienes actualmente se encargan de esas construcciones para que a partir de ahora se cumplan con las exigencias que requieren esas estructuras. Como bien se indica, para las constructiva existentes solo nos queda rezar! Buen artículo, deben leerlo muchos!!