¿Hasta cuándo vas a tocar?


Veinte años en la música pueden sentirse como una condena


A veces escuchas decir a algunos escritores que, de no haberse dedicado a escribir, les hubiese gustado hacer música. Como si, tal vez un poco aburridos del acto solitario de sentarse frente a la computadora o el papel, fantasearan con el desorden colectivo de una banda. O como si el consumo casi anónimo de sus lectores, la emoción medida de una presentación o firma de libros, el feedback a cuentagotas, encontrara un reverso deseado y efervescente en los bailes, los saltos y los pogos de un público que, de forma inmediata, te deja saber que aquello que haces le gusta.

Escribir y publicar conllevan una quietud casi desesperante. Leer es demasiado silencioso.  Inevitable soñar con más ruido.

Pero a ti te pasó al revés. Armaste una banda antes de siquiera aprender a tocar un instrumento. Atravesaste el colegio rasgando tu guitarra desafinada en asambleas y kermesses. Organizaste conciertos. Conociste la ciudad. Te embarcaste en giras precarias con tu padre o tu abuelo en el asiento del costado, en buses interprovinciales que amenazaban con matarte. Te juntaste con quienes también lo intentaban y junto a ellos conformaste poco a poco una pequeña escena. Todos los fines de semana, cargabas tu estuche al hombro mientras en el fondo soñabas con ser algún día escritor.

Parecía bastante lógico. Tener bandas funcionaba por inercia. Bastaba con ensayar una vez a la semana. Traer acordes y algunas letras que nadie nunca cuestionaría. Conseguir el siguiente concierto. Llegar al escenario. No equivocarte. Casi sin darte cuenta, el repertorio se ensanchaba y a cada tanto llegaba el día de aterrizar las canciones y grabarlas. Cuando cumpliste los veintiséis, con muy poco esfuerzo, ya habías producido una discografía. Todo muy natural. Nada de qué enorgullecerte demasiado. Lo mismo habían hecho tantos chicos como tú: comenzar a tocar apenas pisaron la secundaria y no detenerse.

Escribir un libro era lo contrario. Se necesitaba una voluntad consciente. Las páginas no se acumulaban así tan fácil. Tus habilidades para inventar una canción en un par de ensayos no servían de mucho frente al documento en blanco. Y además el miedo era mayor. Para bien y para mal, las letras de tu banda a casi nadie le importaban. Lo que escribieras en tu libro, en cambio, sin duda sería destrozado. Más valía que te lo pensaras muy bien antes de colocar la primera palabra.

Después, lo que siempre había sido simple se hizo imposible. La vida comenzó a expulsarte de aquel mundo que habías construido. Agendar un ensayo tomaba días. La mitad de las veces, se cancelaba horas antes. Las tocadas del fin de semana interrumpían planes mejores. Tus hombros pedían no cargar más una guitarra toda la noche. Diez, quince, veinte años tocando produjo un hartazgo que preferiste no contarle a nadie, pero la sensación era mucho más compartida de lo que pensabas. Los entusiastas que te seguían se habían hecho viejos y cada vez más escasos. Las bandas amigas que te gustaban desaparecieron. Sus integrantes migraron. Otros simplemente se olvidaron de los conciertos.

Entonces te toca preguntarte: ¿hasta cuándo?

Contrastas los sueños que tenías cuando armaste tu primera banda con aquello que lograste con la última. Haces los cálculos. A pesar de que hubo veces en que te pagaron, tocar fue sobre todo una inversión. Coqueteas con la idea de vender tus instrumentos y tus equipos, llegar menos ajustado a fin de mes. Piensas en el tiempo libre que ganarías si se acabaran los ensayos. Los viernes y sábados tranquilo en casa. Sin resaca los domingos.

Imaginas ese futuro y de inmediato aparece la pena. Los amigos que seguramente no verás más si es que abandonas la escena. La familia que perderás si dejas la banda. Aquellos gatos que todavía cantan tus letras, robándote el micro, tropezando con tus pedales. El ruido. El sudor sin pudor. Las chelas gratis. Las canciones que se hicieron solas. La sintonía. El abrazo constante. La certeza de ser parte de algo. No existirá más.

Balanceas tu peso encima de la idea. Te tomas un descanso. Extrañas, regresas. Un par de conciertos te animan, pero no pasa demasiado tiempo antes de que compruebes que la falla sigue vigente. Vuelves a suspenderte sobre la amenaza de decirle adiós a la música para siempre. La fantasía de algunos no es para ti nada más que una costumbre. El matrimonio que, a pesar de los buenos momentos, ha llegado a su fin. Y recién entonces, solamente porque acabas de perder aquello que más te hacía feliz, te pones a escribir.


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4 comentarios

  1. Luis

    Todo un viaje desde la guitarra de madera simple, que con mucho cariño llegó a tus manos de casi adolescente.
    Describes una época en que buscabas posiblemente emular tantos conjuntos o bandas que iluminaban las pantallas televisivas o retumbaban en las radios. Largos años, que luego se mezclaron con tu avidez de lectura y escritura que con tanta nostalgia ahora la describes esta semana.

    • Giacomo Roncagliolo

      Una época en la que participaste. En nuestro legendario viaje a Lambayeque xddd

  2. Parricia

    Cada vez mejor Giacomo, duele leerte, por lo bello.
    Patty

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