La elección del papa relegó el reciente informe del INEI y los siguientes desafíos vitales

Eliana Rubiano-Matulevich es economista sénior del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, con sede en Perú. Ha liderado estudios sobre pobreza, desigualdad, migración forzada y género, y anteriormente trabajó en el BID, Fedesarrollo y el Banco de la República de Colombia. Es doctora por la Universidad de Maastricht y tiene maestrías en Economía (Universidad Javeriana) y Administración Pública (Universidad de Columbia).

Hugo Ñopo Tiene formación en Economía, Ingeniería y Matemáticas. Funcionario y consultor en multilaterales (OIT, BID, Banco Mundial, PNUD, OECD, Unesco) y profesor en universidades del Perú y Estados Unidos. Sus investigaciones, publicadas en libros y revistas especializadas, cubren una amplitud de temas, incluyendo el fútbol.
Hace algunos días, mientras el Perú vivía un momento de júbilo histórico por el nombramiento de un obispo con fuertes lazos con el país como el nuevo Sumo Pontífice, el INEI compartía, casi en segundo plano, un informe fundamental: las cifras de pobreza monetaria de 2024. Si bien hay aspectos por celebrar, el informe nos recuerda los retos pendientes para avanzar en el bienestar de la población y también las realidades socioeconómicas que siguen definiendo el día a día de millones de peruanos.
Este año, la parte más importante de la noticia sobre la pobreza tiene dos caras. Por el lado positivo, la pobreza monetaria total ha descendido a 27.6 %, con una diferencia de 1.4 puntos porcentuales respecto de 2023. Por el otro, esta pobreza se encuentra aun 7.4 puntos porcentuales por encima del nivel que teníamos en 2019, antes de la pandemia.

¿Qué significa que la pobreza monetaria alcance 27.6 % este año? Mucho más que una estadística: representa a más de 9 millones de personas en el territorio nacional cuyo consumo promedio en el hogar no supera los 454 soles mensuales por persona, una cifra que apenas alcanza para cubrir las necesidades básicas de alimentación, vivienda y servicios. La situación es aún más crítica para el 5.5 % que vive en pobreza extrema, con un consumo promedio inferior a 256 soles mensuales, en un contexto donde el costo de la canasta básica no deja de aumentar. Con este indicador observamos una mejora con respecto a 2023, pero sin lograr aún la recuperación a niveles prepandemia.

Estos resultados nacionales muestran diferencias muy importantes dentro del país. Lo primero a notar es que la falta de recuperación con respecto a la pandemia es urbana. En zonas rurales, la tasa de pobreza monetaria en 2024 ya se encuentra 1.5 puntos porcentuales por debajo de la que teníamos en 2019. Este año, dentro del Perú urbano también hay diferencias importantes: en Lima Metropolitana la caída en la pobreza es casi nula, mientras que en el resto de las ciudades, tanto en la costa, como en la sierra y en la selva, la pobreza ha caído entre 2.2 y 2.6 puntos porcentuales. Las ciudades intermedias están marcando una mejor recuperación económica y reducción de la pobreza en la postpandemia.
Pese a las noticias positivas sobre el Perú rural (caídas de 0.5 y 1.5 puntos porcentuales con respecto a 2023 y 2019, respectivamente) es vital no perder de vista que aún hay retos sustanciales. La tasa de pobreza en las zonas rurales del país alcanza el 39.3 %. Estamos ante un posible efecto combinado de migración rural–urbana y transformaciones en la estructura productiva rural. La dinámica migratoria podría estar influyendo en los patrones de pobreza urbana y rural, aunque se requieren estudios más específicos para confirmar esta relación.
Con esto, es importante resaltar también que el número de personas en hogares pobres es mayoritariamente urbano. Mas de dos tercios de los pobres del país viven en ciudades. Esto contrasta con el dato que teníamos para el 2015, cuando el número de pobres urbanos era igual al de los pobres rurales. La pandemia tuvo un efecto muy marcado en el número de pobres urbanos, pues se pasó de casi 4 millones de personas a casi 7 millones.
El mapa regional de la pobreza sigue revelando un país muy fragmentado. Por un lado, Ica es la región con la tasa de pobreza más baja del país (6 %); por el otro, Cajamarca sigue siendo la preocupante región más pobre del país (45 %). En este año, Ayacucho, Huancavelica y Junín han sido las regiones más exitosas en reducción de la pobreza. Cada una de ellas redujo su pobreza en alrededor de 6 puntos.
Sin embargo, más allá de la pobreza, hay un dato complementario que no debemos perder de vista: la vulnerabilidad. Este año, el 31.8 % de peruanos se encuentra en vulnerabilidad monetaria. Se trata de personas que viven en hogares con un consumo per cápita de entre 454 y 740 soles mensuales. Aunque no son técnicamente pobres, están en constante riesgo de caer en la pobreza ante cualquier situación adversa, ya sea un ciclo económico negativo, la pérdida de empleo o una emergencia de salud. En el agregado, esto significa que seis de cada diez peruanos viven en pobreza o vulnerabilidad.
Por otro lado, el perfil de la población en pobreza revela determinantes estructurales persistentes:
- La incidencia es significativamente mayor en niños y adolescentes (36.6 %) que en adultos (24.6%) y adultos mayores (22.1%).
- El analfabetismo afecta al 12 % de pobres extremos versus apenas 2.4 % en no vulnerables.
- La informalidad laboral alcanza el 97.6 % en pobres extremos, frente al ya elevado 74.1 % nacional.
- Como actividades económicas, la agricultura, la pesca y la minería predominan en la población pobre, mientras los servicios son aactividades principales en los no vulnerables.
La pobreza en el Perú no es solo insuficiencia de ingresos, sino un complejo entramado de exclusiones que se refuerzan mutuamente. En el ámbito laboral, además de la alta informalidad, se observa baja productividad, condiciones precarias de empleo e ingresos insuficientes que limitan las posibilidades de movilidad social. Las brechas en acceso a servicios esenciales son reveladoras:
- Inclusión financiera: solo el 3.3 % de pobres extremos mayores a 18 años accede a préstamos en el sistema financiero formal, frente al 11.3v% nacional.
- Agua segura todo el tiempo: apenas el 12.2 % de pobres extremos cuenta con este servicio básico, frente al 23.7% nacional.
- Acceso a oportunidades laborales: las barreras incluyen limitaciones de transporte, redes sociales restringidas y falta de capacitación relevante para el mercado.
Estas diferencias representan mecanismos concretos que perpetúan círculos viciosos de pobreza y limitan la movilidad social ascendente.
Dicho esto, el camino hacia la reducción de la pobreza pasa, inevitablemente, por el mercado laboral. Cuando 7.5 de cada 10 soles que recibe una familia pobre provienen del trabajo, es evidente que los empleos de calidad son un pilar fundamental. Esto no implica restarle importancia a los programas asistenciales, que cumplen un rol crucial como red de protección y apoyo inmediato, sino complementar estas iniciativas con una visión de largo plazo.
Así, una estrategia efectiva de reducción de pobreza requiere un esfuerzo coordinado en tres dimensiones: (i) empresas capaces de generar más puestos formales, (ii) un Estado que estimule la inversión, promueva aumentos en productividad y genere condiciones favorables para el crecimiento económico, y (iii) sistemas efectivos de capacitación que conecten a los jóvenes con las oportunidades laborales del futuro. Se trata de construir un enfoque integral donde tanto el apoyo directo como las oportunidades económicas contribuyan al bienestar sostenible de todos los peruanos.
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