La mentira del ciclo


(O la abominable injusticia del “amor al arte”)


Después de varios meses avanzando con la liquidación de sus libros, la librería de la manzana vecina cierra finalmente sus puertas. La escena le rompe el corazón a cualquiera. El dueño —un señor bastante mayor— y tres hombres jóvenes cargan cajas desde el interior hasta la tolva de una camioneta que han traído para recoger lo que ya nadie quiso comprar. Cuando acaban, el muchacho que se le parece más —probablemente su hijo— lo abraza fuerte, como diciéndole que se tienen el uno al otro, se quieren, la vida sigue, cuánto orgullo por todos los años que la librería funcionó.

Los observo con las manos metidas en la última pila de remate. Encuentro La hora violeta, de Montserrat Roig, a un euro, le doy la moneda al señor y después camino a casa sintiéndome un miserable.

Algunos días más tarde, en mi visita a una librería que acaba de abrir, me entero de que los amigos detrás de esta aventura antes han decidido vender la editorial que fundaron hace diez años. Por cómo lo cuentan, percibo cansancio, un poco de tristeza, también mucho alivio. Les hubiera gustado que funcionara, pero al menos todavía tienen tiempo para comenzar frescos con algo nuevo y ojalá más rentable.

Terminaron su ciclo con la editorial. Inician de cero con la librería.

¿Y de aquí a diez años? Mejor no hablemos de eso.

Durante más de la mitad de mi vida, fui miembro activo de la escena de música independiente en Lima, armando bandas, abandonándolas, reviviéndolas, contemplándolas morir. Un día nos dimos cuenta: ninguna lograba pasar la frontera de los diez años. Alucinábamos: quizás aquella que lo consiguiera podría al fin alcanzar un éxito tangible, vivir de tocar, quién sabe. Pocos pudieron comprobar tal hipótesis.

Muchas razones existen para darle fin a un proyecto cultural o artístico: una librería, una editorial, una banda. A veces, solemos decir que cumplió su ciclo, como si se tratara de una parábola natural. Como si nadie estuviese interesado en que tales aventuras les duren más de una década. Hay cierta sospecha de inmadurez que flota sobre ellas, justamente la idea de ciclo: mientras te lo puedas permitir, mientras conserves tu ímpetu adolescente, hazlo. Pero nunca abandones tu plan B. Tenlo muy listo. En diez años, lo necesitarás.

Pero el ciclo que se les suele encajar a estas iniciativas no es otra cosa que el tiempo que una persona puede aguantar sin que se le pague (o sin que se le pague lo suficiente).

En el caso de las bandas, por ejemplo, muchos se dijeron a sí mismos (y a los demás) que ya estaban muy viejos para seguir tocando o que el cuerpo ya no les daba o que sencillamente ya no les alcanzaba el tiempo para los ensayos y las tocadas. Me pregunto cuántas de aquellas explicaciones se hubiesen diluido si frente a ellos aparecía el monto necesario.

Cuando una banda que yo tenía y que había muerto regresó a tocar en 2023 bajo condiciones económicas distintas a las de su primera etapa (en otras palabras, ahora cobrábamos relativamente bien), un amigo me preguntó si acaso la plata no mataba el filin. Comprendí su pregunta, pero también me pareció sumamente injusto el entendimiento que había debajo. Quienes participábamos de las industrias culturales estábamos condenados a nunca generar dinero; de lo contrario, el filin se ponía en juego. Antes que subvertir las estructuras, antes que ganarle la partida al sistema, antes que redireccionar fondos, antes que aumentar medianamente el precio de las entradas para poder pagarnos un sueldo simbólico, había que resignarse a realizar todos los esfuerzos por amor al arte, la vieja confiable del usurero. Algo así como: ¿amas lo que haces? Muy bien. Hazlo gratis.

Estoy seguro de que el señor que cerró su librería la semana pasada la amaba. Igual los amigos que decidieron vender su editorial. Lejos de matar el filin, la rentabilidad de sus proyectos les hubiera permitido seguir haciendo lo que amaban, seguir participando de ese amor al arte, incluso dedicarse de lleno, sin tener que entregar horas a un segundo, a un tercer trabajo, sin tener que preparar un plan B, alistarlo para cuando la aventura adolescente cumpla su ciclo.

Qué lindo sería que no exista el dinero. Pero existe. Se necesita. Y tanto quienes desprecian la cultura como quienes la miran embobados a través de un prisma de ingenua e ilusoria pureza parecen estar de acuerdo en lo mismo: quien quiera trabajar en ella que no cobre. Como si el arte y la cultura no se apoyaran en las estructuras económicas que conocemos. Como si no las alimentaran.

Los proyectos no cumplen su ciclo. Mueren porque la gente tiene que comer.


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1 comentario

  1. César Roncagliolo Ceruti

    Vivir del arte cuando tienes que comer o mantener a tu familia, algunas veces son postergaciones de años, para cuando tienes cierta condiciones económicas más o menos estables o la familia ya crecio y abandono el nido familiar.

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