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Un estudio nos muestra ángulos buenos y otros preocupantes sobre los peruanos


Hay una pregunta que los politólogos y economistas solemos esquivar porque incomoda: ¿hasta qué punto lo que ocurre en la política peruana es solo un problema de instituciones, y hasta qué punto es también un problema de nosotros mismos? La Encuesta Mundial de Valores, cuyos más recientes resultados acaban de publicarse con datos recogidos entre agosto y octubre de 2025, ofrece un espejo incómodo. Y vale la pena mirarse en él.

El estudio, elaborado por investigadores de la Escuela de Gobierno de la PUCP con una muestra de 1.600 personas representativa a nivel nacional, lleva casi tres décadas rastreando los valores, creencias y actitudes de los peruanos. El resultado de esta nueva entrega es un retrato que podríamos resumir así: somos una sociedad que se siente bien en lo íntimo y muy mal en lo colectivo.

Empecemos por lo que nos consuela. Los niveles de felicidad declarada han mejorado de manera sostenida: el 45 % de los peruanos dice sentirse muy feliz en 2025, frente al 28 % de 1996. La satisfacción promedio con la vida llega a 7.86 sobre 10. La familia sigue siendo el pilar de casi todos (99 %), y la satisfacción con el trabajo es más alta que con la situación económica del hogar. En privado el peruano está, relativamente, bien.

Pero en cuanto salimos de la puerta de la casa, el panorama cambia por completo. El 93 % cree que hay que tener cuidado al tratar con los demás. Solo el 6 % confía en la mayoría de las personas. El 79 % no tiene ninguna confianza en la presidencia. El Congreso, los partidos políticos y los funcionarios públicos acumulan niveles críticos de descrédito. Esta no es una novedad, pero su intensidad sí lo es.

Lo que me parece más significativo —y más perturbador— no es la desconfianza en sí, sino lo que empieza a crecer en ese vacío. El respaldo a un líder fuerte que pueda ignorar al Congreso ya es mayoritario. La valoración del gobierno militar como una opción «buena» pasó del 11 % en 1996 al 40 % en 2025. Casi nueve de cada diez peruanos creen que los políticos están desconectados de la gente común. Y la proporción de quienes consideran que la violencia política puede justificarse en algunos casos aumentó significativamente entre 2018 y 2025.

No es que los peruanos hayan dejado de creer en la democracia en abstracto: sigue siendo valorada como el mejor sistema disponible. Pero esa valoración coexiste con una creciente disposición a sacrificar sus contrapesos en nombre del orden y la eficacia. Es la diferencia entre querer un buen gobierno y estar dispuesto a sostener uno que se comporte bien.

Pero también hay datos que merecen celebrarse. El rechazo a la superioridad masculina en el liderazgo político y empresarial es amplio y sostenido. La preocupación por el medio ambiente supera a la prioridad del crecimiento económico por 24 puntos porcentuales. Y el rechazo a los vecinos homosexuales bajó del 54 % al 30 % en tres décadas, lo que habla de una transformación cultural real.

Sin embargo, conviven con señales preocupantes en dirección contraria: el rechazo hacia inmigrantes y personas de otras religiones se triplicó o cuadruplicó en el mismo período. La participación en organizaciones políticas es mínima. Más de la mitad dice que nunca participaría en una manifestación pacífica.

El documento de la PUCP concluye que no estamos ante una sociedad polarizada, sino tensionada. Bienestar privado, malestar público. Apego declarativo a la democracia, pero apertura creciente hacia la autoridad. Identidad nacional fuerte, vínculos sociales debilitados. Lo que emerge no es un pueblo que rechaza la convivencia democrática, sino uno que ha dejado de creer que ella sea posible con las personas e instituciones que tiene delante.

Eso, al final, es el verdadero desafío de reconstrucción. No solo diseñar mejores instituciones, sino recuperar la confianza suficiente para creer que funcionarán.


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1 comentario

  1. Maria Antonieta Berdejo

    Interesantes resultados. Muy interesante también sería ver el cuestionario. Una percepción personal es que uno de nuestros problemas fundamentales como sociedad es nuestra falta de consideración con el otro, rasgo que en una sociedad avanzada está totalmente interiorizado. Muchas veces no es intencional, simplemente no está en nuestro radar. Y en una sociedad tan heterogénea como la nuestra esta característica resulta fundamental para una sana convivencia.

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