La inútil utilidad del salón


¿En qué se parecen las salas de nuestras casas a nuestros perfiles de Facebook?


Pablo Rosselló estudió Filosofía y Sociología.  Trabaja desde hace 18 años para el British Council, con el que ha liderado proyectos de cultura y desarrollo en más de 100 países. Ha vivido y trabajado en Londres, Kiev y Buenos Aires. Vive en Londres.


De repente es algo que todos saben y yo recién caigo: los salones —salas en Perú, livings en Argentina, salas de estar en varios otros países— no son apetecibles, son una pérdida total de espacio. Aparentan mucha sociabilidad, se decoran y se piensan con esa función en mente, pero, tarde o temprano, los invitados terminan en la mesa de comer, en la cocina, en el chiringuito de la esquina. 

Me puse a pensar en esto el mes pasado, cuando pasé a beber un aperitivo en el piso nuevo de una amiga. Ella es decoradora y es exitosa y, claro, quería que pasase a ver su última renovación, su nuevo salón, que es una maravilla de espacio: tapices hermosos, sillones de diseño, arte por las paredes. A los quince minutos, sin embargo, ya estábamos sentados alrededor de la mesa del comedor (y esto no era una invitación a cenar), conversando y bebiendo, nuestras espaldas firmes contra las sillas, disfrutando el salón… pero de lejos. 

Pensé en ese momento: es como alguien guapo que, en un bar, te hace guiños y te sonríe, pero al acercarse uno, la química desaparece, quizás porque todo lo que quería esa persona era ser admirada de lejos. 

Un espacio histérico: apetecible por fuera, siberiano una vez que se cruza el umbral.

Rumié unos días sobre el tema, y encontré innumerables ocasiones similares en mis experiencias. Es decir, no era un fallo en el trabajo de mi amiga: había algo intrínseco en este espacio que producía el efecto contrario de lo que asumía —de lo que asumimos, vamos— debería producir.

“¡Ni se te ocurra sentarte en la sala!”, advertía con regularidad mi madre cuando yo era niño. Y sí, era niño y podía ser descuidado y romper el florero de cristal. Pero la prohibición parecía aplicarse a toda la familia: a no ser que hubiese visita, siempre terminábamos hacinados en la salita de televisión de al lado, un tugurio inmundo en comparación con el espacio inmenso que teníamos al costado. Un absurdo: la sala era cuatro veces más grande; los sillones, más cómodos; la luz, infinitamente mejor.

Por supuesto que hay salones y salones: muchos de nosotros no tenemos espacios suntuosos ni amplios en casa. Pensando en esta diferencia, se me ocurre que el salón moderno occidental es hijo de varios padres (o madres): uno pobre y plebeyo, del que el pub británico (cubierto de alfombras y sofás) y la taberna, serían sus herederos. El otro, aristocrático, feudal, cortesano: de mosaicos, tapices y heráldica decorando las paredes. Villas romanas, chimeneas medievales enormes, palacios barrocos. El salón burgués sería el heredero de este último: una de las tantas apropiaciones de la nueva clase industrial que, careciendo de nobleza, tuvo que incorporar, inconscientemente, elementos aristocráticos a su identidad (como la afición a la ópera, según Broyles) para justificar su estatus, su poderío socioeconómico; para darle una cierta excepcionalidad a la nueva clase social y que encubriese las crecientes diferencias sociales, las bases materiales de explotación que pululaban por lo bajo de su riqueza. 

Dependiendo de cuál de los tipos de salón hablemos, aparecerán discursos distintos. Del salón plebeyo tipo surgen consideraciones que lo rescatan como espacio productor de la sociabilidad y el bienestar individual: pienso en Ruskin (para quien la sala es el núcleo de la casa, templo donde se forja la moral individual), o en Loos, el arquitecto vienés que buscaba erradicar la ornamentación excesiva de los espacios interiores para fomentar un pensar claro, moderno. 

Si se piensa en el otro tipo de salón (que es el que a mí me interesa aquí), sin embargo, el componente ideológico cobra importancia, y —siguiendo a Lefebvre, teórico del espacio (o a Bourdieu, hasta cierto punto)— el salón se presenta como un producto social, un espacio abstracto que carece de uso real. Es decir, bajo su aparente neutralidad material aparece una contraparte simbólica, enraizada en relaciones de poder y de estatus. Esa inutilidad práctica es compensada, no obstante, por otro tipo de valor, convirtiéndolo en un espacio de significado particular, que nada tiene que ver con el uso del sillón, la comodidad de la otomana, el beneficio del blanco en las paredes para la paz psíquica

Viéndolo así, Facebook sería una especie de salón digital: un espacio de presentación de la identidad propia al afuera, pero donde opera una curaduría, una selección de lo que creemos mejor de nosotros. Es decir, la idealización de la propia vida. El perfil de Facebook y el salón comparten ese carácter doble que reviste todo umbral entre lo privado y lo público, donde lo “mejor” se muestra; lo otro se esconde. Y es quizás por eso que la sala no es un espacio acogedor: inmantado por lo ideal, entrar en él, usarlo, es contaminarlo de lo real. Es un showroom de la familia, del individuo, o sea que saca tus patas de la alfombra y retrocede unos pasos para admirarlo como se merece.

El salón es un espacio sagrado porque representa una visión idealizada que la familia —o el individuo— tienen de sí. Por su carga simbólica, se trata de un espacio totalmente inútil, porque está diseñado no para ser usado sino mostrado.    

¿Divagación pequeñoburguesa y frívola? Puede ser, aunque el mercado de muebles para sala de estar supera los 0.2b USD (similar al del fitness y los gimnasios), y crece a un ritmo del 4 % cada año. El 84 % de muebles para casa que se producen van a parar a los salones: eso es mucho material, mucho talento puesto a la disposición de un espacio abstracto (por usar el término de Lefebvre). Hay algo muy real en este espacio: es una industria, una profesión, un sector con ferias y premios y revistas, además del enorme consumo de material natural que conlleva (madera, sobre todo). 

Aún siendo inalcanzable para muchos (incluido yo), les apuesto todo el dinero del mundo que, de ganarse la lotería, dejarían el piso donde viven y se mudarían a una casa donde el arquitecto dedicaría al menos un 20 % del espacio —un espacio central, con las mejores vistas— para el bendito salón. Es decir, replicarían esta especie de pulsión freudiana inexplicable por el salón. Y yo iría a visitarlos, y admiraríamos su suntuosidad, su buen gusto, sus fotos familiares, sus chucherías de viaje —todo, desde la salita de televisión o desde una mesa lejana—, mientras seguimos nuestra conversación, con ese yo ideal espacializado reposando, vacío e inservible, a oscuras. 


Bibliografía consultada

BROYLES, Michael               “Bourgeois Appropriation of Music: Challenging Ethnicity, 

Class and Gender”. En: Beckert, Sven y Julia B. Rosenbaum (eds.), The American Bourgeoisie: Distinction and Identity in the XIX Century. Londres: Palgrave, 2010, pp.233-46.

BOURDIEU, Pierre                Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste.

Londres: Routledge, 2002 (1979).

LEFEBVRE, Henri                 La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing, 2013 

(1974).

LOOS, Adolf                          Ornament and Crime. Londres: Penguin, 2019 (1908).

RUSKIN, John                       Sesame and Lillies. New Haven: Yale UP, 2002 (1865).
VVAA                                      Mercado de muebles para sala de estar (2026-35). GMI 15495. Enero 2026. En: https://www.gminsights.com/es/industry-reports/furniture-and-furnishings/84 (marzo 2026)


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