En el Mes de la Mujer, una invitación a leer a Yasnaya Aguilar y Elisa Loncon
¿Cuándo fue la última vez que leímos a pensadoras indígenas? No como objeto de estudio, no como nota al pie, sino como autoras que producen conocimiento, que interpretan el mundo y que nos interpelan desde sus propias lenguas. La pregunta no es menor. En un contexto en el que estas voces siguen siendo marginales en los circuitos editoriales y académicos, volver a ellas no es solo un gesto de lectura, sino también de reconocimiento.
El próximo semestre dictaré un curso sobre narrativas indígenas en América Latina y, al revisar algunos libros, quiero detenerme en dos de ellos: Ää: manifiestos sobre la diversidad lingüística (2020), de Yasnaya E. Aguilar, y Azmapu (2023), de Elisa Loncon. No solo hablan sobre lenguas: nos enseñan a pensar desde ellas. Comparto esta lectura también por una razón más amplia: si ya en el Perú es difícil acceder y hacer circular la producción intelectual que se genera fuera de Lima, lo es aún más cuando se trata de literatura latinoamericana escrita desde y sobre pueblos indígenas.
Ambos textos comparten algo poco común en la escritura académica sobre el lenguaje. Sus autoras, formadas en lingüística, no renuncian al rigor, pero tampoco se encierran en él. Por el contrario, construyen una escritura que dialoga con la memoria, la oralidad y el conocimiento ancestral. Así, conceptos complejos sobre diversidad lingüística o política del lenguaje aparecen entrelazados con anécdotas familiares y recuerdos de sus comunidades: el pueblo mixe en México y el pueblo mapuche en Chile.
Durante mucho tiempo, el conocimiento legítimo ha sido asociado a ciertos formatos: artículos especializados, terminología técnica, distancia emocional. Aguilar y Loncon rompen con esa expectativa no porque abandonen la especialización, sino porque la habitan de otra manera. Escriben como lingüistas, sí, pero también como hablantes, como herederas de tradiciones, como sujetas situadas en una historia colectiva.
En Ää, Yasnaya Aguilar logra algo particularmente potente: explicar la diversidad lingüística sin convertirla en un problema. Una escena lo resume con claridad. De niña, se quejaba de no entender otra variante mixe de una región vecina. Su abuela le respondió que tampoco la entenderían a ella y añadió una explicación tan simple como profunda: cada pueblo tiene su propio campanario, y el sonido de su campana influye en cómo se habla.
La imagen desplaza la discusión. No se trata de corregir ni de jerarquizar variedades, sino de entender que cada una responde a un contexto social e histórico particular. Esa lección resuena más allá del mundo mixe.
En el Perú y en Sudamérica seguimos preguntándonos cuál es “el mejor” quechua. La respuesta, aunque incómoda, es sencilla: no hay uno mejor que otro. Existen múltiples variedades de quechua y kichwa, cada una con su historia y su legitimidad. Sin embargo, esa diversidad suele leerse como fragmentación, en lugar de como riqueza. Y esto también se extiende a los quechuahablantes que hablan español, muchas veces discriminados por su acento.
Ahí radica la fuerza pedagógica de Aguilar. No impone respuestas: transforma las preguntas. Nos invita a dejar de pensar en términos de corrección y a pensar en términos de relación: entre territorios, entre comunidades, entre formas de vida.
Por su parte, Azmapu, de Elisa Loncon, nos introduce en el universo del mapudungun y del pensamiento mapuche. El término remite a un conjunto de normas y saberes que organizan la vida en relación con el territorio. No es solo una palabra, sino una forma de entender el mundo. He tenido la oportunidad de conocer a Loncon desde hace algunos años y, en el trato personal, su claridad intelectual se acompaña de una notable humildad y generosidad, rasgos que suelen llevar a quienes encarnan el conocimiento que comparten.
Loncon articula lengua, cultura y política. Su libro no es solo una introducción al mapudungun, sino una reflexión sobre el lugar de los pueblos indígenas en la sociedad contemporánea. En ese recorrido destaca el rol de las mujeres como transmisoras de conocimiento y guardianas de la lengua.
Este énfasis resulta clave en un contexto en el que las voces indígenas siguen siendo cuestionadas, incluso cuando provienen de trayectorias académicas excepcionales. Loncon, por ejemplo, cuenta con dos doctorados y fue presidenta de la Convención Constitucional chilena. Sin embargo, incluso con esas credenciales, su voz, como la de muchas otras personas indígenas, continúa siendo puesta en duda.
Tanto Aguilar como Loncon nos ofrecen algo más que libros. Nos proponen otra forma de relacionarnos con el conocimiento: una en la que la especialización no está reñida con la accesibilidad y en la que la escritura puede ser rigurosa y cercana a la vez. Son textos que, sin renunciar a la complejidad, se abren a un público amplio y que, además, nos invitan a pensar con mayor creatividad y sensibilidad.
También nos invitan a repensar la relación entre lengua y mundo. En ambas obras aparece una conexión entre las lenguas indígenas y formas de entender la naturaleza. No se trata de romantizar, sino de reconocer que las lenguas codifican relaciones: con el entorno, con los otros, con el tiempo. En ese sentido, estos libros pueden leerse también como propuestas filosóficas: ofrecen marcos para pensar desde perspectivas indígenas.
Desde el Perú, estas reflexiones encuentran ecos inmediatos. Las discusiones sobre educación intercultural o revitalización lingüística no son nuevas, y existen iniciativas valiosas. Sin embargo, persisten tensiones entre estandarización y diversidad, entre reconocimiento simbólico y transformación real.
Leer a Aguilar y a Loncon no significa trasladar sus propuestas, sino abrir un diálogo. Sus textos nos recuerdan que las lenguas indígenas no son únicamente objetos de política pública, sino también fuentes de pensamiento y de futuro.
En última instancia, estos libros son una invitación: a escuchar, pero también a desaprender. Y, sobre todo, a volver a esa pregunta inicial: cuándo fue la última vez que leímos a pensadoras indígenas, y qué parte del mundo nos estamos perdiendo cuando no las escuchamos.
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