Soy feminista y tú también


¿Por qué millones de mujeres que se benefician de las conquistas del feminismo lo desprecian?


Es tan difícil pelear por los derechos de las mujeres, que debemos ser el único colectivo cuyos integrantes, incluso sus mejores exponentes, niegan ser parte de él. Me canso de escuchar a mujeres valiosas, que educan a sus hijos e hijas bajo el principio de igualdad y que ponen de su parte para erradicar el machismo, decir: “yo no soy feminista, peeero…”. Y lo que viene después de ese “pero” es, justamente, una reivindicación de los derechos o exaltación de logros de las mujeres, que es precisamente lo que define al movimiento feminista.

Yo misma pasé muchos años sin atreverme a definirme como feminista. Cuando me preguntaban si me consideraba una, respondía diplomáticamente que no, porque no estaba tan comprometida con el activismo y había otras mujeres que lo hacían con más conciencia que yo. Hasta hoy recuerdo un comentario en Facebook de la artista visual Natalia Iguiñiz que me hizo darme cuenta de que mi diplomática respuesta no era más que una manera elegante de evadir mi responsabilidad o, en un lenguaje más prosaico, de sacarle el culo a la jeringa. Yo hacía todo lo que hace una feminista y creía en todo lo que el movimiento feminista sigue defendiendo desde hace más de un siglo, y aun así me daba vergüenza que me identificaran como tal. Los comentarios despectivos de algunos hombres, el bullyinginfinito en redes sociales y el temor a ser catalogada como una loca histérica me paralizaban. Por eso había optado por hacerme la cool con esa respuesta tan cómoda. Cuando caí en cuenta de ese torpe e innecesario mecanismo de defensa, entendí que de nada sirve defender ciertas convicciones si nos avergonzamos de la lucha que implican.

Hubo mujeres antes que nosotras que lucharon para que pudiéramos votar, divorciarnos y trabajar. Mujeres que pagaron con humillaciones y torturas para que hoy podamos tener una cuenta bancaria a nuestro nombre o ir a la universidad. Y todavía hoy existen chicas que pagan con su vida, en países extremistas, por reclamar el derecho a la alfabetización o a caminar con la cabeza descubierta. Hay ríos de sangre que han corrido para liberarnos de roles impuestos, disfrazados durante siglos como si fueran naturales. Somos miles de millones de mujeres las que nos beneficiamos de cada conquista, de cada paso adelante que otras dieron para que viviéramos mejor. Y, sin embargo, en lugar de honrarlas o agradecerles, muchas veces les pagamos negando su valor y sumándonos a cancelaciones machistas que quieren hacernos creer que aquellas pioneras eran locas con bigote y sin marido, mujeres resentidas con los hombres.

Cuando les pregunto a quienes no se quieren definir como feministas por qué ese rechazo, suelen responder que las feministas odian a los hombres, o que no se sienten cómodas con expresiones extremas, como marchar con el pecho descubierto. Lo puedo entender. Más de una vez me he cruzado con alguna feminista que no me gustaba o he escuchado discursos sesgados y disparatados. Pero ¿desde cuándo el feminismo es un movimiento monolítico en el que todas pensamos exactamente igual? Eso no existe en ningún grupo humano. Estoy segura de que muchos católicos tampoco se sienten representados por los sectores más extremos o más intolerantes de su iglesia y, aun así, no por eso dejan de considerarse católicos. Lo mismo pasa con los animalistas, por ejemplo: conozco a grandes activistas por los derechos de los animales que no están de acuerdo con todos los que se definen como tales, pero nunca negarían la razón central de la lucha.

Leyendo una interesantísima encuesta de Ipsos Internacional realizada en 29 países por el Día de la Mujer, no puedo evitar el desasosiego al ver los resultados. Cuando se pregunta si una mujer se define como feminista, solo el 39 % responde que sí, y la mitad de ese grupo añade que ni siquiera usa la etiqueta para definirse. Sin embargo, cuando la pregunta cambia y se consulta si las mujeres deberían tener roles más activos y predominantes en la sociedad, el 60 % responde afirmativamente. Tal como concluye el estudio, el problema no son los valores: es la etiqueta.

Pero ¿se trata realmente de una simple etiqueta? ¿Bastaría con cambiarle el nombre a la lucha? Por supuesto que no. El nombre no tiene nada de malo. La estigmatización del feminismo no proviene de la forma en que se defienden nuestros derechos, sino de una campaña persistente que busca ridiculizar cualquier esfuerzo por la igualdad, dividir a las mujeres y convertirlas en el principal obstáculo de sus propios intereses. El problema no está en la palabra. El problema está en nosotras: en no habernos empoderado lo suficiente como para abrazar nuestra propia lucha y decir, fuerte y claro: “Soy feminista, y a mucha honra”.


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