Mi abuelo, el valiente


Entre viajes, sentadillas y libros, un hombre redefine lo que significa tener más de noventa años


Se habla mucho de cómo los millenials estamos envejeciendo y madurando más tarde. Atravesamos la década de los treinta sin casarnos, sin hijos. Los implantes de pelo, el skin care y la cultura de gimnasio nos ayudan a extender nuestras juventudes, volviendo cierto —ahora sí– eso de que los cuarenta son los nuevos veinte. Sucede. Lo veo. Se siente real. Pero quizás también habría que hablar más de lo que viene pasando con otros grupos etarios. Por ejemplo: esos adultos de casi cien años que se resisten a la cateogoría de ancianos.

Hace unas semanas, mi abuelo cumplió noventa y uno. Nos juntamos a almorzar en familia, con su hermano mayor y su cuñado, ambos en la misma década, que entre risas llamaban «la última». Los tres conversaban acerca de sus achaques, pero más que nada sobre las citas médicas que reciben en sus casas o a las que tienen que acercarse. Se quejaban de cómo los doctores y enfermeros los trataban, dando por hecho que aquellos viejos necesariamente transitaban el mundo perdidos en la bruma, con poca lucidez. Quienes conocemos a mi abuelo y a su hermano mayor y a su cuñado nos reíamos. Escucharlos contar sus anécdotas, con sus escenificaciones enérgicas y ese buen sentido del timing cómico, reafirmaba la equivocación de aquel diagnóstico. Parecían tres muchachos, tres adolescentes.

Mi abuelo lleva años viajando. Cada dos, visita a su hija en Alemania. Se despide diciendo «mi último viaje», pero siempre parece quedarle al menos uno más.

En 2023, nos fuimos juntos a Arequipa, él y yo. Durante algunos días, hicimos tours por la campiña y yo lo vi subir y bajar escalones con su bastón, muy al estilo de Mr. Magoo, dando la sensación de estar a punto de caer por precipicios pero sujetándose del lugar correcto a último momento, cerrándole la boca a cualquiera que se hubiese atrevido a comunicar preocupación. Nos despedimos en el aeropuerto. Yo me regresaba a Cusco y él, a Lima, desde donde unos días más tarde, continuando con su ímpetu de trotamundos, partiría con mis primos y tíos a Buenos Aires.

Antes de eso, mi abuelo tropezó en el parque, paseando a su perro, lejos de los barrancos de las campiñas arequipeñas, simplemente por mala suerte. Acabó con la pierna rota y canceló Argentina.

La sorpresa fue que, a menos de un año de su caída, ya estaba sentado de vuelta en un avión. Iba camino a Alemania para realizar su enésimo eurotrip, recuperado casi por completo, con su perro Tommy en las faldas.

En el medio, celebramos su cumpleaños número noventa. Una fiesta grande, con música, guitarreo, videos, discursos, historias, risas, trago.

Después, se aficionó al gimnasio. Son un hit los videos en Instagram que lo muestran levantando pesas y haciendo sentadillas, fuerte, flexible, soberbio. Su disciplina ha comenzado recién, luego de romperse la pierna a los ochenta y nueve.

Y no es algo solamente físico.

Aunque siempre fue lector, pareciera que hoy lee más. Avanza con las novelas que le faltaron de Vargas Llosa, de Arguedas, de Laura Riesco, de Riberyro, de Miguel Gutiérrez. Prueba con Murakami, con Paul Auster, con Mario Bellatín, con Rosa Montero, con Bukowski.

Sabe lo que le gusta, pero también se atreve.

Pienso en mi abuelo justo en los días en que se viraliza una entrevista al actor chileno Héctor Noguera, que a sus ochenta y ocho años intenta explicar la vejez:

«Para ser viejo, hay que ser valiente. No se puede ser cobarde. Es más difícil caminar. Es más difícil trabajar. Es más difícil dormir. Es más difícil despertar. Todo es más difícil. Hay que ser valiente para encararlo. Y eso cuesta. Es un trabajo diario en el que tú luchas contra el deterioro, contra las sensaciones negativas de tu cuerpo y contra tu cabeza y tu mente. Uno piensa mucho. La cabeza da más vueltas que nunca».

Hay mucha dureza en sus palabras. No me engaño. Sé que mi abuelo tampoco. Pero me gusta pensar más en eso otro que dice Noguera: 

«También se aprenden cosas nuevas que de joven no conocías. Tienes más capacidad de contemplación. Ahora puedo contemplar la naturaleza, la cordillera, el mar, lo que me rodea. Mi propia familia. Mi propio yo. Uno se establece en una especie de estado de contemplación de los demás y de uno mismo. Antes, yo no observaba tanto lo que me pasaba».

Cuando no estoy con él, imagino así a mi abuelo: contemplando y contemplándose, descubriendo el pliegue interior que todavía, a sus noventa y uno, está intacto. La mancuerna que aún lo espera. La ruma de libros pendientes que se acumula en su cuarto. El siguiente viaje. Difícil que sea el último.


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6 comentarios

  1. Luis Bermúdez B

    Gracias mil querido nieto; nunca pensé formar parte de tus historias y menos de ser ensalsado en un jugo semanal.
    Me muevo, me animo, pienso mucho y todo para no llorar, para reirme, para disfrutar esta ya poca vida y no quedarme mucho tiempo en ese campo maligno de la depresión.

    • Giacomo Roncagliolo

      Me parece excelente, Mosito. Creo que ese es el camino. Y todavía quedan muchas historias tuyas por contar, comenzando por nuestra gira punk a Lambayeque.

  2. Luz Flores Lazo

    Me encantó tu artículo.
    El llegar a la «mayoritud» como yo defino está nueva etapa de nuestras vidas, nos llena de nuevas, diferentes e impensadas situaciones, experiencias y temores, pero miro atrás y lo que tengo, y sigo manteniendo mi compromiso con la vida.
    Saludos y a seguir caminando firme como tu abuelo.

    • Giacomo Roncagliolo

      Muchas gracias, Luz. ¡Que siga siendo así! Yo veo ese futuro con optimismo.

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