Una visita al “Perú Premium”


Canadá, entre la agresividad de sus vecinos y el reconocimiento de su memoria histórica


Me animé a contarle a algunos amigos que me iba de viaje a Canadá y, casi sin excepción, la reacción fue la misma: una breve pausa, apenas perceptible, como si algo no terminara de encajar. Todo quedaba en suspenso hasta que aclaraba, casi de inmediato, que me refería al país. Entonces sí, la conversación seguía su curso. 

En Perú, la palabra “Canadá” se ha convertido en una variación de la jerga cana, sinónimo de prisión. Así que, bueno, risas por aquí y por allá, y una aclaración que ya se volvió costumbre.

Pero si hablamos de jergas, conviene pasar sin rodeos a los memes. Para muchos jóvenes, “Canadá” también significa “Perú Premium”: ambas banderas son rojiblancas y de formato similar, pero la comparación se agota ahí. El meme, con su humor ácido, apunta sin rodeos a las diferencias en economía, estabilidad y seguridad. Puede parecer una broma ligera, pero, como suele ocurrir con el humor popular, esta condensa observaciones más profundas sobre desigualdad, expectativas y frustraciones compartidas.

Había razones profesionales para el viaje, pero también una curiosidad genuina por observar de cerca a la sociedad canadiense en un momento de reajustes. El plan era presentar en el congreso anual de la Modern Language Association (MLA), una de las organizaciones más grandes para investigadores en estudios literarios y lingüísticos, y ofrecer una charla en la Universidad de Toronto. En un contexto en el que varias organizaciones académicas han optado por boicotear a Estados Unidos debido a sus políticas internacionales, las restricciones en la emisión de visas y el trato a poblaciones migrantes bajo el argumento del control fronterizo, Canadá se ha consolidado como una alternativa viable para albergar grandes encuentros internacionales.

Así llegué a Toronto. Caminaba cada mañana desde un albergue modesto, cerca del Barrio Chino, hasta el centro de convenciones donde se realizaba el congreso. Eran unos veinte minutos a pie, tiempo suficiente para ver la ciudad desperezarse: letreros superpuestos en distintas lenguas, anuncios del transporte público, placas que señalaban territorios indígenas tradicionales. En ese trayecto cotidiano, el chiste de “Perú Premium” empezaba a perder ligereza. Lo que al inicio parecía solo un meme ingenioso se transformaba, paso a paso, en una invitación incómoda pero necesaria a pensar cómo una sociedad decide mirar su pasado, nombrar sus espacios y reconocer, aunque sea de manera imperfecta, las violencias sobre las que fue construida.

En los últimos años, Canadá ha atravesado un proceso complejo, y todavía inconcluso, de reconocimiento de la violencia ejercida contra comunidades indígenas, particularmente a través del sistema de internados forzados. Esto se ha traducido en gestos simbólicos, reparaciones económicas y, quizá lo más visible para quien visita el país, en transformaciones del espacio público.

Visité Sankofa Square, una plaza céntrica de Toronto con pantallas gigantes que hasta hace poco llevaba el nombre de una figura histórica asociada a intentos por retrasar la abolición de la esclavitud dentro del imperio británico. El cambio no fue inmediato ni exento de debate, pero terminó imponiéndose como parte de un proceso más amplio de revisión crítica del pasado colonial. Algo similar ocurrió con la Universidad Metropolitana de Toronto (TMU), que también abandonó una denominación vinculada a ese mismo legado. Incluso en la torre CN, emblema indiscutible de la ciudad, aparecían anuncios y señalización en una de las lenguas indígenas del territorio.

No se trata de idealizar ni de asumir que estos gestos resuelven desigualdades estructurales profundas, pero sí de reconocer que existe, al menos, una conversación sostenida y visible sobre responsabilidad histórica. Desde Perú, donde en los últimos años observamos retrocesos preocupantes en materia de derechos indígenas y políticas interculturales —impulsados en buena medida por la presión de grupos de extrema derecha—, estas experiencias resultan inevitables puntos de comparación. No como modelos a copiar sin crítica, sino como recordatorios de que el reconocimiento y la reparación no son amenazas, sino condiciones mínimas para una convivencia democrática.

Este énfasis tampoco se limitó al ámbito interno. Hasta hace algunos años, Canadá incorporó la promoción de lenguas indígenas dentro de su política exterior, en diálogo con los procesos que se desarrollaban al interior del país. A través de programas de cooperación internacional, apoyó iniciativas de revitalización lingüística y cultural en distintos contextos. En Perú, se financiaron proyectos vinculados a la educación intercultural y las lenguas originarias como el quechua. Ese enfoque contribuyó a debates más amplios sobre derechos, memoria y justicia histórica, en los que Canadá llegó a desempeñar un rol visible en espacios multilaterales como las Naciones Unidas.

El otro aspecto que llamó mi atención fue más anecdótico, aunque no menos revelador. Varias personas con las que conversé insistían en que los canadienses no suelen ser particularmente patrióticos. Sin embargo, casi de inmediato añadían que eso estaba cambiando. “Ahora se ven más banderas”, me dijeron más de una vez. Y era cierto. En calles y centros comerciales, muchos productos —desde licores hasta libros— llevaban stickers o anuncios que los identificaban como “orgullosamente canadienses”.

Estos pequeños signos se inscriben en un contexto de tensiones crecientes con Estados Unidos y de reacomodos en la política internacional. Hace poco, el primer ministro canadiense habló en el Foro Económico Mundial de Davos 2026 sobre una posible ruptura con el orden mundial tradicional, al mismo tiempo que su país anunciaba nuevos acuerdos de cooperación con China. El énfasis en lo “canadiense” parece operar como un gesto cotidiano de afirmación en tiempos de incertidumbre.

Al final del viaje, la confusión inicial con Canadá volvió a aparecer, pero ya no como chiste fácil. Entre memes, placas urbanas, banderas nuevas y nombres que se corrigen, queda la sensación de que esas comparaciones dicen menos sobre Canadá que sobre nosotros los peruanos. Tal vez por eso el humor insiste: porque permite nombrar, sin decirlo del todo, las preguntas incómodas que seguimos postergando cuando hablamos de memoria, diversidad y nuestro futuro como sociedad.


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