Ser pesimistas es entrar en el juego de los autoritarios
El pasado 24 de marzo se cumplieron 50 años del golpe de estado militar en Argentina. A pesar de que el actual mandatario de ese país busca minimizar lo sucedido y reducirlo a actos de guerra, las batallas por la memoria en nuestro vecino del sur aún se pelean con mucho brío y multitudes tomaron las calles para reclamar fuerte y claro, tal como lo hicieron las madres de los desaparecidos desde el primer momento.
La violenta dictadura argentina plasmó una hoja de ruta en cuanto al horror, a pesar de no haber sido la primera. En Brasil, los generales habían tomado control del coloso sudamericano casi una década antes y, al igual que en Paraguay y Bolivia, la violencia en esos años fue brutal, sostenida y silenciosa. Sus otros dos vecinos, Uruguay y Chile, sucumbieron a la dictadura en 1973, y para cuando la junta argentina de gobierno tomó el poder en 1976 ya estaban preparados los engranajes para emprender las desapariciones a través de las fronteras, ese siniestro sistema colaborativo conocido como el Plan Condor, que también cumplió hace poco su medio siglo.
En Argentina las desapariciones se hicieron desde aviones, de donde se lanzaban a los detenidos desnudos y narcotizados sobre el Río de la Plata. Pero los horrores no acababan ahí. Se organizaron cientos de centros clandestinos de detención en todo el país, se utilizaron a los niños para torturar a los padres, y en algunos casos se desapareció a los pequeños. Pero sin duda, una de las prácticas más terribles fue la apropiación de los bebés nacidos en cautiverio. Se estima que fueron unos 500, de los cuales hasta ahora solo se ha restituido la identidad a 140. Sus abuelas van muriendo, pero no cejan junto al resto de sus familias en su búsqueda.
La Guerra de las Malvinas agilizó la caída de la dictadura y Argentina fue uno de los primeros países de la región en comenzar a lidiar con las consecuencias de lo ocurrido (Bolivia ya lo había intentado). Con la llegada de Raúl Alfonsín al gobierno en 1983, y gracias a la demanda popular por la justicia, se organizó una Comisión de la Verdad que tuvo a su cargo el informe al que se le dio por nombre Nunca Más, y esa frase se convirtió en el pilar de todos los intentos por alcanzar la justicia en la región y en el mundo.
En 1985 el juicio a las juntas encontró niveles de responsabilidad penal entre quienes participaron del golpe de 1976, así como de sus sistemáticas prácticas de abuso. Pero, a pesar de que el conceso sobre los excesos fue generalizado, la búsqueda de justicia se detuvo ante el temor por un posible regreso de los militares y en 1986 y 1987 se dieron las leyes llamadas de “obediencia debida” y de “punto final”, que detuvieron los procesos judiciales. En los 90, el presidente Menem otorgó una serie de amnistías que no se revirtieron hasta los tempranos dos mil, apelándose a la experiencia peruana.
Es por ello que las luchas por la memoria nos hermanan y que tal vez en Perú se haya tomado como lema el “Fujimori Nunca Más”. Desde la caída del dictador, el antifujimorismo ha apelado a la fuerza de esta consigna una y otra vez. Las cuatro veces que su hija Keiko ha postulado a la presidencia, las calles se han llenado de banderas con esa frase y ahora pasa lo mismo en las manifestaciones, al mismo tiempo que en Argentina las marchas han apelado a ese ¡Nunca Más!
En estas elecciones en Perú, que se llevarán a cabo dentro de dos semanas exactas, podemos ver que las batallas por la memoria no han cambiado de manera fundamental. Los 35 candidatos conforman una colección de posturas autoritarias y reivindicativas de lo hecho durante la dictadura de los 90. Incluso algunos de los personajes acusados de excesos están postulando. Sin embargo, también postulan candidatos que creen en los derechos humanos y en la necesidad de seguir buscando justicia.
Este mes vimos que Vladimiro Montesinos, el asesor de Fujimori, fue condenado a 20 años más de prisión por el caso de los sobres bomba, que se suma a la condena del 2023 por el descuartizamiento de Mariella Barreto y a la del 2024 por el caso de las matanzas de Pativilca. Con esta última sentencia, Montesinos saldría de la cárcel en el 2037 a los 92 años.
Pero, a pesar de esto, ¿estamos más cerca o más lejos de la justicia? A nuestro alrededor vemos un tremendo avance de la derecha negacionista, del populismo, de guerras que nos ponen en riesgo de desaparecer, así como de las que se libran en contra de lo que por mucho tiempo se había convertido en un sentido común: la igualdad.
Pero ante todas estas evidencias, elijo seguir la idea propuesta en esta entrevista reciente por la autora norteamericana Rebecca Solnit, creadora del concepto de mansplaining. Solnit sostiene que vivimos la reacción de los ultraconservadores que no toleran el mundo que está naciendo. Considera que nada es inevitable y que las luchas sociales han ido cambiando lo aceptable. Pero, sobre todo, que el pesimismo que ve el peor resultado como inevitable es una manera deliberada de detener nuestro activismo. Ese mismo activismo que hizo posible el Nunca Más, tanto en Argentina como en Perú.
No renunciemos tan pronto al optimismo de pensar que uniendo nuestras voces, o utilizando nuestros votos, podemos lograr un mundo mejor.
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