Una editorial cartonera en lenguas originarias muestra el camino para hacer país

Yesenia Montes Ñaupa (Ayacucho, Perú) Es escritora y mediadora de lectura. Es psicóloga por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. También es coordinadora de la Asociación Puriyninchik – Nuestro Caminar, desde donde fomenta la lectura, escritura y oralidad en quechua y español, a través de la Biblioteca Puriyninchik. Gracias a su trabajo en comunidades rurales empezó a escribir libros cartoneros en quechua, por la necesidad de contar con libros infantiles para las niñas y niños quechua hablantes. Por su trayectoria, ha sido invitada a diferentes Ferias y eventos internacionales en México, Chile, Argentina y Estados Unidos, difundiendo nuestra lengua originaria, el quechua.
Todo empezó cuando leía libros en los parques de Ayacucho, en el sur andino del Perú. Era parte de un proyecto de fomento de lectura: llevar libros para leerlos de forma ambulatoria, tanto en la ciudad como en el campo. Fue precisamente en el campo, donde todos los niños hablaban quechua, donde me di cuenta de algo que hasta entonces había pasado por alto: lo importante que es que los primeros libros que leen los niños estén escritos en sus propias lenguas originarias.
Yo también fui una niña que vivió en un contexto rural en los Andes y quizá por eso me vi reflejada en las niñas y niños de estos lugares. Así que los animé, y también me animé yo misma a escribir libros en quechua para leerlos juntos: fue la necesidad la principal razón por la que inicié mi camino en la escritura de literatura infantil.
Recuerdo que en ese momento se hablaba del Bicentenario del Perú con aires de celebración. A mí me dolió darme cuenta de que 200 años después de la “independencia de nuestro país” y en pleno 2020 no contáramos con libros escritos en nuestras lenguas originarias para la primera infancia en nuestras librerías.
Pero uno no escribe del aire. En mi caso, me ayudó haber leído muchos libros de literatura infantil. Dirigía un proyecto de fomento de lectura y, a pesar de ser adulta, algo en mí conectaba con cada uno de esos libros. Poco a poco fui notando lo que hay detrás de ellos: su estructura, sus técnicas narrativas, las secuencias entre texto e ilustración, e incluso la paleta de colores. Todo ello constituye una forma posible de lectura. Por eso, a diferencia de lo que se suele pensar cuando se habla de libros para niños —como si fueran una literatura más sencilla y fácil de producir—, difiero: se trata de una responsabilidad mayor, un arte en el que es necesario conquistar con sencillez algo tan complejo como el corazón de un niño.
Por otro lado, han sido de vital importancia todas las vivencias que he tenido: los cuentos, canciones, watuchis (adivinanzas) con los que crecí, así como los dichos populares de mis padres y abuelos. Por eso considero que mi escritura ha sido como un telar que une tanto mi experiencia lectora como la tradición oral en la que me formé.
El antropólogo y educador Alfredo Mires, en El libro entre los hijos de Atahualpa, da cuenta de la violenta llegada del libro a los Andes. Hace referencia al conocido episodio del Inca arrojando la Biblia, hecho que desencadenó una barbarie que significó la muerte de miles de indígenas, entre hombres, mujeres y niños. Pareciera que, 500 años después, el libro sigue siendo un objeto de llegada violenta para las comunidades que hablamos lenguas originarias. Hay que aprender lo que dicen los libros para aprobar en la escuela, y terminamos creyendo que lo que está escrito en ellos es lo correcto y digno de seguir o pensar. Pero ¿cuántos libros hablan como nosotros? ¿Cuántos ponen en valor la sabiduría de nuestros pueblos?
Desde la Asociación Puriyninchik, nuestra intención al escribir libros en quechua es romper con esa forma de ver el libro como un objeto de poder al que solo acceden ciertos grupos. Por eso, incluso el hecho de publicar en cartón y de manera artesanal ha sido para nosotros una suerte de revancha cultural librera. Sin grandes imprentas ni acabados lujosos, nos hemos atrevido a publicar con nuestras propias manos, tal como se hace todo en la ruralidad. Y no porque seamos especialmente laboriosos o aficionados a las manualidades, sino porque no hay otra manera: publicar un libro en el Perú es un parto doloroso y caro.
El camino de estos años no ha sido fácil, menos aún estando en provincia. Nos ha tocado viajar hasta Lima para todo: desde comprar papel y hacer las primeras impresiones en la capital —donde los precios son más accesibles— hasta realizar el depósito legal y participar en ferias o festivales del libro.
Actualmente vendemos nuestros libros por internet y hacemos envíos desde Ayacucho a todo el país. Sin embargo, incluso la empresa de transporte que usamos lleva primero los libros a Lima y desde allí los distribuye al resto de las provincias. Una muestra clara del nivel de centralismo en el que vivimos.
También nos ha costado entender el sistema de distribución de libros en el país: el porcentaje que cobran las librerías para venderlos y los prejuicios sobre la calidad de nuestros libros, por estar hechos a mano y en cartón. Frente a todo ello, nos alegra haber encontrado a distintos agentes del ecosistema del libro y la lectura que, valorando nuestro proyecto editorial, han acogido nuestros libros en sus espacios.
Escribir en nuestras lenguas originarias nos permite poner sobre la mesa las distintas formas de ver el mundo que existen en nuestros territorios, que también forman parte de este país, así como la sabiduría que habita en cada una de nuestras lenguas, muchas de las cuales están desapareciendo.
Además, pudimos notar que la literatura infantil es una puerta amigable a los idiomas, y si
bien empezamos a publicar para acercar a los niños quechuas a los libros, hoy noto que estos
mismos libros son un puente para acercar a quien desee a la lengua y la cultura quechua.
Reafirmando en mí, que el libro es un espacio de valor que necesitamos conquistar, para
mostrar que todavía seguimos estando… Kachkanchikraqmi.
Por eso considero que, aunque nuestras lenguas originarias sean eminentemente orales, es importante conquistar también el terreno de lo escrito. Hay quienes prefieren hacerlo únicamente en su lengua originaria, sin traducción; hay quienes publican en ambas lenguas; hay quienes, como nosotros, además incorporan códigos QR que enlazan el libro con material audiovisual en internet, dando soporte auditivo al texto.
Sea cual fuere la forma, considero que llegó el momento de apoderarnos de la escritura en nuestras lenguas, y de que nos animemos a poner en valor todo aquello que nos llena el corazón cuando hablamos de nuestros pueblos, no sólo a través de los libros, sino también en el cine, la música, y los diversos territorios del arte en general. Y si no nos animamos a producirlo,
pues yo los animo a consumirlo y difundirlo, pues no se imaginan lo mucho que cuesta crear.
Si realmente quisiéramos entendernos como país, deberíamos abrir nuestra mente y darnos la oportunidad de leernos: quizá así podríamos ponernos en el lugar del otro, encontrarnos y empezar a vernos como seres de igual valor.
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