Amaury Colmenares, ganador del Premio Las Yubartas, entrega una obra que se mueve como latido.
Leo Acequia, la ganadora del I Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas, y siento que la novela respira conmigo. Hay libros que tienen buen ritmo, otros que se muestran orgánicos, pero en este caso la sensación corresponde más a la de acompañar a un ser vivo. Mirarlo avanzar, crecer, estirarse, contraerse. Con la mano sobre su tórax, comprobar que inhala y exhala. Trataré de explicarme.
Es quizás lo primero que destaca cuando uno empieza la lectura. El autor de la obra, Amaury Colmenares (Ciudad de México, 1986), ha decidido construirla a partir de fragmentos. Leemos un párrafo acerca de Cuernavaca, encontramos algunos aforismos sobre el humor, y luego comienzan a aparecer los personajes: Julieta Lucía Borges, el Lic. Aguas, Lópex Moctezuma, Lau Mundo, Lis Seda, Altaflores, y también la Virgen del Naufragio. Las piezas iniciales echan muchos disparos hacia direcciones aún inciertas. Queda confiar. Son 271 páginas. ¿Puede Colmenares sumar y sumar más balas?
Apenas la inquietud aparece, la expansión de Acequia se detiene y estabiliza. Lo que parecía pura entropía aterriza en una serie de líneas narrativas y conceptuales bien definidas. Fragmento a fragmento, seguimos a Julieta Lucía Borges (J. L. Borges) en la fundación de una editorial dedicada a publicar autores cuyos nombres puedan confundirse con los de célebres escritores (Mario Vargas Llona, Cesáreo Vallejo, Cristian Rivera Garza, etc.); también la amistad entre el Lic. Aguas y Lópex Moctezuma, quienes no se han visto en años pero hablan por teléfono todos los días; los dudosos emprendimientos de Lau Mundo y Lis Seda; el ostracismo del comediante Altaflores; la leyenda detrás de la Virgen que sobrevivió en cientos de pedazos; reflexiones acerca del chiste; y la historia social y urbanística de Cuernavaca.
Cuando ya hemos ordenado nuestra atención sobre siete relatos que corren en paralelo, descubrimos que otros se han colado en el entramado de la novela. A finales del siglo XIX, el niño Timoteo se pierde en una finca de la ciudad mexicana; Saulo Perlowsky, un millonario europeo, busca donar parte de su fortuna a una familia humilde del lugar; Silvestre Cerezo Vivas investiga todas las cosmogonías que atraviesan el planeta; un misterioso hotel recibe a turistas que se pierden en la carretera Cuernavaca-Acapulco, y después no permite que escapen; Eugenio de Jesús Cañas descubre un torrente subterráneo debajo de la ciudad.
El número de líneas argumentales, que parecía ya controlado, crece hasta alcanzar la docena. Y, justo cuando sentíamos que aquello era demasiado para nuestra modesta capacidad de retención, empieza la confluencia. Como los túneles que se cruzan en los subsuelos de la ciudad, como las acequias, como las calles y curvas que definen la circulación automotriz y peatonal en Cuernavaca, los disparos de Colmenares convergen. Las tramas se trepan unas sobre otras. Los personajes coinciden, forman amistades y sociedades, maquinan planes ambiciosos y descabellados. Lo que antes creíamos azar comienza a revelarse como puzzle. La confianza paga lo que se prestó y entonces cobra sentido el epígrafe de Perec que abre la novela: «cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados por el otro…». En palabras gringas, Colmenares delivers.
Pero la confluencia no es el punto final. Las sorpresas siguen llegando, la mecánica resiste el agotamiento. Nuevos elementos —personajes, reflexiones, temas— aparecen para ensanchar los márgenes siempre irregulares de la novela, como baldazos que refrescan el avance de las páginas. Luego, sus aguas se integran a la trama general, que va engrosándose y al mismo tiempo ganando foco. Historias que parecían tan solo un disparate crecen hasta lo absurdo, desaparecen por un buen trecho, y más tarde se reactivan como piezas secundarias (después, protagonistas) de otras tramas que (recién en ese instante lo comprendemos) las esperaban con los brazos abiertos desde el principio.
Sentimos entonces la respiración.
Cada vez más conscientes de aquel movimiento —la expansión y la contracción—, nos resulta inevitable tener la impresión de que la obra es un pulmón que se infla y se desinfla. Un ser vivo que respira y avanza y se adapta y negocia. Uno que de rato en rato da a luz a nuevas criaturas, solo para después reabsorberlas y robustecerse. La imagen es violenta, pero bajo el control de Colmenares la experiencia de leer Acequia —publicada por Pesopluma en el Perú y por otras nueve editoriales en Hispanoamérica— se parece más al vaivén líquido de un caudal o al latido de un mamífero acuático. Reaparece una coincidencia que uno creería natural y que sin embargo tantas veces se nos escapa. Lectura y vida se mueven al unísono.
*Acequia, del mexicano Amaury Colmenares, se presenta este domingo 3 de agosto en el Auditorio Laura Riesco de la Feria Internacional del Libro de Lima a las 5 p. m.
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Se puede entender que es una novela muy trabajada con varios personajes, situaciones e historias diversas imprevisibles, que bien ha merecido el premio.
Así es. ¡Un novelón!