Una reciente escena distópica nos ilustra cómo las IA ven la cultura
Hace unos días, el Washington Post reveló documentos judiciales que confirman lo que muchos vienen denunciando: para que la Inteligencia Artificial pueda hablarnos con la elocuencia de un humano, primero tuvo que devorar nuestra humanidad. Y en el caso de Anthropic —la empresa detrás del chatbot Claude— la metáfora es literal.
El plan se llamaba Project Panama. Su objetivo: alimentar a la bestia artificial. Su método: comprar libros físicos por millones, rebanarles el lomo con una guillotina hidráulica, escanear sus páginas a toda velocidad y enviar los restos de papel a reciclar.
Ellos lo llaman «escanear destructivamente» (destructively scan). Comprar, cortar, escanear, eliminar.
La imagen es de una frialdad distópica. Imaginamos bibliotecas como santuarios, pero para la start-up valorada en 18 mil millones de dólares, un libro no es un objeto de valor intrínseco. Es solo un contenedor ineficiente de datos.
¿Por qué llegar a estos extremos? Porque internet, ese vasto océano donde nacieron las primeras IA, se ha vuelto un pantano tóxico. En 2023, un cofundador de Anthropic teorizó que entrenar a sus modelos con libros era crucial para enseñarles a «escribir bien», en lugar de que aprendieran imitando la «baja calidad del habla de internet».
La paradoja está en que la masificación de la IA colabora decididamente en esa disminución de calidad, llevando incluso esa pobreza en el desarrollo de ideas a otros espacios que estaban más protegidos, como la universidad o los diarios. Además, hay en esto una ironía cruel: las tecnológicas desprecian la lentitud de la cultura humana, pero están desesperadas por apropiarse de su calidad. Quieren la profundidad de la literatura sin el tiempo que toma gestarla.
Anthropic no estuvo sola en esta carrera clandestina. Documentos legales muestran a Meta (Facebook) debatiendo internamente si cruzar la línea roja de la legalidad. Ingenieros de la empresa confesaron en chats internos que descargar torrents en sus laptops corporativas «no se sentía bien». Sin embargo, la orden vino de arriba: “MZ» (Mark Zuckerberg) aprobó el uso de «bibliotecas sombra» como LibGen —repositorios piratas de libros— para no quedarse atrás frente a ChatGPT.
Ben Mann, cofundador de Anthropic, fue pillado en los documentos descargando personalmente terabytes de libros de LibGen durante once días seguidos. Cuando apareció un nuevo espejo de descargas ilegales, lo celebró con sus colegas enviando el enlace y un mensaje: «¡¡¡Justo a tiempo!!!».
La historia tiene un desenlace legal que sabe a poco. Anthropic acordó pagar 1.500 millones de dólares para zanjar una demanda colectiva de escritores. El cálculo estima que cada autor recibirá unos 3.000 dólares por título. Pero el daño simbólico ya está hecho y validado por la justicia: el juez dictaminó que el entrenamiento de las IA con libros protegidos por derechos de autor puede considerarse «uso justo» (fair use) porque es «transformativo». Su argumento es que la IA es como un estudiante aprendiendo a escribir; lee para aprender, no para copiar.
Aquí es donde la analogía se rompe y mi pesimismo se instala. Un estudiante lee para entender el mundo, contrastar información, entrenar su juicio crítico, generar nuevo conocimiento. La IA procesa patrones estadísticos para simular que entiende de lo que está hablando. Al validar el «corte y escaneo», normalizamos la idea de que la cultura humana es solo un mineral en bruto esperando ser extraído, procesado y vendido de vuelta a nosotros en forma de suscripción mensual.
El libro físico, con su lomo, su olor y su historia, es un estorbo para la eficiencia algorítmica. Había que «cortarlo limpiamente». Tal vez esa sea la gran lección que nos deja este caso: para la Inteligencia Artificial, nuestra cultura es algo que debe ser aprovechado mientras tenga un valor comercial claro y, cuando pierda interés, expulsado sin mayor consideración. Es una mirada de las cosas donde los individuos involucrados en el proceso —los lectores, los autores, los ciudadanos— terminamos siendo tan prescindibles como esas carcasas de libros enviadas a la recicladora.
Se nos pide que celebremos el milagro (que la máquina habla bonito, que escribe con “profundidad”, que nos ahorra mucho tiempo), pero el precio de esa comodidad es un cambio de paradigma muy grande. Si aceptamos que un libro es, en el mejor de los casos, un conjunto de datos esperando a ser extraído, entonces también aceptamos que el escritor es un proveedor involuntario, con su trabajo de toda una vida circulando como insumo industrial sin rastro de autoría. ¿Qué implicancias tiene esto para la creación futura de conocimiento y arte?
Quizás por eso, ante esta lógica que reduce nuestra herencia cultural a una materia prima para el entrenamiento algorítmico, la biblioteca pública recupera una urgencia política que habíamos olvidado. Allí donde el Project Panama guillotina lomos para privatizar el conocimiento y vendérnoslo luego por suscripción, la biblioteca preserva el cuerpo del libro para mantenerlo abierto, gratuito y común; un refugio donde se suspenden las leyes del mercado y donde, por un momento, dejamos de ser consumidores perfilados o datos de entrenamiento para volver a ser simplemente ciudadanos. En tiempos de eficiencia extractiva, que existan espacios consagrados a compartir el saber sin triturarlo es, tal vez, una de las pocas resistencias radicales que nos quedan.
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