Apuntes sobre una mal entendida buena etiqueta
En estos días, leo Diario del dinero (2020), de Rosario Bléfari, la cantautora, actriz y escritora argentina que algunos recuerdan por la banda Suárez, otros por su proyecto solista, otros por su protagónico en Silvia Prieto —la película de Martín Rejtman— y otros por su poesía y narrativa. Aunque Diario del dinero fue publicado unos meses después de su temprana muerte a los cincuenta y cuatro, el libro —que recoge, sin orden cronológico, las entradas del diario de Bléfari que giran alrededor de sus gastos, sus sueldos y la plata en general— fue pensado para que lo presentara en vida. Como si a Bléfari, en aquel entonces, hablar de dinero le fuese importante.
Quienes me conocen saben que hace más de quince años anoto todo lo que gano y todo lo que gasto. Desde los dos soles que un día me encontré en la calle hasta el caramelo de diez céntimos que compré en el quiosco. Lo escribo a mano en mi libreta y cada semana traspaso la información a un documento de Excel que me ayuda a calcular cómo voy.La práctica se ha convertido en dependencia y en ese sentido puede que haya algo de enfermedad en ella. Quizás. A mí más bien me parece obvio que quien se siente con poco dinero necesita llevar la cuenta de las cosas.
El diario de Bléfari está lleno del siguiente tipo de anotaciones:
«Cuando volví del encuentro paré en la fiambrería y compré mozzarella, queso fresco, queso de rallar, aceitunas negras y verdes, salchichas ahumadas y boquerones. Todo sumó $ 90. F. fue a comprar pan y gastó $ 5».
«Me quedan en el banco unos $ 1.000 y espero varios cobros inminentes: Konex, Senado de La Plata, Casa del Bicentenario por lo de Leonardo Favio, por el Encuentro de la Palabra en Tecnópolis, de hace más de tres meses, y por el taller de La Pampa, en la Casa de Olga Orozco. Ninguno de estos cobros tiene fecha cierta, no se sabe si cobraré ya o dentro de unos meses».
«El viernes tocamos por primera vez este año, fue en La Luna. Había gente y gustó. Ganamos $ 20 cada uno, incluido Richa en sus funciones de sonidista/músico, y Pablo, que toca en algunos temas y se llevó $ 10».
Pero ella también confiesa: «Aunque esté anotado todo, no hago ninguna cuenta, no armo operaciones ni pronósticos». En eso a lo mejor nos diferenciemos. De todas formas, lo que me interpela es el propio gesto de hablar de plata.
No muchas personas de mi entorno hacen caso a la máxima «en la mesa no se habla ni de política ni de religión» —en parte porque vamos más o menos alineados en ambos aspectos—, pero conforme me hago viejo constato que sí que hemos comenzado a incorporar la tercera pieza de aquella sentencia de buena etiqueta: no hablar de dinero.
La expulsión de la política y de la religión responde a la voluntad de evitar enfrentamientos ideológicos durante una cena o reunión social. ¿A qué se debe que tampoco debamos hablar de dinero? ¿Cómo se integra a lo que entendemos por buena etiqueta?
Por mucho tiempo, sabiéndome casi siempre en los estamentos más bajos de mi círculo de amigos, pensé que aquel tabú nos ahorraba, a quienes ganábamos menos, la vergüenza de que los demás se enteraran cuánto era ese monto. Tardé en comprender que la regla estaba diseñada para difuminar la desigualdad, en beneficio de los de arriba. Es decir: librar del pudor a quienes se ubicaban en la cima.
Hace ya varios años que mi realidad económica se encuentra desprendida de un sueldo fijo y en cambio depende de una serie de ingresos difíciles de predecir. Suelo trabajar en muchos proyectos a la vez, con empleadores, clientes y equipos distintos, y a ello también sumo los pagos que saco por tocar en conciertos, cobrar regalías de mi banda y mis novelas, vender merch, libros usados, y también reclamar la eventual indemnización de un vuelo atrasado o la devolución de impuestos de la SUNAT. Muy al estilo de Rosario Bléfari, cada céntimo hace su parte en la aventura de intentar llegar, mes a mes, a los cuatro mil soles.
¿Ganar cuatro mil soles al mes es mucho o poco para una persona de treinta y cinco años en 2025?
Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que hablé de dinero con mis amigos…
A veces, al enterarme de cuánto cuesta el alquiler de sus departamentos, o al ver con cuánta tensión o relajo pagan sus partes de la cuenta cuando salimos a chupar o a comer, intento calcularlo. Y por suerte suele parecerme que no voy tan mal. Luego, me doy con un video de TikTok en el que estudiantes de primer ciclo de una universidad privada afirman, muy seguros, que ellos esperan ganar al menos diez mil soles en su primer trabajo, y me pregunto si acaso hice todo mal.
Y acá mi punto: si así fuera, si elegí la carrera incorrecta y los trabajos incorrectos, y hay en el Perú muchachos de veintidós años ganando tres veces lo que yo gano ahora, quisiera saberlo.
Pienso que todos quienes no nos ubicamos en la cima quisiéramos saber si estamos ganando mucho o poco.
Quien está arriba, en cambio, no necesita saber cuánto ganan los demás. Sabe perfectamente que él gana más.
Y por alguna razón, hemos dejado que su silencio se nos imponga también a nosotros. Así, quienes vamos detrás caminamos en la oscuridad, temiendo que quizás hace mucho hayamos perdido la ruta hacia una posible prosperidad financiera.
Bléfari y la editorial Mansalva —que la publica— traen de vuelta la plata. La ponen en el primer plano de la conversación, sin que haya nada de malo, tampoco vergüenza ni jactancia. Como si trataran de hacernos recordar que está bueno comunicar cuánto gastamos en comer y en vivir, qué tan endeudados estamos, si llegamos a tener alguna capacidad de ahorro, cómo se hace para sostener esas vidas que mostramos en redes sociales. Cuál es el costo y el diseño. Si nuestras carreras y maestrías las pagaron nuestros padres o si en ellas se fue toda la plata que juntamos durante diez años y ahora tenemos que empezar de cero. Cuántos emprendimientos y empresas fueron posibles solamente gracias a la inyección de dinero de un tío platudo. Cuántos niños nacieron solo porque detrás había abuelos con la espalda económica suficiente. Quiénes viven con sus padres. Quiénes se mudaron solos a departamentos que sus padres pagan. Cuántos millenials siguen esperando que en Navidad y en sus cumpleaños les llegue un sobre con plata como regalo. Quiénes revisan la cuenta y quiénes pasan la tarjeta sin siquiera mirar.
Y también preguntarnos: con ese diseño, ¿qué tan felices somos?
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Hablar de dinero doméstico en una mesa donde se comparte la merienda,con familiares o amigos o ambos me parece que es algo natural y que no se impone o se jura no hacerlo sea de cualquier nivel de ingresos.
La única excepción lógica será cuando la reunión es privada para plantear negocios o problemas judiciales que involucren dinero o valores.
Los que llevan cuentas domésticas son , la mayoria, personas ordenadas que viven al día y balancean sus ingresos y gastos al centavo. Lo sé muy bien.
Gracias por darnos esa mirada sutil y profunda a la vez.
Yo no lo siento muy natural, lamentablemente. Es un tabú. Hablar de dinero es casi como mostrar los genitales.