El drama del Real Felipe nos recuerda que construir nuestra patria nunca fue cosa fácil
Este será mi último artículo sobre el Bicentenario de la Independencia peruana que escribiré para este portal. Quienes me vienen leyendo desde hace más de cinco años saben que domingo a domingo este ha sido un tema recurrente. En el 2020, cuando comencé esta columna, ya había escrito e investigado mucho sobre el tema, y había publicado algunos textos al respecto en El Comercio y La República, además de cinco libros que vieron el fenómeno desde muchas de sus aristas. Creo que en este largo trayecto he dicho casi todo lo que quería decir al respecto.
Sin embargo, mi labor no estaría completa si no rescatara el tramo final y trágico de esta epopeya. Me refiero al drama de los últimos realistas que abandonaron la fortaleza del Real Felipe del Callao luego de un sitio de más de trece meses.
Retrocedemos un par de siglo.
En febrero de 1824, con el fin de reclamar sus sueldos devengados, se levantaron en el Callao las tropas patriotas compuestas en su mayoría por rioplatenses, chilenos y peruanos, lideradas por el mendocino hijo de esclavos Dámaso Moyano. Estos hombres, que habían hecho las campañas de San Martín cruzando los Andes, llevaban años esperando recibir alguna recompensa o, por lo menos, ilusionados con la posibilidad de volver a sus provincias natales. Después de las derrotas de las Campañas a los Puertos Intermedios en 1823, esos hombres que sobrevivieron naufragios, batallas, retiradas en el desierto y que no gozaban de la confianza de Bolívar, el nuevo líder, decidieron que ya habían sufrido lo suficiente el destino de no ser reconocidos.
Cuando cayeron en cuenta de que no iban a recibir sus pagos y que ningún jefe patriota quería negociar con ellos, decidieron entrar en tratativas con los prisioneros realistas en el fuerte y ver qué posibilidad tendrían de conseguir un mejor arreglo. Y fue así que, liderados por Moyano, los patriotas descorazonados acordaron entregar los llamados “castillos” a los realistas. Lima cayó por segunda vez ante los españoles y esta vez muchos de los nobles que habían apoyado la Independencia —e incluso firmado el acta en 1821— se refugiaron en el Real Felipe, renegando de Bolívar mientras los patriotas abandonaban la capital a toda velocidad. Cuando el virrey José de la Serna recibió las noticias en el cuartel general realista, envió a Juan Antonio Monet y a José Ramón Rodil con dirección a Lima. Tras una pascana en Lurín se dividieron las tareas y fue Rodil quien quedó a cargo del fuerte.
Tras su paso al otro bando, Dámaso Moyano hizo una carrera brillante con los realistas y llegó a estar entre los derrotados en la Batalla de Ayacucho, tras la cual —y por lo convenido en la capitulación del 9 de diciembre de 1824— regresó a España por el puerto de Quilca y siguió como oficial en la península. Fue así como un esclavo nacido en Mendoza llegó a ser brigadier de infantería en el ejército Español. En 1843 se casó con una viuda gaditana, tuvo un hijo, y murió ese mismo año. Una vida destacada para quien tuvo la responsabilidad de entregar el fuerte del Callao a los realistas, con oportunidades que probablemente no hubiese tenido de haberse quedado callado en febrero de 1824, muestra de que los intereses personales pueden estar muy reñidos con los nacionales.
La capitulación de Ayacucho contemplaba la entrega del fuerte del Callao 29 días después de su firma, pero Rodil se negó a aceptar la orden y se mantuvo en control de los castillos con la esperanza de que llegara una escuadra desde España para comenzar una reconquista del Perú. La espera fue en vano, porque la situación de Fernando VII en la península no hacía posible un rescate de esa envergadura. Pero Rodil no era un loco que mantuvo tercamente su posición en solitario, pues los otros dos fuertes importantes en América siguieron el mismo camino. En Chiloé, las fortificaciones de San Carlos de Ancud, así como la isla entera, se convirtieron en el último bastión realista en el Pacífico Sur, mientras que en el Caribe el fuerte de San Juan de Ulúa en Veracruz se rindió en noviembre de 1825.
El Tratado de Tantauco se firmó el 19 de enero de 1826 y, con la entrega del fuerte y la isla de Chiloé, la situación en Lima se hizo realmente insostenible: tras más de un año de resistencia, Rodil decidió que ya era momento de rendirse. El fuerte de San Carlos en Chiloé se entregó el mismo día que el Real Felipe, dejando en claro una vez más que en esos tiempos las suertes del Perú y Chile seguían estando unidas.
El costo humano de mantener el castillo fue inmenso para los españoles. Consideremos que se trataba de una ciudad amurallada, donde se refugiaron familias enteras que ponían presión sobre el agua y la comida. La enfermedad y la hambruna fueron terribles y muchos murieron hacinados con la idea de quizás algún día volver a lo que había sido el virreinato peruano. El caso más conocido fue, sin duda, el de José Bernardo de Tagle, el Marques de Torre Tagle, quien, según dice la leyenda, pereció después de empeñar su última cuchara de plata por un tazón de caldo de gallina.
Esta historia quizá sea una exageración, aunque no haya manera de comprobarlo. Lo que sí sabemos es que el segundo presidente del Perú, el hombre que declaró la independencia de Trujillo en diciembre de 1820, terminó sus días cinco años más tarde refugiado con los realistas, renegando de la creación de la república peruana. La entrega del Real Felipe hizo terminar con un suspiro, y no con un estallido, el largo y complejo proceso de la independencia americana.
Ahora que vemos a nuestra patria sumida en tremendas dificultades, haríamos bien en recordar que el pasado de nuestra nación no fue siempre glorioso, pero que aun así es importante seguir luchando por lo que vale la pena.
Ha ocurrido antes, y seguirá ocurriendo después.