El gran misterio que salta al ver videos familiares del siglo XX
Miro videos familiares y tomo notas. Un ejercicio de terapia y literatura que enfrento desde hace unos años y que me genera tanto entusiasmo como resistencia. Suelen ser videos de los noventa en los que nos miro crecer. A mi hermano, a mis primos. Tomo notas de lo que las imágenes me hacen sentir. De los recuerdos que convocan, los vacíos que no se llenan. Las dudas.
Entre lo que voy escribiendo, aparece de pronto una pregunta grande, que interpela a buena parte de las escenas: ¿cómo fue esto posible?
Son decenas de horas de metraje en las que los bebés y los niños son los protagonistas. Alrededor de ellos, orbitan las madres, los padres, las abuelas y abuelos, que en general se divierten. Llama mi atención el estado de relajo. Mi tía, echada sin zapatos sobre la alfombra, eleva en avioncito a su hijo.
Vuelvo a anotar: ¿cómo fue esto posible?
¿Fueron acaso todos los videos grabados en domingos, en feriados, en vacaciones? ¿Por qué estas personas tenían tiempo para criar a sus hijos, para dedicarse a sus juegos, a los tiempos sin límites en los que transcurren?
Hay una condición de género. En la mayoría de videos, los adultos que aparecen son mujeres: mi madre, mis tías, mis abuelas, las empleadas del hogar que preferíamos llamar nanas. Pero incluso si voy a los videos de aquella rama de la familia que creció fuera del Perú, alejada de las abuelas y las suegras, alejada de la poscolonialidad del sur global, el relajo es semejante.
Tienen tiempo para divertirse con sus hijos, para filmarse haciéndolo.
Treinta años después, con una situación económica aparentemente parecida y apenas con un perro como descendencia, nosotros no tenemos tiempo para nada.
Cuando voy con la duda a donde mis amigos que ya son padres, me explican que, hasta que lleguen los hijos, uno nunca sentirá que tiene la plata suficiente ni el tiempo suficiente para tenerlos. Que eso simplemente se ordena después. En muchos de sus casos, el embarazo llegó como sorpresa y decidieron seguir adelante.
A mí me suena como a pensamiento mágico. Poco les falta para decir que los bebés llegan con el pan bajo el brazo. ¿Cuántas lecturas de clase y privilegio se podrían hacer acerca de ese refrán?
Se me ocurre que quizás es un asunto tecnológico: el hecho de tener celulares inteligentes todo el tiempo en nuestros bolsillos, que se traduce en tener todo el tiempo el trabajo en el bolsillo. Se me ocurre que quizás se deba a que nosotros estudiamos carreras vinculadas a las artes, a las letras, a que somos sujetos freelance que no conocen el orden y la estabilidad. Algo tuvo que suceder para que de una generación a otra la idea de tiempo libre desapareciera. Miro los videos familiares e intento encontrar el secreto.
A lo mejor sí se trata de una cuestión mágica. Un cambio de paradigma tan radical que es imposible explicarlo desde la mirada de alguien que no tiene mucho a su cargo y, aun así, siente que la vida lo sobrepasa. Un salto de fe que ojalá no acabe siendo una patinada irresponsable. Quiero ser padre, pero no tengo tiempo. Quiero ser un padre con tiempo, como los que aparecen en esos videos. Jugar con mis hijos sin preocuparme por el mensaje de WhatsApp que espera mi respuesta, la videollamada que interrumpe la tarde, el correo que llegó marcado con urgencia el domingo por la mañana. Y con las cuentas en azul.
Anoto por tercera vez: ¿es esto posible?
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