Un maestro quechuahablante combate cómo estamos educando en los Andes

William Andahua Arellán (Ancash, Perú) es un académico quechua y docente en una institución educativa rural en la provincia de Carhuaz, Ancash. Cursa un doctorado en la Universidad de Nueva York. Estudió Educación en la Universidad Nacional Santiago Antúnez de Mayolo, hizo una maestría en Lengua, Literatura y Cultura Hispánica en la Universidad de Syracuse. También ha sido becario Fulbright FLTA para enseñar quechua en la Universidad de Pensilvania.
Como todos los niños de mi comunidad rural en los Andes, asistí a la escuela secundaria. Lo habitual era que las madres o los padres acudieran a las reuniones, preguntaran por las notas y conversaran con los profesores; así debería funcionar la escuela, como un puente entre el hogar y el aula. Sin embargo, durante toda esa etapa, mi madre quechuahablante no asistía a las reuniones. El desinterés no era la razón, sino que las reuniones se realizaban exclusivamente en español, una lengua que no comprendía y que la hacía sentirse expuesta, fuera de lugar. Entrar a ese espacio significaba no entender, no poder responder. No era indiferencia; era exclusión lingüística.
Yo había crecido en la zona de los Conchucos, en Áncash, donde aprender quechua fue también aprender a comunicarme con la tierra. No se trata de una “metáfora romántica”, sino de un conocimiento práctico compartido por quienes crecemos en la sierra peruana: saber que el canto de ciertas aves marca la hora de volver a casa con las ovejas, que el descenso de los patos silvestres anuncia la temporada de siembra, que el comportamiento de las plantas anticipa cambios en el clima. El lenguaje no está separado de la naturaleza; es una forma de habitarla.
Años después me trasladé a Huaraz para estudiar Educación en una universidad pública de la región. Como muchos docentes, trabajé primero en colegios privados hasta obtener mi nombramiento en una institución estatal. Fui asignado a un colegio rural de tipo 3, ubicado en Shilla, provincia de Carhuaz. Allí confirmé algo que ya intuía: el problema nunca fue el quechua, sino la forma en que el sistema educativo lo ha tratado.
Durante mi experiencia como docente, tanto en instituciones privadas como estatales, escuché a algunos colegas afirmar que los estudiantes “no comprendían bien” porque hablaban quechua, que debían comunicarse únicamente en español para “pertenecer” a la llamada “ciudad letrada” y abandonar ese supuesto “entre-lugar” que perjudicaría su aprendizaje. La política del mestizaje ha calado profundamente en la sociedad peruana y ha normalizado la idea de que el progreso exige dejar atrás la identidad indígena, bajo el argumento de que “todos somos mestizos” y, por tanto, debemos borrar nuestra lengua originaria.
Hoy, mientras curso estudios doctorales en el extranjero, las lecturas académicas me permiten comprender con mayor claridad lo que antes experimentaba de manera intuitiva: la persistencia de un proyecto histórico de mestizaje promovido por el Estado peruano, orientado a homogeneizar cultural y lingüísticamente al país. Por eso, cada vez que concluyen mis clases del posgrado, regreso a Shilla, un pueblo a los pies del imponente Huascarán. Su nombre, según la memoria local, proviene de shiraka (zarzamora), mientras que Carhuaz deriva de qarwash (amarillo), en referencia a las flores de retama que abundan en la zona. Como ocurre en muchos territorios andinos, la toponimia está íntimamente vinculada a la naturaleza. Sin embargo, estos nombres han sido castellanizados como parte de un proceso más amplio de marginación lingüística.
A esta escuela asisten estudiantes de comunidades aún más alejadas. Algunos caminan más de una hora para llegar y otro tanto para regresar a sus casas. Sus padres son campesinos, mayoritariamente quechuahablantes, muchos de ellos monolingües. El colegio pertenece al programa de Jornada Escolar Completa (JEC), que incluye horas destinadas a la atención de padres de familia. Sin embargo, muchos no asisten. La razón es sencilla: trabajan en sus chacras y no hablan español.
En varias ocasiones, cuando los padres acudían al colegio o eran citados para revisar las notas de sus hijos, intentaban comunicarse en español. Yo les respondía en quechua. La conversación fluía. Regresaban. Se sentían escuchados. Más de una vez me dijeron que no podían hacer lo mismo con algunos docentes y que por eso evitaban participar. También he conocido colegas comprometidos que se esfuerzan por aprender quechua y lo hacen con respeto y dedicación. El problema no es individual; es estructural.
El Estado peruano ha impulsado políticas de inclusión y en muchas escuelas rurales se ha incorporado el curso de quechua. No obstante, en su intento de visibilizar la lengua, termina invisibilizando a parte de sus hablantes. Existen al menos tres grandes variedades —sur, central y norte—, pero numerosas políticas públicas priorizan el quechua sureño, imponiendo términos que quienes hablamos quechua central no usamos ni comprendemos. La exclusión, entonces, se duplica: se reconoce la lengua, pero no su diversidad interna.
La discriminación se reproduce también en el acceso a la educación superior. Cuando los estudiantes rurales culminan la secundaria y postulan a institutos pedagógicos o universidades, los exámenes están redactados exclusivamente en español, que para muchos es su segunda lengua. El Estado, que declara promover la interculturalidad, continúa evaluando desde una lógica monolingüe que desconoce las desigualdades lingüísticas de partida.
Esta invisibilización tiene efectos sociales concretos. En Shilla, muchos padres trasladan a sus hijos a zonas urbanas convencidos de que allí recibirán una “mejor educación”. Sin embargo, mi experiencia demuestra que la calidad no depende de la renuncia lingüística. Nuestros estudiantes han obtenido premios regionales y nacionales: Juegos Florales en declamación en quechua y el premio nacional de Crea y Emprende con un proyecto tecnológico orientado a adultos mayores. Estos logros evidencian que es posible innovar y competir sin abandonar la lengua ni la cosmovisión andina.
Resulta paradójico que mientras en el Perú persiste este estigma, voluntarios extranjeros —como los del Cuerpo de Paz— llegan a nuestras comunidades dispuestos a aprender quechua para establecer vínculos genuinos. Si personas cuya lengua materna es el inglés comprenden que el respeto cultural comienza por el respeto lingüístico, ¿por qué el sistema educativo peruano sigue postergando ese reconocimiento?
El quechua no ha sido el obstáculo; el obstáculo ha sido el lugar subordinado que el orden colonial y republicano le ha asignado. Aún hoy, muchas personas ocultan que hablan la lengua por temor a la discriminación. Escribo y enseño desde los Andes porque el quechua no es solo un medio de comunicación: es una forma de pensar y de mirar el mundo. Un país que no aprende a escuchar a sus pueblos en su propia lengua difícilmente puede llamarse plenamente democrático. Aprender quechua no es un retroceso; es una condición indispensable para recuperar la dignidad colectiva y construir un país con memoria histórica e identidad.
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Excelente análisis de la realidad educativa y participación de los padres en la educación de los alumnos en las zonas rurales de nuestros pueblos andinos.