El cine, la crítica y el menos común de los sentidos


Sobre la ceguera de cierta crítica y la visión de las nuevas generaciones


Mariano Orosco Zumarán empezó a estudiar Psicología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pero terminó trasladándose a la escuela de Literatura, donde aprendió mucho más de lo que esperaba y mucho menos de lo que necesitaba. Ha publicado diversos textos en medios locales y extranjeros, y es coautor de una biografía de Mario Vargas Llosa publicada en 2011.


«Eso que hacen algunos ‘críticos’ de valorar una película en base a su sesgo feminista de si es más posmoderno o de la tercera ola en su feminismo… ¿Se dan cuenta del ridículo intelectual que hacen? Si lo que queréis es hablar de feminismo o machismo, haceros sociólogos. Una profesión muy digna. Pero no críticos. Los críticos hablan de arte, no de activismo», escribió hace poco en X un ofuscado autor español.

El susodicho, de nombre Adrián Massanet, se refería a quienes —en sus reseñas, artículos o ponencias— acuden a aproximaciones o conceptos que no son usuales en el campo del cine, y soltaba sus admoniciones como si existiera una «plantilla oficial» para elaborar reseñas, un patrón al cual los críticos deben ceñirse si no quieren correr el riesgo de ser calificados de «activistas» o «ridículos».

Felizmente, Mónica Delgado, la reconocida crítica de cine y catedrática peruana, puso en evidencia el reduccionismo de Massanet. «Analizar el sesgo de género es una herramienta válida de análisis cultural. La crítica es un ámbito de libertad creativa también, así que escribimos de lo que nos plazca, sin limitaciones y sin que nadie nos diga sobre qué escribir o cómo debe ser escrito», fue su respuesta.

Ser testigos de este intercambio en pleno 2026, a puertas de la entrega del Oscar, fue una experiencia surreal (por no decir absurda o delirante), ya que llama la atención que el autor de por lo menos tres libros sobre películas o series descrea de la apertura y la permeabilidad como principios básicos para el desarrollo de la crítica, sea del campo que sea.

INDEPENDENCIA, SENSATEZ Y DIVERSIDAD

He mencionado al Oscar porque es desde su prisma —desde todo lo que implica o convoca a nivel social y mediático— de donde mejor se aprecia la transformación que se viene produciendo en el ámbito de la crítica de cine, cada vez menos adscrita a parámetros que hoy huelen a naftalina, y más inclinada a asimilar las repercusiones de los ya no tan recientes cambios de paradigmas culturales.

Son cambios que se hacen evidentes principalmente en el ámbito de los medios no tradicionales, donde ha florecido una generación de críticos (no necesariamente jóvenes) realmente autónomos y cuya independencia tiene tres pilares: su objetivo es simplemente manifestar sus puntos de vista de manera más o menos orgánica, sus contenidos no surgen por encargo o compromiso, y —lo más importante— sus herramientas de análisis son mucho más diversas y abarcadoras que las de sus predecesores.

De ahí que actualmente encontremos en las redes sociales mucha más enjundia y solidez, mucha más audacia y amplitud de miras, que en medios (impresos, televisión tradicional, webs que se desenvuelven como si estuviéramos a inicios de este milenio) en los que asoman, si es que no se imponen, la estolidez y el adocenamiento.

Eso explica, por ejemplo, que largometrajes tan singulares como Zona de interés, Tardes de soledad, Vi el brillo del televisor, Guerra civil, Aftersun, Moonage Daydream o Summer of Soul tuvieran en su momento en las redes sociales una acogida mucho más sensata y ponderada —y en consecuencia, fructífera— que en los medios tradicionales.

Eso explica también que la magnífica cosecha cinematográfica del año pasado haya sido una de las mejor espulgadas de los últimos tiempos. Títulos como El agente secreto, Fue solo un accidente, Una batalla tras otra, Marty Supreme, Valor sentimental, Hamnet o Sueños de trenes han pasado por una criba que hace solo una década hubiera sido impensable. 

Cada una de estas producciones ha sido explorada y sopesada desde todos los ángulos imaginables y por un público —críticos profesionales y aficionados, diletantes o simples espectadores— que por fuerza ofrece sobre las películas una visión diversa y diversificadora, un enfoque basado en la realidad mixta y simultánea que le ha tocado vivir.

UNA REALIDAD TRAS OTRA

¿A qué realidad me refiero? Pues a la que hace casi tres años motivó una respuesta mía a un amigo cinéfilo en la que intenté dar una idea de los presupuestos y parámetros que hoy debemos manejar para juzgar a un creador y a sus obras. 

«Quentin Tarantino es el maestro que es justamente porque encarna mejor que nadie al artista moderno. Es el representante perfecto del cine de estos tiempos, en el que todo está relacionado con todo, y en el que el pasado y el futuro parecen un eterno presente, porque todo parece suceder al mismo tiempo», escribí entonces.

Es la realidad que, para bien o para mal, impone la era de internet, en la que todos tenemos voz y voto, y donde las fronteras entre lo elevado y lo pedestre —entre lo profesional y lo amateur— son cada vez menos sólidas. 

Esta maleabilidad de categorías y conceptos es la que, por ejemplo, me ha permitido entender el inusitado alcance de producciones como Una batalla tras otra y El agente secreto: la primera es, en última instancia, la representación de la búsqueda de respuestas a interrogantes —a pulsiones y pasiones— que trascienden generaciones; y la segunda nace y muere como la reconstrucción de un pasado fraguado a la luz de lo mediático: el cine, la prensa escrita, la televisión y la radio como filtros que dan sentido a la existencia.

Recurriendo al cine de género (acción, aventura, fantasía, terror, etc.), estas películas retratan la realidad actual, apuntan a ella y la desbrozan, mejor que muchos ensayos o tratados académicos. Estas dos grandes obras son también la prueba de que el instinto y la creatividad pueden llegar a ser más reveladores y expresivos que la reflexión estandarizada y pasteurizada.

A MANERA DE CONCLUSIÓN

Como señalé en algún momento en otro medio, la crítica —proveniente de profesionales o aficionados— nos puede abrir puertas que siempre asumimos cerradas y terminar enriqueciendo nuestra experiencia como lectores o espectadores.

Para afirmar esto con cierta seguridad no es necesario ser crítico (de cine o de lo que fuera). No es requisito llevar la cuenta de la cantidad de premios recibidos por los films mencionados. Tampoco se necesita la aprobación de una Academia muy venida a menos. 

Basta con tener sentido común, cierta dosis de humildad y la inteligencia suficiente para comprender que, hoy más que nunca, nadie es dueño de la verdad ni tiene la potestad de descalificar a alguien por el mero hecho de atreverse a usar sus propios términos para opinar sobre algo. 

Porque es absurdo intentar coartar la libertad creativa, pretender encauzarla o domarla, y mucho menos si este afán proviene de personas que no entienden la realidad actual y andan extraviadas entre la egolatría y la necedad, gente que —digámoslo de una vez por todas— no se da cuenta del ridículo que hace.


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