Solo esperamos una cosa de Balcázar: que no haga nada
Ocho en diez años. Eso quiere decir que, en nuestro país, un presidente dura más o menos un año y tres meses en el cargo. Cuando vacaron a Pedro Pablo Kuczynski, es decir, cuando empezó este carrusel presidencial, los ciudadanos andábamos preocupados por ver quién sería el sucesor, seguíamos las noticias y estábamos dispuestos a marchar si nos encajaban por la fuerza a algún impresentable. Hoy el asunto ya no le importa a nadie. La presidencia de la República ha devenido en un cargo tan intrascendente que, cada vez que el puesto queda vacío, nos da lo mismo quién será el nuevo títere en Palacio de Gobierno. Es más, si no ponen a nadie, mejor.
Porque, vamos a decirlo: entre José María Balcázar y un florero, los peruanos nos hubiéramos quedado encantados con el florero. Este señor, que llegó al Congreso de la mano del prófugo Vladimir Cerrón, su íntimo amigo, acaba de inaugurar una categoría inédita en el panorama mundial: la de no presidente. No fue elegido por la ciudadanía, sino por 64 congresistas que, todos juntos, no llenarían un Metropolitano. No fue elegido producto de un consenso entre las fuerzas políticas, sino gracias a una componenda entre partidos mafiosos que solo actúan pensando en sus propios intereses. No ha hecho ningún mérito en su vida para alcanzar ese puesto; por el contrario, prácticamente dejó cada cargo que ocupó precedido de denuncias y acusaciones por gestiones fraudulentas. Fue investigado por presunto tráfico de influencias cuando fue vocal supremo; fue expulsado del Colegio de Abogados de Lambayeque por apropiarse de fondos de la institución y enfrenta una denuncia constitucional por presunto intercambio de favores con la exfiscal de la Nación Patricia Benavides. Y, como si no fuera suficiente, es un férreo defensor del matrimonio infantil porque, según su abominable moral, una niña de 14 años debe tener sexo con un adulto, porque eso la ayuda a madurar. ¿Qué les puedo decir que ustedes ya no hayan escuchado? Un asco, pues. Con esos antecedentes no lo dejarían ser repartidor de Rappi o chofer de Uber, pero para presidente le alcanza.
¿Cuál ha sido el cálculo político de quienes lo apoyaron para dejar a este impresentable a cargo del país los próximos cinco meses? Difícil entenderlo. Pero todo parece indicar que fueron varios factores: en primer lugar, la contrincante, Maricarmen Alva, no era precisamente una candidata de lujo. Sus formas, tan profundamente racistas y clasistas, asustaron a cierto sector más de derecha que no quería verla paseándose por el Perú ninguneando a todos los peruanos que no tienen casa en Eisha. Sus desplantes podrían haber terminado impactando candidaturas como la de Keiko y López Aliaga. Por otro lado, a la mafia universitaria de Jorge Luna y César Acuña le interesaba otra marioneta al mando, y ahí también ganaba Balcázar. Por último, apareció el siempre astuto Cerrón a mover sus hilos. De tanto mirarse el ombligo, lo que acaban de hacer los inútiles que están en el Congreso es poner en manos del candidato prófugo un arma secreta: el indulto de Pedro Castillo. Si el expresidente es liberado a tiempo, Perú Libre podrá pasearlo por el país como si se tratara de un héroe redimido y reciclarán el discurso de que Pedro Castillo nunca organizó un golpe de Estado, sino que fue una víctima de la derecha que le arrebató la presidencia. Y 1Vladimir Cerrón podrá venderse como el candidato que le devuelve al pueblo el voto que le fue saqueado.
Por supuesto, buena parte de este escenario depende de que el indulto se dé antes del 28 de julio. ¿Lo liberarán? Los especialistas señalan que es casi imposible, pero si algo hemos aprendido los peruanos es que la ley en nuestro país está hecha para torcerla. Cuando Balcázar dio sus primeras declaraciones con la banda presidencial puesta, dijo literalmente:
“No está en agenda lo de los indultos, quiero que entiendan eso. No está ningún tipo de indulto por el momento. Lo que yo sé es que el expresidente tiene un proceso penal, que siga su curso correspondiente. Nosotros estaremos atentos para que se cumplan los plazos”.
Muchos medios interpretaron estas palabras como un rechazo al indulto. En realidad, pueden ser interpretadas como lo contrario. Primera clave: “no está en agenda”. Es decir, no hoy. Pero podría estar mañana. Segunda clave: “por el momento”. La frase favorita de todo político que quiere dejar abierta una puerta sin asumir el costo de cruzarla. Tercera clave: “estaremos atentos a que se cumplan los plazos”. Traducción política: si el Poder Judicial se demora o tropieza, el Ejecutivo podría alegar razones humanitarias o procesales para intervenir. No sé si lo siguiente sirva para una gracia o indulto, pero, ni bien empezado el juicio contra Pedro Castillo, su abogado —que ya presentó formalmente el pedido de indulto— argumentó que la denuncia constitucional que hizo posible su juzgamiento fue presentada fuera de plazo y sin cumplir los requisitos que exige el procedimiento parlamentario. Excusas las tienen, y si no les alcanzan, posiblemente se las inventarán.
Obviamente, estamos en el terreno de las especulaciones, pero hay que reconocer que ahí vivimos desde hace casi diez años. Desde que la precariedad institucional se apoderó de nuestro país, sobre todo de la presidencia, nos hemos acostumbrado a vivir sin predictibilidad, sin poder imaginarnos un futuro, sin saber de qué otra señal de desprecio seremos víctimas. Los peruanos estamos agotados y hastiados. Queremos seguir con nuestras vidas sin tener que pensar, todo el tiempo, que mientras la inseguridad nos mata, la falta de educación de calidad nos sepulta y la falta de salud pública eficiente nos condena, una sarta de violadores, pederastas, corruptos y sinvergüenzas se sigue repartiendo la torta del poder para su propio beneficio. Es triste decirlo, pero lo mejor que nos podría pasar en estos cinco meses, repito, es que el no presidente que habita Palacio se dedique, con ahínco y esfuerzo, a no hacer nada. Puede hacer de florero, palmera o mesita de café; cualquiera nos parece bien.
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