¿Cuántos árboles tienes cerca?


En el Día del Árbol, pensemos en cuánto bienestar perdemos debido a su ausencia


Durante mi breve paso como burócrata municipal, cuando me tocó liderar la agenda verde de nuestra gris capital, Lima, rara vez metía las manos en la tierra. Lo hacía en ocasiones puntuales: la plantación de árboles junto a algún alcalde, la inauguración de un parque, las fotos con la lampa junto a autoridades y dirigentes. Pasaba la mayor parte del tiempo entre tareas organizativas y administrativas, por eso disfrutaba con especial intensidad aquellos pequeños instantes de contacto directo con el suelo. 

Cada vez que hundía la lampa, que removía la tierra con las manos, que la mezclaba cuidadosamente con el compost resbaladizo, que desnudaba el pan de tierra que envolvía las raíces del plantón y acomodaba al ser vegetal en su nuevo hogar, sentía una descarga de alegría. Más tarde comprendería que aquella felicidad provenía de un inusual instante de conexión profunda con el mundo natural. Los psicólogos especializados en ese campo describirían mi experiencia como una combinación de oportunidad (exposición a la naturaleza) y orientación (afinidad con ella).

Niños y abuelas se sumaban felices a las plantaciones, junto a personajes entrañables de la vida urbana: alguna autoridad sensible —pocas—, periodistas inspirados, actores, músicos locales, e incluso chamanes que ofrecían un pago a la tierra. Descubrí que los árboles tenían magnetismo y la virtud de reunirnos. Llegamos a plantar y georreferenciar —una novedad para la época— más de 540 mil árboles en toda Lima, luego de capacitar a cientos de organizaciones vecinales y colectivos que los “adoptaron”, para cuidarlos. Un “arbolómetro” instalado en la Vía Expresa del Paseo de la República  informaba de los avances y celebraba el esfuerzo común.

Fue una gesta genuina, liderada por un grupo de jóvenes forestales que hoy trabajan en distintas gerencias municipales de los distritos de Lima. Muchos siguen en la tarea. Diez años después, al subir a los cerros de Independencia y encontrar allí algunos molles serranos creciendo con fuerza, sentí que el esfuerzo había valido la pena: las plantaciones habían echado raíces también en la memoria de la ciudad. “Es un molle que adoptamos hace diez años”, me comentó el vecino Inocencio, contagiándome su emoción.

Siempre tuve afinidad con los seres vegetales, pero fue en aquellos años cuando la relación se volvió íntima. Caminaba por la ciudad mirándolos con una nueva atención: me regocijaba con la abundancia verde en las calles y parques de Miraflores, San Isidro o San Borja; celebraba los árboles, escasos pero vigorosos, en los parques asfixiados de Lince o Jesús María, o en los oasis de los parques zonales de Comas y Villa El Salvador. Al mismo tiempo, me sobrecogía la visión de los cerros rocosos, ocres y desnudos, ocupados por filas infinitas de casitas autoconstruidas, frágiles en su precariedad ecológica y urbana. ¿Cómo volver verde esta ciudad?, me preguntaba.

A veces, la desolación de esas laderas interminables me apagaba el entusiasmo. Pero la pasión de los vecinos, que, incluso en los cerros más áridos, intentaban levantar un jardín, plantar un árbol o crear una huerta, me devolvía la motivación. Con el Programa de Agricultura Urbana creamos más de mil huertos en los barrios más vulnerables, y fue entonces cuando imaginamos los “parques lomas”: grandes jardines efímeros de la periferia que, hechos de lomas costeras, podían ofrecer un respiro de naturaleza a los habitantes locales. Verdes en invierno y áridos en verano, eran parques fugaces, breves, pero dignos en su belleza única y temporal. Hoy, más de 13 mil hectáreas en el Área de Conservación Regional Lomas de Lima se protegen —con enormes desafíos— del tráfico de tierras, las invasiones y los atropellos urbanos.

Desde entonces no concibo mi vida sin esa conexión verde y vital. Y me pregunto: ¿cómo podemos sobrevivir en la jungla urbana sin gozar del verde y hundir las manos en la tierra? 

La desconexión con la naturaleza y con los árboles se está convirtiendo en una patología de nuestros tiempos. En un planeta cada vez más urbano y urbanizado, niños y adultos estamos muy alejados del mundo natural, y nos volvemos insensibles tanto a sus tragedias como a sus bellezas. Un estudio del investigador inglés Miles Richardson, de la Escuela de Psicología de la Universidad de Derby, midió la pérdida de naturaleza en la vida de las personas entre 1800 y 2020 utilizando datos sobre urbanización y flora/fauna en los barrios. Reveló que la conexión humana con la naturaleza ya ha disminuido un 60 % en 200 años. Su modelo proyecta que, si no tomamos medidas drásticas, la desconexión seguirá aumentando: un fenómeno conocido como “extinción de la experiencia”.

Numerosos estudios confirman que alejarnos del mundo natural afecta nuestra salud y bienestar, y también crea desapego, desanimando las emociones, actitudes y comportamientos positivos hacia el medio ambiente. ¿Un síntoma? Desde 1950, las palabras relacionadas al mundo natural, como “río”, “árbol”, “montaña” o “líquenes” han ido desapareciendo de diversos productos culturales, incluyendo las novelas, las canciones y los guiones cinematográficos. En un mundo cada vez más urbano, necesitamos revertir esta tendencia si no queremos perder la experiencia vital que la naturaleza nos ofrece. Las ciudades del futuro deberán estar completamente cubiertas de plantas y árboles, tendremos que defender la intangibilidad de los ecosistemas urbanos y periurbanos —como las lomas costeras— y será necesario multiplicar las experiencias concretas con la naturaleza: crear huertas, avistar fauna urbana, plantar, identificar insectos, recolectar semillas, hacer compost en casa, cuidar mariposas y polinizadores,  visitar humedales y riberas, reconocer árboles patrimoniales de la ciudad, o simplemente caminar descalzos sobre el pasto para volver a sentir la tierra.

Hoy, lunes 1 de setiembre, es el Día del Árbol: una oportunidad para empezar tu propia intimidad con la naturaleza. Súmate a las plantaciones en tu ciudad, al paseo entre árboles en el pulmoncito verde de Villa El Salvador o al avistamiento de aves urbanas en Pueblo Libre. O, si prefieres el debate, conecta con la comunidad de forestales urbanos en el webinar sobre árboles patrimoniales.

Planta, observa, toca, respira. Un gesto sencillo con la naturaleza urbana puede cambiar la forma en que ves —y vives— toda la ciudad.


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