La paradoja de las economistas peruanas


¿Por qué hay más estudiantes mujeres cada año, pero menos mujeres docentes?


Imaginen una carrera universitaria donde el número de estudiantes mujeres crece significativamente año tras año, pero la proporción de profesoras permanece congelada en el tiempo. Esta paradoja no es ficción: es la realidad de los departamentos de Economía en el Perú, donde apenas el 13 % de los docentes son mujeres, una cifra que se mantuvo inmóvil entre 1996 y 2010, a pesar de que las estudiantes mujeres aumentaron de 35 % a 43 % en el mismo período.

Antes de la pandemia, Erika Busse y yo realizamos un estudio en el marco de las actividades de un colectivo llamado Grupo Sofía. A través de entrevistas con 24 docentes de universidades públicas y privadas de Lima, Arequipa y Piura, el estudio reveló que mientras las formas abiertas de discriminación han disminuido, han emergido barreras más sutiles pero igualmente efectivas para mantener a la Economía como un bastión masculino en la academia peruana.

El hallazgo más revelador es la invisibilidad misma del problema. La mayoría de los profesores hombres entrevistados negó categóricamente la existencia de discriminación: «Aquí no hay disparidad de género, tienen todas la misma oportunidad», afirmaba uno de ellos. Sin embargo, las profesoras narran una historia diferente. Describen reuniones estratégicas en las que los jefes de departamento capacitan informalmente a futuros líderes en espacios de los que ellas están sistemáticamente excluidas. Mencionan debates académicos que valoran la agresividad y la interrupción constante, estilos que terminan silenciando voces alternativas. Señalan una cultura que celebra las consultorías que requieren viajar, asumiendo que todos los docentes tienen completa disponibilidad para ausentarse.

Quizás más preocupante es cómo tanto hombres como mujeres tienden a explicar la baja participación femenina como resultado de elecciones personales. «Las mujeres le tienen miedo porque es más numérico», comentaba una profesora, naturalizando una supuesta incapacidad femenina para las matemáticas. «Los hombres son más avezados, mientras que las damas son más tímidas», afirmaba un profesor, convirtiendo desigualdades estructurales en rasgos de personalidad. Esta narrativa individualiza un problema colectivo y desvía la atención de las condiciones institucionales que perpetúan la inequidad.

La investigación también descubrió que 20 de los 24 docentes entrevistados se graduaron de la universidad en la que ahora enseñan. Esta práctica de contratar exalumnos, justificada como «amor a la camiseta», reproduce la cultura organizacional existente, incluidas sus prácticas discriminatorias. En universidades públicas, las profesoras reportan que las plazas se reparten entre redes políticas: «Sí existe un concurso, pero se la dan a sus amigos».

Paradójicamente, algunos intentos por aumentar la presencia femenina han generado efectos contraproducentes. Docentes mujeres reportan haber sido contratadas explícitamente «por un tema de género» para cumplir requisitos de acreditación, lo que las convierte en símbolos más que en colegas, estigmatizando sus calificaciones y generando cuestionamientos constantes sobre su legitimidad académica.

Además, persisten estereotipos que canalizan a las profesoras hacia roles específicos. «Las mujeres son buenas para conciliar, son más organizadas», decía un profesor, mientras otro explicaba cómo orientó a una colega «a realizar trabajos con estudiantes por el factor humano». Esta feminización del trabajo de cuidado académico, comisiones estudiantiles, mentoría y gestión de crisis, deja menos tiempo para investigación y publicación, precisamente los criterios que determinan las promociones.

Los datos censales complementan este panorama cualitativo: en Arequipa, ninguna de las dos universidades estudiadas contaba con una sola docente mujer nombrada en Economía, según los datos del Censo Universitario de 2010. A nivel nacional, solo economistas hombres ocuparon rectorados y vicerrectorados tanto en 1996 como en 2010. Las profesoras están concentradas en los escalones salariales más bajos y tienen acceso mínimo a cargos de autoridad.

La investigación concluye con una advertencia: la expectativa de que el cambio ocurrirá «naturalmente» por el aumento de estudiantes mujeres es una ilusión peligrosa. Se requieren políticas institucionales explícitas, transparencia en procesos de nombramiento, diversificación en contratación, redistribución equitativa del trabajo de cuidado académico y programas formales de mentoría. Como señalan las autoras: «Culturas, estructuras y barreras cambiarán solamente si somos lideresas de esos cambios». El desafío está planteado.


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