Lo que aprendes cuando te apuntan con una pistola en la cabeza
No eres la misma persona después de haber estado diez minutos con un arma apuntándote en la cabeza. No amaneces con la misma energía, no te acompaña la misma confianza. Ha pasado una semana del asalto. Sueñas con ellos. Dos sujetos, que solo muestran los ojos. Un par de miradas que transitan del miedo a la furia, del nerviosismo al odio. Sus voces, a gritos, parcialmente atenuadas por una bandana que les cubre la boca, dan órdenes, también insultan. Sus manos palpan para jalonear culaquier cosa que pareciera tener algún valor. La medalla de oro. El smartwatch. Los audífonos. ¡Sácate los aretes! ¡Son de Temu! ¡Sácatelos, carajo! Todo arranchado a gritos mientras desbloquean el teléfono, los aplicativos bancarios, las redes sociales. Pon tu clave. Te tiemblan las manos. Pon tu cara. Te están dando náuseas. Están violando esa vida digital que tienes en el celular que es más real que la real.
Baja el arma por favor. Cállate conchatumadre. Tranquilízate. Te he dicho que te calles, carajo. ¿Tú celular? No lo tengo. Sus manos en tus muslos. El celular descubierto. Los gritos. El arma, otra vez el arma, en tu cabeza. Los segundos interminables. Eternos. Parados contra una reja, en una calle sola y más oscura que nunca, despojados de la fe en el otro.
Una enfermedad mortal te recuerda que eres frágil, que te puedes morir en cualquier momento. Un asalto a mano armada te enseña que alguien, no algo, te puede arrebatar la vida, ejerciendo el enloquecido poder que la maldad le otorga. Sabes que no hay un ápice de racionalidad en sus acciones y que bastará una mala respuesta, un ataque de frustración por no conseguir lo que quieren para que te metan un tiro. Miran, apuntan, gritan, encañonan. Miran, apuntan, gritan, encañonan. Una y otra vez. Estás en un loop mortal y las cientos de noticias sobre peruanos asesinados en la vía pública por no pagar cupos, por no soltar el celular o por nada especial, te invaden. Respiras. Tratas de controlar la respiración, siempre con la mirada en el suelo para que no se sientan desafiados.
Tu alrededor se mueve en cámara lenta. Los sentidos aletargados por el estrés —¿o será un mecanismo de defensa?— se ponen en modo ahorro de energía y contemplas el mundo, ese que no estás segura si volverás a ver, como si tuvieras la cabeza zambullida bajo el agua. ¿Por qué nos hacen esto?, le escucho preguntar a mi pareja y otra vez el arma rastrillada, en la cabeza. Y entonces suplicas. Y rezas porque quieres volver a ver a tu hijo. No quieres morir tirada en una vereda. No quieres que tu hijo salga a reconocer los cadáveres.
Han pasado diez minutos y ya nada es igual. Una pistola en el pecho te ha enseñado algo que creías saber, pero no tenías idea: lo que significa que alguien, al que no le has hecho nada, esté dispuesto a quitarte todo lo que es importante, lo que no se compra, lo que no cubre el seguro. Entiendes el horror que significa que otro ser humano se arrogue el derecho de terminar con tu vida.
Retomas el camino, pero cargas con nuevos pasajeros: aúpas un temor en tu espalda y ya no tienes cómo sacarte los lentes de la desconfianza con los que ahora transitas. Tu vida ha cambiado en diez minutos. La muerte en un asalto ya no es algo que les ocurre a los demás. Puede pasarte a ti, a la vuelta de tu casa, una noche de viernes. Acabas de descubrir que a ti también te pueden encajar una bala mientras el terror, la impotencia y la humillación se apoderan de lo que te queda de existencia.
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