Amnesia de izquierda


La normalización de que el pasado solo fue violencia


Lenin Lozano Guzmán es doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Pennsylvania, magíster por la Universidad Wisconsin-Madison, y egresado de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su investigación y enseñanza se enfocan en las culturas y literaturas andinas, estudios de la memoria y los realismos periféricos.


Enzo Traverso, en su fundamental libro de historia Melancolía de izquierda (2016), analiza cómo la izquierda contemporánea vive sumida en una melancolía permanente: un lamento por la caída de las utopías comunistas. Esto produjo, entre diversos efectos, un desplazamiento de los ideales asociados al proyecto colectivo de transformación social hacia el privilegio de las memorias, particularmente aquellas leídas como las verdades de las víctimas.

En el caso peruano, resulta curiosa la búsqueda de nuestra propia melancolía de izquierda, si tomamos en cuenta que cada cultura se inserta de forma singular en el devenir histórico. Quizá —de forma fatalista— debamos reconocer, desde la izquierda, que nunca pasamos por ese proceso de duelo y que, en realidad, vivimos inmersos en una continua amnesia. A diferencia de otros países de la región, nuestra sociedad se niega a reconocer el pasado, sea como una época de utopías (y distopías) revolucionarias o como un periodo de víctimas y victimarios; simplemente vivimos en un presentismo donde el pasado está completamente vaciado de sentido o, más precisamente, de sentido histórico.

Hoy asistimos al caso de la editorial Achawata: la reciente censura, durante la Feria del Libro de Lima 2025, de la presentación del libro Revolución en los Andes, de Víctor Polay —exlíder del MRTA—, sumada a la apertura de una investigación preliminar por parte de la DIRCOTE contra los miembros de la editorial que publicaron esta reedición, demuestra la ausencia de una reflexión crítica en el espacio público como la que reclamaba Traverso. Adicionalmente, se produjo una intervención policial contra el stand editorial de Achawata en dicha feria.

Estos hechos revelan no solo un atropello legal, sino una clara maniobra de intimidación. La editorial, que ha construido una reputación de rigurosidad en ciencias sociales y humanas, ha publicado más de sesenta libros, incluidos textos de Haya de la Torre, Antenor Orrego, Flora Tristán, Magda Portal, así como testimonios del líder campesino Saturnino Huillca y la partera Marcelina Núñez. En ese mismo ánimo historiográfico, y de manera completamente legal, decidieron publicar el testimonio de Polay, un ejercicio editorial habitual en países vecinos como Chile o Argentina tras sus propios periodos de violencia. La intervención policial y la censura no solo son injustificadas, sino que constituyen un acto de amedrentamiento contra una editorial que ha dejado claro en más de una oportunidad que esta publicación no constituye apología de la violencia, sino que debe leerse como un documento histórico.

A raíz de ello, me resulta imposible no preguntarme cuántas veces seguirán ocurriendo situaciones de este tipo. Al mismo tiempo, me cuestiono cuál es el rol de la esfera intelectual y académica frente a estos atropellos, más allá de emitir comunicados solidarios que, por desgracia, aparecen (o aparecerán) en momentos mucho más graves, como el que atraviesa actualmente Achawata.

En parte, desde el ámbito académico-intelectual se ha encuadrado la conversación sobre el Conflicto Armado Interno (1980–2000) bajo una lógica que normaliza la idea de que el pasado solo fue una época de horror, sin espacio para una reflexión más compleja y crítica. A partir de ello, el gobierno actual de Dina Boluarte —y los precedentes— han abierto distintos procesos judiciales con el objetivo de perseguir los fantasmas que emergen de esa narrativa del terror. En el mejor de los casos, las voces que no se han visto directamente perjudicadas han sido aquellas que se presentan o son presentadas, como víctimas ejemplares, reducidas a un rol pasivo y desprovistas de contradicciones.

Por eso, necesitamos reconocer la importancia de visibilizar las distintas voces en torno al Conflicto Armado Interno, pero también debemos profundizar en el tema para que nuestro pasado no se reduzca a una acumulación de relatos sobre la violencia sufrida u ocasionada. Más bien, debe entenderse como una época que resuena activamente en el presente, como parte del debate sobre la construcción de una sociedad más justa y con miras a una renovación política.

Desde la sociedad civil y en un contexto de una frágil democracia, hemos permitido que sean las fuerzas del orden quienes determinen qué actores sociales pueden hablar sobre el pasado, o peor aún, bajo qué términos pueden hacerlo. Por tanto, quizá ya sea tiempo de repensar otro modo de abordar nuestra historia. De esta manera, proyectos editoriales como los de Achawata, en lugar de lidiar con censuras o penosos procesos judiciales, podrían concentrarse en su objetivo real: enriquecer nuestra mirada sobre el pasado. En un mundo paralelo, estaríamos enfocados en discutir la relevancia o no del libro de Polay en el debate público o académico, en vez de conformarnos con abogar por la libertad de expresión, cuyo único efecto real es la acumulación inercial de voces heterogéneas sobre el pasado, pero sin injerencia concreta en el presente; un presente que se aleja cada vez más de la democracia en su sentido liberal, y que además imposibilita cualquier horizonte emancipador.

Acciones como las de Achawata deben ayudarnos a abrir el camino, como lo sugeriría Traverso, para pasar —por fin— de la amnesia hacia una melancolía crítica.


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