¿Qué futuro vamos a cosechar?


La agricultura que merecemos también se decide en las urnas


Mi amigo Francesco es agricultor de novena generación. Heredó la finca de su abuelo y, desde que se graduó como técnico agrícola, puso literalmente las manos en la tierra. Durante más de veinte años honró la tradición familiar, exprimiendo el suelo para sostener su productividad. Como la mayoría de agricultores de su entorno, utilizó todas las herramientas que le enseñaron en la facultad de Agronomía y que el propio mercado de insumos promovía: tractores y maquinaria para labrar intensivamente el suelo; glifosato y otros pesticidas para eliminar “malas hierbas” y plagas; fertilizantes y compuestos químicos para devolver a la tierra los nutrientes que ya no podía ofrecer por sí sola. 

Año tras año, repitió las mismas prácticas. Las que había aprendido de su padre y de su abuelo. Las que le habían enseñado el camino correcto. Hasta que algo empezó a incomodarle y comenzó a hacerse preguntas. Sobre la vida en el suelo. Sobre el río que pasaba, silencioso, en el límite de su fundo. Sobre la calidad de los alimentos que producía. 

El punto de quiebre llegó con el nacimiento de su hija. Cada vez que aplicaba veneno en el campo se sentía incómodo: más aún cuando, antes de regresar a casa, tenía que frotarse intensamente las manos bajo el lavadero para eliminar cualquier residuo químico. ¿Acaso no existía una forma más sana, libre de químicos, de producir? Si seguía haciendo lo mismo, ¿qué tipo de tierra, qué río, qué alimentos, qué futuro le estaba dejando a su hija?

A pesar de la resistencia de su padre y abuelo, comenzó a introducir pequeños cambios en su parcela. Incorporó ovejas para pastar las hierbas y fertilizar la tierra; eliminó los insumos químicos; sembró flores y leguminosas para atraer polinizadores y devolver fertilidad al suelo; estableció cubiertas vegetales para retener el agua y generar materia orgánica; instaló un huerto agroforestal cercano para producir sus propias frutas y hortalizas; y dejó de labrar.

La transición tomó tiempo y no fue sencilla, pero en pocos años comenzaron a verse los resultados: dejó de gastar en insumos químicos y en combustible para el arado (¿cuánto ahorra hoy con el precio del petróleo en las nubes?); el suelo se llenó de vida microscópica; la finca se convirtió en un imán para abejas y mariquitas; y la productividad aumentó, junto con sus ingresos.

La historia de Francesco, convertido en exitoso agricultor y consultor de la agricultura regenerativa, es la historia de cada vez más agricultores que están cuestionando un modelo agrícola que durante décadas los empujó a producir cada vez más, dependiendo más y más de insumos externos, mientras los suelos se empobrecen, los alimentos se vacían de nutrientes y los ecosistemas se intoxican. 

Es la historia también de Sikkim, una región pequeña y montañosa de la India, casi un Perú en miniatura, que en 2003 lanzó su “Misión Orgánica” y empezó a cambiar el modelo agrícola para que toda la producción fuera orgánica. Allí, hoy se producen cereales como maíz, arroz, trigo y cebada; especias como cardamomo, jengibre y cúrcuma; frutas, hortalizas y té orgánico que se exportan al mundo. 

Incentivados por el Estado, los agricultores abandonaron los fertilizantes químicos y los pesticidas sintéticos, empezaron a producir y aplicar sus propios fertilizantes orgánicos, recolectaron, conservaron e intercambiaron semillas ecológicas, mientras recibían capacitación y asistencia técnica para transitar a una agricultura más sana. La Misión Orgánica alcanzó a más de 66.000 agricultores y a casi 80 mil hectáreas de tierras productivas, que recibieron certificación orgánica oficial. La reputación orgánica también impulsó el ecoturismo y fortaleció los mercados para productos sanos. Desde uno de los estados más pobres de la India, Sikkim se convirtió en uno de los más prósperos, y en 2018 recibió el Premio de Oro a las Políticas con Visión de Futuro por parte de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) de Naciones Unidas.  

Hoy, en medio de una nueva campaña electoral que definirá, en buena medida, el futuro de nuestro país, historias como la de Francesco y de Sikkim, nos obligan a hacernos una pregunta urgente: ¿qué modelo de agricultura queremos promover como país?

Durante décadas, el debate público ha puesto el foco en la expansión sin límites, en la agroexportación y en el crecimiento a cualquier costo. Si nos hemos liberado de los organismos genéticamente modificados (OGM) y de sobredosis de glifosato, ha sido gracias a moratorias temporáneas y a la presión sostenida de algunos agricultores, organizaciones como la Red de Agricultura Ecológica (RAE) y la Asociación Nacional de Productores Ecológicos (ANPE), y chefs sensibles que han defendido la biodiversidad y la calidad de los alimentos.

Pero cada vez es más evidente que no puede haber desarrollo duradero si se degradan los suelos, se contaminan los ríos y se compromete la salud de las personas. La compensación de más de 10.000 millones de dólares ya pagada a miles de agricultores por Bayer, fabricante de glifosato, por su vinculación con el linfoma no Hodgkin (un cáncer de la sangre), es un recordatorio de los costos ocultos —ambientales, sanitarios y económicos— de un modelo agrícola que durante décadas se consideró incuestionable y que hoy se cuestiona cada vez más.

El verdadero desafío no es producir más, sino producir mejor. Y eso implica repensar los incentivos, la asistencia técnica, el acceso a mercados y el rol del Estado en la transición hacia una agricultura que regenere el suelo, el agua y los ecosistemas, en lugar de agotarlos y contaminarlos. Como hizo Sikkim en la India.

En esta campaña, más allá de discursos gaseosos, valdría la pena escuchar propuestas concretas: ¿quiénes están apostando por una agricultura regenerativa?, ¿por suelos vivos?, ¿por alimentos sanos?, ¿por agricultores menos dependientes de insumos externos y más resilientes frente a crisis climáticas y económicas?

Porque, en el fondo, la pregunta que se hizo Francesco sigue vigente, pero ahora es colectiva: si seguimos haciendo lo mismo, ¿qué tipo de tierra, qué ríos, qué alimentos, qué futuro le estamos dejando al Perú? Esta respuesta no está solo en el campo. Está también en las decisiones que tomamos en las urnas.


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