El trimestre de hacer presupuestos 


Algunas consideraciones para planificar el 2027 y un gran enigma por resolver 


Ustedes, lectores de este espacio, saben que, a diferencia del sector público, que en enero y febrero empieza a preparar el presupuesto del año siguiente, las empresas privadas dedican el último trimestre a elaborarlo y aprobarlo. Por eso pesa tanto la información que ya se tiene disponible entre octubre y diciembre: una guerra que estalla en marzo afecta los planes de manera muy distinta que una que estalla en noviembre. Y por eso también importan tanto los anuncios de las autoridades responsables de la macroeconomía sobre cómo cerrará el año y cómo se espera que se desarrolle el siguiente.

Es un ejercicio que se repite cada año, pero hay años en que se hace en medio de muchísima incertidumbre, y 2026 es uno de ellos. Durante el primer semestre, la incertidumbre en Perú fue sobre todo política y se extendió hasta junio, cuando concluyó la segunda vuelta presidencial. Para el sector privado se abrió entonces una gran esperanza: al menos dejaríamos de cambiar de presidente al ritmo al que lo hicimos en los últimos diez años. Las expectativas de los empresarios privados mejoraron.

Casi al mismo tiempo, sin embargo, se confirmaron los pronósticos más duros de los especialistas en climatología y meteorología sobre El Niño. Si a ello se suman las demoras para que el Ejecutivo construya una relación fluida con el Congreso y sus dos cámaras, y en adoptar medidas que reafirmen la confianza ganada con los resultados electorales, la coyuntura se vuelve muy complicada. Los gobiernos anteriores no dieron prioridad a enfrentar El Niño para minimizar la afectación de la infraestructura y, con ella, la de la vida de las personas. Hoy pagamos esa omisión. Así, quienes somos parte del sector privado —yo también lo soy, por cierto— tenemos que hacer presupuestos cuando prácticamente domina la incertidumbre.

En ese contexto, el ministro de Economía y Finanzas explicó la semana pasada que su sector no esperará la contracción que traerán los desastres, sino que implementará desde ya un paquete contracíclico: el compromiso de destinar recursos para que las entidades públicas los gasten, estimulen la demanda, sostengan el empleo y mantengan en funcionamiento sectores como la construcción y el consumo privado. El anuncio ha generado algo de confianza, pero algunos analistas se preguntan qué tan viable será ejecutarlo si buena parte de ese gasto pasará por gobiernos regionales y locales cuyas autoridades cambiarán justo en el peor momento de El Niño, es decir, el 1° de enero de 2027.

A ello se suma un contexto internacional de tasas de interés al alza y, en el Perú, la expectativa de que ocurran al menos un par de subidas de la tasa de referencia de la política monetaria debido al efecto de El Niño sobre la inflación. Hay quienes dudan de que esa sea la herramienta adecuada para controlar una inflación que proviene de un shock interno, la destrucción de infraestructura y el efecto de escasez directa de alimentos por una agricultura o con demasiada agua (en el norte del Perú) o absolutamente insuficiente (en el sur). Lo que el Banco Central buscará, en todo caso, es mantener ancladas las expectativas, y eso es lo más importante. 

Con el Banco Central cuidando las expectativas y el Ministerio de Economía prometiendo gasto, a las empresas que hoy cierran sus presupuestos les queda ahora una pregunta que nadie ha respondido todavía: ¿podrá un Estado con autoridades recién llegadas, y en plena emergencia, gastar a tiempo lo que promete?


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