Los negativos perdidos


Una visita a Chicago que terminó con un “souvenir” inesperado


Esta semana tuve la suerte de coincidir en Estados Unidos con el Festival de Cine de Chicago. La docena de películas que vi se me presentaron al azar, según mi itinerario y la disponibilidad, y en ese muestrario ocasional pude notar que el celuloide de 16 mm se ha convertido en un formato muy utilizado —estaba en la mitad de las obras que vi—, algo aparentemente contraintuitivo en estos tiempos de desarrollo digital. Luego me enteré, por declaraciones de algunos de sus directores, que lo que más les gustaba de ese medio es que no puede ser manipulado de manera digital, ni creado con inteligencia artificial.

Es cierto, además, que el celuloide tiene un grano y una posibilidad de mostrar el color y la luz que lo digital achata; hay una mayor posibilidad de jugar con los formatos en cuanto al ratio de la imagen en la pantalla, y la imperfección misma se convierte en parte de la apuesta. El formato de 16 mm es, además, mucho menos caro que el celuloide 35 mm, al que pueden aspirar cineastas con mayor presupuesto, y ya ni hablar del prohibitivo formato de 70 mm que solo alguien como Nolan se puede costear.

También noté que lo autobiográfico y semidocumental —o docuficcional— está ganando cada vez mayor espacio en el cine de autor. Por lo menos, cuatro de las doce películas que vi jugaban con esta distinción y buscaban reconstruir el pasado reflexionando sobre la relación entre la memoria personal y colectiva.

La cinta de la alemana Katharina Rivilis Me habré ido en junio trata sobre una estudiante de intercambio en el pueblo de Las Cruces, Nuevo México, el año que cayeron las Torres Gemelas. La cinta, inspirada en gran medida en una experiencia personal, presenta una reflexión sobre el crecimiento y el recuerdo, y la relación entre el espacio y los personajes que lo habitan.

Algo similar exploran Rainer Frimmel y Tizza Covi en El hombre más solo del pueblo, donde retratan la vida del cantante de rock y blues Al Cook, en su Viena natal. Este fanático de Elvis vive rodeado de memorabilia, discos y instrumentos musicales, además de cintas y películas de todos los conciertos que ha dado. La película juega un poco con la relación entre la realidad y la ficción para hacernos pensar en lo que significa una vida bien vivida, en la importancia de perseguir los sueños, en el paso del tiempo, y es una suerte de carta de amor a una ciudad que inexorablemente cambia.

Ambas películas entremezclan imágenes grabadas en otros momentos y para otros fines, ya sea de George W. Bush dando discursos tras la caída de las torres, o de un Al Cook unos cuarenta años antes. Pero es quizás La chica de la Leica, la cinta de Alina Marazzi, la que lleva este recurso a sus últimas consecuencias en su biopic sobre la fotógrafa de guerra Gerda Taro. Lo que logra Marazzi al juntar las imágenes en 16 mm que ha creado en este momento imaginando un día en la vida de la judía alemana refugiada en Paris, con películas grabadas en la Europa de los años treinta, además de las fotos tan famosas que tomó Taro de la Guerra Civil Española, es extremadamente sobrecogedor.

Poco a poco va apareciendo la historia de la joven que, luego de dejar Leipzig tras el ascenso de Hitler con unos cuantos amigos comunistas y judíos, termina involucrada con el fotógrafo húngaro y también judío Endre Ernö Friedmann, el primero en fotografiar a Trotsky. Vemos cómo Gerda y Endre se enamoran, aprenden a tomar fotos y cómo crean en conjunto al mítico fotógrafo de guerra, Robert Capa. La película trae a la vida un momento particular de Europa y a los jóvenes que buscan luchar contra el fascismo con la cámara fotográfica, la única arma que poseen. 

Hasta hace unos veinte años era poco lo que se sabía realmente de las imágenes de Gerda Taro; primero porque, al inicio, ella y Friedmann presentaban todo su trabajo como si fuese el de Robert Capa, al que le inventaron una biografía de americano seductor para vender más fotos y no ser vistos como refugiados de Europa del Este. Pero la situación del legado de Gerda se complicó porque murió en España en 1937 y por sesenta años tanto sus negativos y los de Capa (que se convirtió finalmente en el nombre de Friedmann) y su otro colaborador David “Chim” Seymor estuvieron perdidos en una maleta.

Con los nazis a las puertas de París, su asistente, el húngaro Emérico Weisz (Csiki), guardó los negativos en unas cajas rotuladas al detalle, los metió en una mochila, los llevó hasta Burdeos en bicicleta y se los encargó a un chileno. En 1995 las maletas aparecieron intactas en Ciudad de México, a dos cuadras de donde Csiki vivió el resto de su vida, sin tener idea. Los negativos no se descubrieron hasta después de la muerte del oficial consular mexicano que las cuidó. El fantástico documental La maleta mexicana explora esta historia y su importancia para España, y aquí está el enlace. 

La aparición de ese material hizo posible saber qué fotos había tomado Gerda Taro y cuáles eran las de Capa, porque usaban formatos diferentes. Al igual que Taro, Capa y Seymour murieron cubriendo guerras. Y lo que logra esta nueva película al mezclar la ficción con lo documental es ayudarnos a pensar en la importancia de la imagen en el contexto de guerra. 

Nos ayuda también a pensar en cómo las fotografías congelan para siempre un momento y, como escribió Susan Sontag, nos interpelan al recordarnos que nuestro tiempo es finito. Taro tomó estas fotos para denunciar lo que sucedía en España y hoy, casi noventa años después, esos momentos congelados siguen vivos. Entre las imágenes fijas de las fotos y las que tienen el movimiento del cine, nos llevan a viajar vívidamente a un tiempo cuya impronta hoy importa más que nunca.


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