De cómo un cáncer en el peor momento me devolvió las ganas de quedarme
A octubre le dicen el mes rosa porque es el momento para recordar que una de las principales causas de muerte de las mujeres es el cáncer de mama. Cada minuto, cuatro mujeres son diagnosticadas con este cáncer en el mundo, y una muere por la enfermedad. En esta suerte de ruleta rusa, a mí me tocó la bala. Era febrero de 2024, hacía mucho calor —no tanto como ahora—, estaba a punto de celebrar mi cumpleaños número 54, y el diagnóstico llegó con la frialdad y los tecnicismos con los que se anuncian los desastres médicos: cáncer de mama luminal A. Había que operar y determinar el tratamiento. Esa fue la explicación del médico; no había cómo edulcorarla: mi teta izquierda era una bomba de tiempo, había que neutralizarla.
Me cuesta recordar lo que pensé en esos momentos; no tengo una idea clara de lo que pasó realmente por mi cabeza, pero sí recuerdo perfectamente una sensación de agotamiento, de derrota que se apoderó de mí. Hacía un par de años había dejado de hacer periodismo dieciocho horas al día; mi hijo estaba por terminar el colegio y yo atravesaba una época de mi vida en la que sentía que ya no era indispensable, que mi ciclo en este mundo había terminado.
El problema de las enfermedades es que no ocurren de forma aislada ni en contextos impolutos; les ocurren a personas que tienen una vida, problemas y angustias con los que están lidiando. Caen como una bomba en medio de las expectativas, los planes o los malhumores de quienes están destinados a padecerlas. Nunca es un buen momento para recibir un diagnóstico de cáncer, pero el mío no pudo haber sido peor. Si ya me estaba sintiendo intrascendente, la enfermedad llegó para confirmar mis sospechas de que mi tren se había pasado. Venía para sacarme del juego.
No voy a usar las palabras “luché”, “peleé”, “gané la batalla”, porque si de mí hubiera dependido, me habría entregado a los brazos del cáncer y hubiera dejado que me desapareciera del mapa. Así de cansada e inútil me sentía en ese momento. Me encantaría decir que seguí el tratamiento por mi amor a la vida o por mi hijo, pero no; voy a ser absolutamente sincera: lo seguí porque, como cualquier ser humano, si bien la vida a veces me agota de formas indescriptibles, mi temor a la muerte es más grande. El no saber si habrá algo más allá, si dejaré de existir para siempre, me aterraba entonces y me aterra ahora.
Me sometí a todo lo que exigía el tratamiento: operación (no me sacaron la mama), recuperación, radioterapia. A mi lado estuvieron seres queridos y amigos, pero recuerdo esos meses como dentro de una nebulosa. Como si hubiera vivido metida en una escafandra desde la que percibía el mundo a lo lejos, a otro volumen. Iba a mis sesiones de radioterapia sola (por decisión propia) y regresaba manejando con un agotamiento inverosímil que me hacía cabecear en los semáforos. Era peligroso, pero debo confesar que me daba vergüenza estar enferma, no quería testigos de mi decadencia. A ese cansancio físico y existencial se les sumaron los efectos secundarios del tratamiento. La piel ennegrecida por la radiación, el pelo cada vez más ralo, el dolor de las articulaciones, la niebla mental y la idea fija, casi obsesiva, de que me estaba jugando los descuentos de una vida que había vivido, para bien y para mal, plenamente. En esos meses publiqué mis dos primeros cuentos infantiles (Desde la luna y Pecas y Manchas) y terminé de escribir la novela Jauría. Eran proyectos que llevaban años esperando concluir y, en medio de citas médicas y radiaciones, finalmente terminé, como quien cierra etapas, como quien, de alguna manera inconsciente, se despide del mundo.
Pero no me despedí. Mi cuerpo y los tratamientos hicieron su trabajo y acá sigo. A la cirugía y a la radioterapia les siguieron un tratamiento con bloqueadores hormonales, que es durísimo, y que pone a mi cuerpo en jaque de múltiples maneras. Voy a mis chequeos regulares, tomo mi medicación, y vivo con el miedo de que el cáncer vuelva, como les ocurre a todos los sobrevivientes. Pero algo ha cambiado profundamente: ya no siento que sobro, ya no creo que se me haya agotado el tiempo, ni que sería mejor retirarme del escenario.
¿Qué cambió? Todo. En primer lugar, mi diagnóstico me hizo tomar conciencia de la vulnerabilidad de mi cuerpo, pero también del privilegio que tengo de estar viva. Formo parte de esa minoría que pudo acceder a los estudios que detectan el cáncer a tiempo, así como a un tratamiento que me devolvió la salud. En segundo lugar, y esto tal vez fue lo más importante, conocí a tanta gente en interminables salas de espera que luchaba contra cánceres mucho más agresivos y complejos que el mío, derrochando unas enormes ganas de vivir, que poco a poco se me fue yendo ese aplastamiento del que era víctima. Recuerdo, sobre todo, a un exministro de Educación con el que siempre comentábamos el libro que estábamos leyendo, a un profesor de Literatura Inglesa que no había perdido su sonrisa, a una señora que enfrentaba al cáncer por cuarta vez y mantenía la esperanza, a un muchacho de veintiún años que había llegado desde Piura para tratarse un tumor al cerebro y que siempre hacía bromas; ellos eran algunos de los compañeros de banca con los que me reía e intercambiaba tips para soportar la radiación.
Durante casi un mes, me eché boca arriba en un aparato, tratando de contener las lágrimas, y fui notando que, junto con el cáncer, retrocedía también mi escepticismo ante la vida y la estúpida idea de que ya era tiempo de retirarme. Hoy, más de dos años después de esa experiencia, no soy la misma persona. Dicto clases en la universidad, hago deporte, escribo y leo mucho; pero también tengo que lidiar diariamente con el dolor de huesos, la presión alta y los terribles dolores de cabeza que me provocan el tratamiento de bloqueo hormonal que debo tomar por varios años más. A veces, los estragos son tan incómodos que estoy tentada de dejar el tratamiento. Pero no lo hago, porque ahora sé que peor que el dolor o la enfermedad o el agotamiento o la debilidad es morirse cuando aún nos queda vida, cuando aún nos falta mucho por disfrutar. Vi a muchas personas tratando de robarles días al cáncer para quedarse el mayor tiempo posible entre los suyos: en honor a ellos y a todos los que no tuvieron la oportunidad de curarse con una atención adecuada, me he comprometido a vivir plenamente hasta que termine la función y caiga el telón.
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