EL DERECHO A PERMANECER SENTADO EN UNA FIESTA


¿Y si tanto Nietzsche como Niche estuvieran equivocados?


No me pidan, como Dios, santificar las fiestas. No me refiero a las fiestas de guardar, sino a las de bailar, que son peores. Odio bailar. Odio ver a la gente bailar y, pensándolo bien, odio a la gente en las fiestas, punto. Incluso a los que están inmóviles como yo: cuerpos presentes pero ausentes de mente y alma —qué carajos será eso—, atrapados en ese barullo de voces y altavoces que nos agobia o debería hacerlo. A todos nos llega el momento de librar una batalla, y es mi deber defender lo indefendible: la impopular condición del aguafiestas. Sé que no son tiempos de festejo, que el mundo se nos puso imbailable, pero la vida sigue y hay gente que baila para no pensar ni enterarse. Escribo de esto por lo mismo, para estar como ausente, como Neruda; para quitarme esa mochila de guerras y aranceles y fascismo, y andar liviano, extraviado en cualquier cosa: frívolo, ligero y sin bailar. George Orwell, que de totalitarismos sabía bastante, lo resumió en su totalidad: “El baile moderno —dijo, a inicios de los años cuarenta— es un espectáculo espantoso: hombres y mujeres sacudiéndose mecánicamente sin una pizca de gracia ni sentido estético”. Suscribo y añado: la inmovilidad necesita su espacio y los festejos no han sido diseñados para respetar la individualidad del ser: quedarse solo en una mesa mientras todos bailan podría ser visto no como un derecho a la soledad —ganado en todas esas fiestas a las que nunca fuiste—, sino como una prueba irrefutable de tu condición antisocial. 

Los amigos me entienden cuando los honro con mi ausencia.

Es curioso que el simple hecho de no bailar resulte a veces, en el calor de una fiesta, insoportable para la gente a la que le gusta bailar, y en parte no voy a fiestas porque no soporto que no me soporten. Nadie baila estando sobrio, a menos que esté loco, sentenció Cicerón, y lo hizo en latín para que sonara irrebatible. Pero el mundo está loco, loco, loco y las fiestas se han convertido en una excusa para bailar, cuando debería ser al revés: desde su primera fogata, el hombre ha danzado para provocar la lluvia, contentar a los dioses, apaciguar a los demonios, honrar a la Tierra y al Sol. ¿Qué clase de objetivo altruista puede haber en dos cuerpos que se sacuden y se soban, sudan y se rasguñan al ritmo de Catriel y Paco? Lo mismo puede hacerse desde posiciones menos musicales (y verticales): la ostentación del ritmo no es exclusiva de una pista de baile. El baile es solo la declaración perpendicular de un deseo horizontal, dijo alguien en defensa del baile, y yo uso ese argumento en su contra, en defensa del deseo. El problema, como siempre, es del resto: esa tiranía gregaria que no perdona al disidente de la pista. La presión social por bailar puede haber truncado la carrera de algún Fred Astaire clandestino a quien, de niño, obligaron a sacar a la tía solterona, la del bigote incipiente y colonia densa. ¿Quién sabe qué catástrofes de infancia explican a un hombre inmóvil en una fiesta? ¿Por qué no dejan tranquilos a quienes optamos por la comodidad de una silla? Si las fiestas son espacios de integración social, ¿por qué hay que bailar para no ser un paria? ¿Por qué es un aburrido el que no baila? “A mí lo que me gusta de las fiestas es conversar”, se defendió alguien cuyo sistema motriz no le permitía masticar chicle y dar un paso al frente al mismo tiempo. ¿Tanto cuesta respetarlo? A veces es pura timidez; por eso el alcohol es una anestesia indispensable en una fiesta. 

2.0 de rivotril y un hit es mi receta. 

La literatura ha intentado ennoblecer este suplicio desde el delirio. Charles Baudelaire, poeta maldito, escribió que “la danza es la poesía con brazos y piernas”, aunque probablemente hubiese preferido el opio a una pista de baile abarrotada. Nietzsche llevó el entusiasmo más lejos —con su sífilis incipiente— al sentenciar en Zaratustra: “¡Y tengamos por perdido el día en que no hayamos bailado ni una sola vez!”. De ser así, lo he perdido todo. Pero creo en la naturaleza sobria de nuestra especie, que es contraria al Meneíto, Aserejé, Safaera, y a todos esos ritmos que nacen y mueren cada verano solo para que una fiesta —monótona como un vals— no parezca la misma fiesta. El baile dejó de ser un ritual conforme nos fuimos diferenciando del mono: los animales danzan para aparearse; los hombres parecen aparearse cuando danzan. Algo anda mal: nuestras tribus ya no festejan la llegada de las lluvias, sino que ponen un toldo en el jardín para que las lluvias no malogren sus festejos. Cada vez tenemos menos que decir y hay quienes bailan porque no tienen nada que decir. La conversación moderna es a través de una pantalla y las versiones enlatadas de las fiestas —las discotecas— lo confirman con la violencia de sus decibeles. No voy a fiestas porque no bailo, pero al parecer nadie espera otra cosa de ti. Cuando el compromiso es inexcusable —esa línea de la concordia la traza siempre mi esposa, que perrea sola—, soy de los que se atornillan a su asiento esperando un terremoto salvador. Aun así, he sabido bailar algunas noches, y cada vez que lo hice me divertí danzando con la melancólica ternura de los funerales: sabiendo, con íntimo alivio, que esa sería la última vez.

Una primera y lejana versión de esta apología del aguafiestas fue publicada en la revista Etiqueta Negra (Año 5, n°43), en diciembre de 2006. 


¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe



Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 + diez =

Volver arriba