Mucho PISA, poca familia


La realidad del aula que los escritorios políticos ignoran


Rosaura Huaman Yucra (Cusco, Perú) es magíster en Educación Inclusiva e Intercultural y licenciada en Educación Primaria Intercultural Bilingüe. Su trayectoria profesional abarca la labor pedagógica en instituciones educativas públicas y privadas, desde el trabajo de campo en zonas rurales hasta la docencia en entornos urbanos. Se especializa en la enseñanza del quechua armonizando las competencias del sistema educativo con la identidad cultural andina. Actualmente lidera procesos de aprendizaje en modalidades presenciales y remotas.


En los últimos años, la situación educativa en el Perú ha vuelto a generar preocupación y debate público tras la difusión de los resultados de la evaluación PISA 2025, que evidencian un retroceso en el rendimiento académico, situando al país en niveles similares a los registrados hace más de diez años.

 Frente a esta realidad, algunos responsables de la toma de decisiones proponen medidas inmediatas desde los espacios administrativos, centrando su atención en los resultados visibles y dejando de lado el análisis de las causas estructurales que originan esta problemática. Emitir juicios desde una posición externa puede resultar sencillo; sin embargo, comprender verdaderamente los desafíos de la educación exige conocer de cerca la realidad de las aulas, experimentar sus dificultades cotidianas y reconocer las múltiples condiciones que influyen en el proceso de enseñanza y aprendizaje.

A lo largo de mi trayectoria como educadora quechuahablante en la región de Cusco, he tenido la oportunidad de trabajar en los tres niveles de la educación básica: inicial, primaria y secundaria, pasando tanto por las aulas de colegios privados como por las de escuelas nacionales ubicadas en zonas urbanas de la ciudad del Cusco y el Valle Sagrado. Esta experiencia diversa me ha enseñado una gran verdad: cada estudiante representa un mundo único e irrepetible, con sus propias necesidades y dificultades, que nunca podrán reflejarse por completo en una simple estadística estandarizada.

Uno de los aspectos más importantes y menos tomados en cuenta en los informes oficiales es la difícil situación que viven muchas familias en cuanto a la convivencia y la precariedad económica. En el día a día, somos los docentes quienes recibimos a niños y adolescentes que crecen al cuidado de sus abuelos o tíos, mientras muchas de sus madres asumen solas la doble responsabilidad de mantener económicamente el hogar y cuidar de sus hijos. Ellas trabajan durante largas jornadas y regresan a casa por la noche, cansadas y agotadas, sin el tiempo ni las fuerzas suficientes para mantener una conversación sincera, cercana y tranquila sobre las preocupaciones e inquietudes de sus hijos. Esta falta de espacios donde los niños puedan sentirse escuchados, comprendidos y acompañados genera un dolor silencioso que se refleja en una frase frecuente y conmovedora que escucho en el aula: “A mí nadie me escucha”.

Al no encontrar apoyo ni sentirse escuchados en casa, los estudiantes buscan llamar la atención en la escuela, que muchas veces se convierte en el único espacio donde pueden compartir tiempo con adultos que les brindan confianza y atención. Sin embargo, esta necesidad de ser escuchados y comprendidos suele manifestarse a través de una profunda irritabilidad. En las niñas y en los niños, la falta de cariño y la ausencia de una figura paterna pueden dejar una huella emocional especialmente difícil, una situación que incluso las propias madres reconocen. En muchos casos, al sentirse culpables por no poder dedicar suficiente tiempo a sus hijos, optan por protegerlos en exceso y justificar sus conductas inadecuadas, en lugar de establecer límites claros que les ayuden a comprender sus acciones y mejorar su comportamiento.

Esta frustración y el enojo que los estudiantes guardan dentro de sí no se quedan únicamente en sus sentimientos, sino que también se manifiestan directamente en la convivencia escolar. El estudiante que siente que nadie le presta interés busca llamar la atención provocando a sus compañeros más tranquilos mediante burlas, empujones o incluso agresiones físicas. Esta situación genera una serie de reacciones que afectan a toda la comunidad educativa. Como consecuencia, el estudiante afectado recurre a sus padres o a su familia para contarles lo sucedido, y estos, al sentirse indignados por lo ocurrido con su hijo o hija, reaccionan de manera inmediata.

Aquí se muestra una situación preocupante en la crianza actual: algunos padres están muy atentos y reaccionan rápidamente cuando sus hijos se ven involucrados en un conflicto, pero no siempre muestran el mismo interés por su aprendizaje y rendimiento académico. Los docentes recibimos con frecuencia llamadas telefónicas y mensajes de texto de padres molestos por situaciones ocurridas a la salida de la escuela o en los pasillos, hechos que muchas veces suceden fuera de la supervisión del docente. En estos casos, exigen explicaciones inmediatas sin esperar a que se investigue lo ocurrido y se conozca la verdad. Sin embargo, esos mismos padres que reaccionan con mucha molestia ante el menor problema entre compañeros, en ocasiones guardan silencio cuando sus hijos no cumplen con las tareas, obtienen bajas calificaciones o son convocados a reuniones para tratar asuntos relacionados con su aprendizaje. De esta manera, se espera que la institución educativa resuelva los problemas de convivencia, pero se deja de lado la responsabilidad que también deben asumir las familias en el acompañamiento académico de sus hijos.

Esta falta de atención y acompañamiento emocional se ve agravada por el uso excesivo y sin control de la tecnología, que en muchos casos termina convirtiéndose en una especie de “niñera digital”. Debido a sus responsabilidades laborales y a la falta de tiempo para acompañar a sus hijos, muchos padres les entregan celulares sin supervisar su uso, con la intención de mantenerlos entretenidos y ocupados. Como indica el mismo informe PISA, un promedio del 28 % de los alumnos admite que sus compañeros se desconectan debido a los dispositivos durante las clases de ciencias. Esta situación tiene consecuencias importantes en el aprendizaje. Lo observo diariamente en el curso de Matemáticas: cuando asigno tareas, muchos estudiantes recurren inmediatamente a herramientas de inteligencia artificial (IA) para resolver las operaciones de manera automática, sin intentar comprender el procedimiento ni buscar una solución por sí mismos. Poco a poco se está perdiendo el hábito de pensar, reflexionar y esforzarse para resolver los problemas, lo que afecta la comprensión lectora, la capacidad de analizar críticamente la información y la concentración de los estudiantes en los diferentes niveles educativos. 

A esta realidad social se suma la pérdida gradual de autoridad y respeto hacia los docentes. El maestro ha pasado de ser una figura de respeto y orientación en el aprendizaje a encontrarse en una situación de mayor vulnerabilidad, en la que cualquier llamada de atención para corregir una conducta puede ser interpretada como maltrato. Si a esta falta de respaldo al docente le añadimos los problemas y las limitaciones que afectan tanto a la educación privada como, de manera más evidente, a las escuelas públicas del país, resulta claro que la crisis educativa no se debe únicamente a las dificultades de rendimiento de cada estudiante, sino que está relacionada con una serie de factores sociales, familiares e institucionales que influyen directamente en su aprendizaje.

Para lograr un cambio real y duradero en la educación del Perú, no son suficientes las leyes elaboradas sin conocer de cerca la realidad educativa ni las soluciones propuestas desde las oficinas administrativas. La educación requiere del compromiso conjunto y permanente de tres actores fundamentales: la escuela, la familia y el estudiante. Cada uno cumple un papel importante en el proceso educativo y, cuando uno de estos pilares no asume su responsabilidad, todo el proceso de enseñanza y aprendizaje se ve afectado.

Sin embargo, esta unión entre la escuela, la familia y el estudiante no es algo imposible de lograr. A diferencia de lo que ocurre en algunos entornos urbanos, en muchas de nuestras comunidades y zonas rurales altoandinas todavía podemos encontrar valiosos ejemplos de convivencia familiar. Mi vínculo con este contexto también es personal ya que provengo de una comunidad campesina. Allí, las familias trabajan en la chacra junto con sus hijos, les enseñan a asumir responsabilidades desde pequeños y aprovechan las actividades diarias para conversar, escucharse y fortalecer sus vínculos. En estas comunidades, la participación activa de los padres y el trabajo compartido en familia demuestran que el acompañamiento constante y cercano contribuye al desarrollo personal y emocional de los niños, brindándoles seguridad, confianza y fortaleza para afrontar los desafíos de la vida. No se trata tampoco de idealizar la vida rural, que también enfrenta importantes dificultades, sino de reconocer prácticas de convivencia y acompañamiento que merecen mayor atención. Porque, ¿será que además de considerar modelos educativos externos, también podríamos aprender de las formas de convivencia de estos espacios rurales y adaptarlas a los crecientes contextos urbanos?

Antes de exigir mejores resultados numéricos en evaluaciones estandarizadas como PISA, es necesario fortalecer primero el entorno familiar, recuperar el valor del diálogo entre padres e hijos y reconocer la importancia del trabajo que realiza el docente en la sociedad. Debemos comprender que no podemos mejorar el rendimiento académico de un niño si antes no nos preocupamos por sus sentimientos, no escuchamos sus necesidades y no comprendemos la realidad que enfrenta cada día, tanto dentro como fuera del aula. Porque educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos o alcanzar buenas calificaciones, sino también en comprender, acompañar y brindar el apoyo necesario para que cada estudiante pueda desarrollarse de manera integral.


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