¿Me das más alpiste, por favor?


¿Cuánto faltará para que podamos conversar con nuestras mascotas?


“Gedeone, Gedeoooooone”, gritaba Francesca a las seis de la mañana desde el ventanal de la terraza. Un gorjeo agudo y repetido se oía cerca, como respuesta.  

Las montañas escuchaban tiesas en la línea del horizonte y una bruma estival se alzaba desde los campos. 

Yo, confundida por la exclamación de un nombre bíblico a esa hora de la madrugada, rebusqué mi celular en la mesa de noche y gugleé la palabra. ¿Quién era Gedeone?

Gedeone, Gedeón o Gideon, en la Biblia, es uno de los grandes jueces de Israel, protagonista del Libro de los Jueces. Según el relato bíblico, Dios lo escogió para liberar a los israelitas de sus enemigos, tarea que cumplió con un pequeño ejército y mucha astucia. 

Pero en la finca de Francesca, el Gedeone mañanero no era un guerrero astuto, sino un pavo de siete kilos que se había salvado de una muerte segura. Francesca, su dueña ­—abogada y soprano convertida en simpática hostelera y amante confesa de los animales—, lo rescató del filo del cuchillo de un reconocido chef local que lo había criado con un destino bastante menos poético: engordarlo para la mesa. Cuando el cocinero finalmente se apiadó de aquella panzuda ave y se la entregó a Francesca, Gedeone cambió de destino. Se convirtió en su fiel mascota, compañero de soledades y, sobre todo, interlocutor de gorjeos y conversaciones matutinas y vespertinas.

Aunque conozco el íntimo vínculo que algunas personas saben establecer con otras especies animales, esos diálogos entre pavos y sapiens me agarraron de sorpresa. Indagando un poco, descubrí que Francesca no está sola en su peculiar forma de compañía. En sociedades cada vez más urbanas y envejecidas, donde la soledad se ha convertido incluso en un problema de salud pública, millones de personas encuentran en los animales una compañía desinteresada: seres con quien conversar de forma amena y sincera, sin tantas circunvoluciones ni explicaciones.

Pero la pasión por la conversación animal no es patrimonio de las almas solitarias porque tiene mucha tradición científica. 

Aristóteles ya describía sonidos y formas de comunicación de distintas especies, pero fue sobre todo a partir de los siglos XIX y XX cuando el estudio de la comunicación animal comenzó a dotarse de métodos científicos. Charles Darwin dedicó buena parte de su trabajo a comparar las expresiones, sonidos y comportamientos de humanos y otros animales, que publicó en The Expression of the Emotions in Man and Animals en 1872. 

Ahora los científicos no tratan solo de saber si un animal emite una señal de alarma o llama a su pareja, sino quieren saber si sus señales contienen estructuras y significados que podamos identificar y, eventualmente, responder.

Julie Elie, una científica francesa de la Universidad de Berkeley, California, lleva más de una década conversando con unas avecitas australianas aparentemente insignificantes, los pinzones cebra. Reconoce once tipos de vocalizaciones y las distingue en categorías según su significado: el cortejo y el vínculo de pareja, la construcción del nido, la petición de alimento, la agresión, la angustia y la alarma, entre otros.

Durante años de minucioso trabajo, utilizando técnicas de machine learning, estudió los llamados, gorjeos y sonidos que estas aves utilizan para comunicarse en distintos contextos. No solo construyó el diccionario de los pinzones cebra, sino usó a las propias aves para validarlo: utilizando comida como recompensa, les hacía escuchar diferentes llamadas y las entrenaba para clasificarlas.

El trabajo le ha merecido recientemente el premio Coller Dolittle 2026, cien mil dólares en el bolsillo, que reconoce avances hacia una comunicación bidireccional entre humanos y otras especies. (Si te interesa, el desafío tiene además un premio mayor: 10 millones de dólares en inversión —o 500.000 dólares en efectivo— para quien consiga que un animal se comunique de manera independiente con los investigadores).

Existen numerosos equipos científicos intentando descifrar los repertorios vocales de muchos animales, entre ellos, ballenas, delfines, elefantes y primates. En el Perú también hay científicos aprendiendo a escuchar y clasificar sonidos de nuestra fauna: los biólogos Jaime Pacheco y Sandra Velazco del Museo de Historia Natural de la Universidad Nacional Mayor de San Marco, por ejemplo, trabajan en la bioacústica de los murciélagos. También hay trabajos fascinantes con aves. El ornitólogo peruano Tomás Valqui, por ejemplo, participó recientemente en una investigación que utilizó las vocalizaciones para distinguir dos especies de picaflores gigantes que son sumamente difíciles de diferenciar solo por su apariencia.

Todavía estamos lejos de preguntarle a un gallito de las rocas si tiene suficiente bosque para aparearse, o a una vicuña qué piensa de la minería. Pero la bioacústica, la etología y la inteligencia artificial están ampliando a una velocidad sorprendente nuestra capacidad para escuchar y entender lo que dicen los animales.

Yo, de más grande, quisiera tener mi propia llamita de compañía. Sueño con largas conversaciones al atardecer sobre el sentido de la vida, el cambio del clima o el sabor del alfalfa de mi huerto. Quizás en unos años, nuestros intercambios podrán ser algo más fluidos e interesantes que una sucesión de escupitajos.


¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe



Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

cinco × dos =

Volver arriba