Última entrega


En los viernes de Jugo, el corredor le entrega a otro la estafeta 


Llegó el momento de ponerle fin a esto.

Una invitación sobre la que preferí nunca preguntar mucho me colocó aquí, frente a la página en blanco, hace ya dos años. Acepté con temor, seguro de que no era precisamente lo mío, pero animado por el reto de escribir cada semana y publicar cada semana. La carta era libre. «Incluso puede ser una especie de diario», me dijo Gustavo —nuestro líder y amigo— la mañana en que me llamó por teléfono. Sospeché que solamente lo decía para aliviar mi posible resistencia, pero yo igual me amarré con firmeza a esas palabras y me las repetí semana a semana para separar la escritura de aquel otro peso que traía consigo relevar a Dante Trujillo y ser parte de Jugo, una plataforma sobre coyuntura política, economía, ciencia, análisis social, historia, derechos humanos, medio ambiente, cultura y educación.

Escribí sobre mi perro. Sobre películas favoritas y mi fascinación por Ryan Gosling. Escribí una declaración de amor a la piratería y también un alegato en contra del trabajo. Conté infidencias de mi relación con L. Rebusqué entre mis culpas y duelos. Hablé acerca de mi abuelo. Y sobre la vez en que me atraparon robando en un supermercado. También acerca de mis bandas y del tabú de los sueldos. Sin su consentimiento, metí a mi círculo de amigos en los textos. Renegué de algunos de ellos. Me puse pasivo-agresivo. Tomé demasiado al pie de la letra la carta libre y exhibí frente a todos mi vida íntima porque esa transparencia es quizás lo que menos me da miedo al momento de escribir y publicar.

Pero en medio de ese ejercicio también sucedieron otras cosas. Movimientos interiores. Empecé a descubrir, como una paradoja, que a mí también me interesaba manifestarme sobre la actualidad más inmediata, aquello que al inicio me había intimidado sobre ser un integrante de Jugo. De pronto le encontré gusto a tomarme el tiempo de pensar cuál era de verdad mi postura; sentí excitación al subirla para siempre a internet. Si podía arañarle la piel a algún lector, mejor. Al rato estaba metido en líos. Sonó el teléfono, me querían jalar las orejas por algo que había escrito. Se armó una pequeña batalla de bandos, tan seria como patética. Fue insólito y profundamente divertido.

Además, no estaba solo. Escribir y publicar en Jugo fue una experiencia colectiva. Me acompañaron con su constante empuje los demás jugueros (Anna, Roxana, Alberto, Américo, Patricia, Natalia, Gustavo y Timmy), y también me acompañaron con sus ideas y reveses mis invitados. Hacer del viernes un territorio para miradas y voces que yo habría sido incapaz de articular, y que eran tanto o más valiosas que las mías, fue uno de los grandes privilegios que me regaló Jugo. Federico León y León, Luis Miguel Rojas-Berscia, Sebastián León, Jimena Salas, Rodrigo Ahumada, Raúl Lescano, Enmanuel Grau, Marco Trigoso, Jorge Alejandro Ccoyllurpuma, Luciana Goytisolo, Mariano Orosco, Carlos Portugal, Jorge Malpartida, Pieter Madibuseng, Juan Vargas, Leonardo Barbuy y Santiago Campodónico; sin ustedes, no hubieran existido muchas de las conversaciones más importantes que aquí ocurrieron.

Dicho todo esto, después de dos años y más de cien artículos escritos y coordinados, el final resulta inevitable. Lo digo agradecido por la transformación que ocasionó en mí el placer y deber de presentarme aquí todas las semanas con una idea nueva, y también reconociendo que la vida se organiza por ciclos. A veces, es posible que se superpongan; otras, imprescindible que no se toquen. En estos dos años, mi ritmo de existencia se aceleró. Como se enteraron quienes me leyeron, hace un tiempo vendimos el interior de nuestra antigua casa, empacamos lo demás y nos mudamos con nuestro perro y demasiadas ilusiones a otro país, por primera vez, antes de que se sintiera que era ya muy tarde. La preparación para ese salto, la mudanza y el viaje de doce horas parecían ser lo más difícil, pero en realidad es en el after donde se encuentran los mayores desafíos. Madrid paga, pero al principio te cobra. Y aquí estamos ahora, a un año de ese aterrizaje, comenzando recién a poner las cosas en orden, tomando decisiones difíciles, aceptando que hay ciclos que no pueden encabalgarse (a menos de que lo que se busque sea el colapso).

Con ese tremendismo me despido, porque #drama. Sepan que fui muy feliz formando parte de este esfuerzo colectivo. Y que me voy feliz, embriagado por mi nuevo reto de sobrevivencia.

A partir del próximo viernes, además, leerán en este espacio a Daniel Titinger, que sin duda sabrá hacer esto mejor que yo. Jugo es también una carrera de relevos: pasar la estafeta a tiempo —en este caso, antes de agotarme— constituye una de sus claves. Y qué lindo sentir tanta confianza por el corredor que viene.

Adiós, amigos. Llegó el momento de ponerle fin a esto.


¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe



Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

20 − diecisiete =

Volver arriba