El futuro de uno de los mayores símbolos del Perú exige decisiones desde ahora.
Visitar Machu Picchu, en la región andina de Cusco, ya no significa lo mismo que dos o tres décadas atrás. Quienes tenemos algunos años más recordamos una época en que Aguas Calientes era el nombre del pequeño asentamiento ubicado al pie de la ciudadela inca (hoy Machu Picchu Pueblo). Para muchos visitantes este enclave ya ni siquiera es un destino, sino una sala de espera donde duermen, comen y, si no consiguieron un boleto con anticipación, aguardan la posibilidad de obtener alguno de los cupos que todavía se venden presencialmente. La transformación resulta todavía más impresionante cuando miramos hacia atrás: en las fotografías que el icónico Martín Chambi realizó durante la década de 1920 encontramos este espacio parcialmente cubierto por vegetación, casi vacío y todavía muy lejos de convertirse en el destino global que conocemos hoy.
Ahora ocurre exactamente lo contrario. Machu Picchu no se da abasto y la visita ha tenido que organizarse en distintos circuitos y rutas mientras crecen las advertencias de entidades como UNESCO sobre su capacidad de carga. Frente a todo esto me pregunto, ¿será que Machu Picchu se está cansando? Sus escalinatas, sendas y estructuras no fueron construidas para soportar durante décadas semejante presión. En Chichén Itzá, otro de los grandes símbolos arqueológicos de América Latina ubicado en el sur de México, subir a la pirámide está prohibido desde hace años precisamente para evitar que no terminemos desgastando aquello que queremos admirar. ¿Cuánto pueden resistir las gradas de Machu Picchu y por cuánto tiempo más podremos recorrerlas como lo hacemos hoy?
Pero quizá estamos formulando mal la pregunta, porque el deterioro de Machu Picchu no comenzará necesariamente el día en que se desprenda una piedra. Recientemente falleció Gabriel Ríos Mamani, un porteador de 49 años que trabajaba en una ruta del Camino Inca y fue encontrado sin vida en Warmiwañusca, a más de 4.000 metros de altura, mientras trasladaba equipaje para turistas. Su familia ha denunciado que no habría recibido auxilio adecuado cuando presentó problemas de salud y las circunstancias de su muerte continúan bajo investigación. Su fallecimiento obliga a recordar algo que la experiencia turística suele invisibilizar: los turistas que recorren el Camino Inca pueden hacerlo porque otros cargan equipaje, cocinan, guían, limpian y sostienen una industria que también ha transformado las economías de las comunidades rurales de donde provienen los porteadores, ofreciendo ingresos mayores que actividades como la agricultura, pero a cambio de un trabajo considerablemente más riesgoso.
Por eso, cuestionarnos si Machu Picchu sobrevivirá significa también interpelarnos sobre quiénes se desgastan para que siga funcionando hoy. Cuando hablamos de patrimonio, cultura o identidad nacional corremos el riesgo de usar palabras demasiado abstractas, cuando detrás de ellas hay sueldos, jornadas laborales, familias dependientes del turismo, alquileres que aumentan y tierras que cambian de valor. Incluso las protestas que periódicamente bloquean el tren, vistas desde Lima principalmente como inconvenientes para turistas y pérdidas económicas, pueden estar expresando el malestar de poblaciones que sienten que tienen cada vez menos capacidad para decidir sobre un territorio del que dependen. Uno de nuestros errores ha sido imaginar que Machu Picchu puede existir separado de su gente: lo convertimos en patrimonio del Perú y de la humanidad, mientras quienes viven a su alrededor aparecen muchas veces apenas como proveedores de servicios.
Allí surge una contradicción: pedimos a las comunidades locales que piensen en la sostenibilidad de Machu Picchu dentro de treinta o cincuenta años mientras medio país está obligado a pensar en cómo llegar a fin de mes. Ni el Estado ni los grandes actores económicos lo hacen, reforzando el cortoplacismo.
Este problema no termina en la ciudadela. En la ciudad del Cusco y el Valle Sagrado vemos el encarecimiento del suelo, la expansión acelerada de alojamientos y servicios turísticos y espacios que empiezan a sentirse menos pensados para quienes viven allí. Gentrificación, le llaman. Una ciudad puede beneficiarse enormemente del turismo y, al mismo tiempo, volverse extraña para sus propios habitantes. Esa es una de las preguntas que me llevó a escribir mi reciente libro, Cusco post Inca: cómo se vive, imagina y construye cultura en una ciudad andina contemporánea. Durante años me interesó entender qué sucede cuando dejamos de mirar al Cusco únicamente como antigua capital del imperio inca, museo monumental o puerta hacia Machu Picchu y comenzamos a observar la ciudad donde las personas viven, crean y disputan su presente.
Esta conversación resulta especialmente urgente porque Cusco posee un capital cultural extraordinario, pero buena parte de su economía sigue organizada alrededor del consumo del pasado. Tenemos una enorme capacidad para conservar y vender ciertas imágenes de lo andino, pero invertimos mucho menos en quienes producen cultura ahora. Y allí existe también una posibilidad distinta: la cultura puede generar ciudadanía, autonomía y nuevas maneras de ser andinos. Apostar por esto permitiría ampliar las posibilidades de una región que no debería depender de que cada año ingresen más visitantes por las mismas gradas.
Proteger Machu Picchu, así, no significa escoger entre las piedras y las personas, sino comprender que no pueden conservarse por separado. Machu Picchu probablemente no desaparezca de la manera dramática que sugiere este título, pero existe otra forma de desaparición menos evidente: que sobreviva la postal mientras las comunidades dejan de reconocerse en ella, o que conservemos cada piedra mientras el territorio se vuelve cada vez menos habitable para quienes son de allí. Todavía estamos a tiempo de evitarlo. La pregunta urgente ya no es solamente cuánto más puede soportar Machu Picchu, sino cuánto más estamos dispuestos a exigirle al Cusco y a su gente para sostenerlo.
PD: Este jueves 10 de septiembre a las 8pm (Hora Perú) haré una presentación virtual de mi libro Cusco Post Inca, desde el Facebook de la editorial Lamparero Alucinado. Para quienes no puedan sumarse en vivo, el video también quedará grabado en dicha página. ¡nos vemos!
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