¿Quién quiere ser madre así?


Cada vez hay menos natalidad, y la razón parece estar en los varones 


En casi toda novela distópica feminista las mujeres son simplemente entes reproductivos a los que hay que controlar; no tienen derecho a quejarse y son tratadas por el poder como si no tuvieran nada que hacer con sus vidas, salvo parir, o dejar de parir, según convenga a otros. El cuento de la criada, de Margaret Atwood, narró esa pesadilla con precisión quirúrgica, pero lamentablemente ese argumento se aleja cada vez más de la ficción para convertirse en una crónica de lo que ya nos pasó y nos sigue pasando.

China reguló durante décadas cuántos hijos podía tener una mujer, con la frialdad de quien fija una cuota industrial. En el Perú de los noventa, el régimen de Fujimori esterilizó por la fuerza a miles de mujeres indígenas y pobres, bajo la excusa del control de la natalidad. Suecia, una democracia nórdica moderna, esterilizó por ley a 63 mil personas entre 1935 y 1975 con el voto unánime de su parlamento, apuntando a mujeres pobres o «socialmente indeseables». En todos estos casos, fueron hombres quienes desde el poder decidieron sobre los cuerpos de las mujeres para que parieran menos. 

El caso inverso también tiene ejemplos cuantiosos: en la Rumanía de Ceaușescu se prohibieron de un día para otro el aborto y los anticonceptivos: «el feto es propiedad de toda la sociedad», decía el decreto mandatorio. Las mujeres eran sometidas a revisiones ginecológicas mensuales obligatorias; se les aplicaron impuestos a las parejas sin hijos y se dificultó el divorcio. La mortalidad materna se disparó a ser la más alta de Europa debido a los abortos clandestinos, y más de cien mil niños terminaron en orfanatos porque el Estado exigía que nacieran, pero después no hizo nada para sostenerlos.

En El Salvador el aborto está prohibido sin excepción, no se puede interrumpir un embarazo ni por violación, ni por riesgo de vida. Mujeres con abortos espontáneos, completamente naturales, han sido acusadas de provocárselos y han terminado presas. En ningún país se juzga a los hombres por el aborto que ellos mismos proponen y pagan como única salida ante un embarazo no deseado.

Prohibir o forzar son las dos caras de una misma moneda. Hoy se legisla sobre aborto, reproducción asistida, vientres de alquiler, donación de óvulos, control de la natalidad, y quienes redactan esas leyes, quienes las debaten en los parlamentos, son casi siempre hombres. El Estado se mete en la decisión de si cargamos una criatura nueve meses, la parimos y la criamos veinte años como si esa no fuera la decisión más nuestra que existe. ¿Por qué? ¿Porque tenemos útero? Que yo sepa, todavía no nos reproducimos solas — hace falta un espermatozoide, un hombre— y, sin embargo, ninguna ley, ninguna sanción, ninguna discusión pública los incluye a ellos. Cuando se trata de impedir nacimientos nos ligan las trompas a nosotras, a ellos ni los tocan; y cuando se trata de parir para llenar el mundo persiguen nuestra soltería y nuestros vientres vacíos; a ellos nadie les exige cuotas de descendencia.

Y ahora al castigo legal, se le suma el insulto público. El presidente argentino Javier Milei culpó hace poco a los «pañuelos verdes» —movimiento feminista que promovió la ley  en favor del aborto— de la caída de la natalidad argentina, y las acusó de tener “pasión por asesinar niños en el vientre de la madre». El dato que cita es real —Argentina tiene 1.2 hijos por mujer—, pero la caída empezó en 2014, seis años antes de la ley que él acusa. El Fondo de Población de la ONU lo ha explicado con absoluta claridad: la fecundidad mundial ha bajado desde 1990, porque, según señalan las propias mujeres, el costo de la crianza es altísimo. Traer niños al mundo implica renunciar a toda aspiración profesional,  y la falta de vivienda y de condiciones apropiadas hacen muy sacrificada la vida con niños. 

Si estamos buscando una causa de por qué las mujeres ya no quieren ser madres, tal vez haya que mirar a Corea del Sur. Ahí nadie prohibió ni forzó nada y las mujeres, sin coerción, han decidido decirle no a la maternidad. Corea del Sur tiene hoy la fertilidad más baja del planeta, 0.72 hijos por mujer, y, a pesar de los bonos y los subsidios estatales, las cifras no se revierten. Cuando los analistas han intentado encontrar la causa, otra vez la respuesta ha sido clara: la crianza y la casa siguen siendo trabajo de ellas, en jornadas laborales extenuantes, sin que ningún subsidio reparta responsabilidades. En todo el país no hay cunas suficientes, no hay licencias laborales que se repartan con equidad, y las abuelas que antes eran las encargadas de criar gratis a sus nietos, ahora son mujeres profesionales que tienen sus propias carreras y ya no están para cargar con hijos ajenos. 

Las cosas cambiaron y aunque desde el poder haya esfuerzos retrógrados para seguir legislando y decidiendo sobre nuestra fertilidad, si no se construyen nuevas condiciones para reemplazar lo que se desarmó, los países (por lo menos los desarrollados y los que están en vías de desarrollo) tendrán cada vez menos niños, más ancianos y más mujeres empoderadas que no están dispuestas a cargar con la crisis demográfica solas. 


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