Admitir nuestros placeres culposos es un triunfo de la humanidad sobre la IA
Quien suela pasar tiempo en internet (todos los que lean esto) o tenga un algoritmo parecido al mío, se habrá topado más de una vez con clips de las Four Favorites (cuatro favoritas) de Letterboxd. Son entrevistas veloces en las que celebridades de Hollywood se ven obligadas a elegir sus cuatro películas favoritas. A partir de su viralidad, el formato ha inspirado copias en otras plataformas y canales de contenido; incluso en el Perú, donde en el último Festival de Cine de Lima se acorraló a actores y actrices del circuito nacional con la pregunta: ¿Cuáles son tus tres películas peruanas favoritas?
Quienes no somos famosos seguramente ya nos lo hemos preguntado entre amigos. «Si estuvieras en una alfombra roja y te arrinconaran, ¿qué dirías?». Vale distinguir que no consiste en elegir «las cuatro mejores», sino tus «cuatro favoritas», lo que no necesariamente hace más fácil la respuesta. El misterio de por qué esta pregunta —en ocasiones con resultados esnobs y películas que no demasiada gente conoce— ha alcanzado tal grado de masividad quizás pueda explicarse, en parte, por sus implicancias más personales: cabe la posibilidad de descubrir más acerca de tu actriz favorita al enterarte de su top fílmico antes que soplándote una hora de entrevista en la que cuenta su proceso para tal o cual proyecto.
Un top personal nos desnuda, pero además es una declaración de principios. Nos acercamos a ciertas pelis como al amor, a veces de maneras fortuitas, y nos quedamos con algunas a través de una negociación entre el clamor interno, por un lado, y la decisión consciente, por otro, aquella sobre la que también versa esa pepa de sabiduría popular: «el amor es una elección que haces cada día». Hay, ineludiblemente, un gran gesto romántico cada vez que alguien dice: «esta es mi favorita», pues ratifica la fascinación que a lo mejor nació hace años, hace décadas, y que se sigue reconociendo vigente.
No es sorpresa, por tanto, que en muchos de esos tops los entrevistados incluyan películas que vieron de niños o comedias juveniles y un poco tontas que hoy no sobrevivirían el análisis de su sensibilidad social. Más aburridas son las respuestas que solo toman en cuenta al cine más sofisticado. Creería que esas personas no están entendiendo de qué trata el juego. Elegir cuatro favoritas supone también darle luz a las otras versiones de nosotros mismos con las que cargamos. La tensión entre las primeras influencias y esas otras —más tardías— cuya impronta desearíamos que se note más es, finalmente, la coordenada que nos hace singulares en medio de tantas modas y trends.
La escritora estadounidense Catherine Lacey, citando lo que el escritor mexicano Daniel Saldaña Paris había dicho en una entrevista reciente, llamaba la atención sobre un punto clave —en épocas de inteligencia artificial (IA)— acerca de esta coordenada:
«Un escritor siempre escribirá mejor que un LLM (large language model: un modelo de IA entrenado para generar texto; ejemplos: ChatGPT, Gemini y Claude) precisamente porque no lo ha leído todo. Elige leer ciertos libros y dejar otros de lado; ver determinadas películas y no otras; escuchar un álbum una y otra vez. Está limitado por su propia experiencia vital, y dentro de esos límites decide qué influencias admitir. Con el tiempo, es justamente esa restricción de influencias la que le permite crear algo preciso, singular y profundamente humano».
En otras palabras, mientras más específica sea esa red de lecturas e influencias —restringida por los propios márgenes de una vida—, mayor será la chance de posteriormente devolver al mundo algo que valga la pena.
La embestida de la IA en este último par de años se ha alzado como el terror de las industrias creativas, pero el peligro que encarna no difiere mucho de lo que hasta antes de su aparición ya era una plaga. Con mucha facilidad, conseguiremos reconocerla al interior de nosotros mismos: en el afán de encajar, de destacar, de no pasar vergüenza ¿acaso no hemos intentado arrancarnos buena parte de aquello que nos hace raros, fuera de moda, boomers, freaks, anticuados, básicos, pavos, tontos (es decir: eso que puntualmente nos vuelve irrepetibles)? Tal ánimo de complacencia, de remedo, ¿no es el mismo que muestra la IA cuando le pedimos que escriba por nosotros, que elija por nosotros? Parece que incluso la baja autoestima nos la ha sabido imitar.
Si bien hablamos de un contenido viral —diseñado para viralizarse—, las cuatro favoritas de Letterboxd testimonian, en algunos casos, el intento humano de hacer las paces con nuestras inseguridades y pudores, aquello que otros —humanos o máquinas— tal vez considerarían defectos. Con un micrófono al frente, consciente de que tus palabras serán lanzadas a las callejuelas crueles de internet, afirmar: «mi favorita es [ _____ ]» no es un juego para cinéfilos, sino para valientes y enamorados. Como reza ese otro dicho de sabiduría popular: «amar es estar dispuesto a hacer el ridículo».
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